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A grandes cambios, pequeños pasos pero firmes.

La pobreza ya no está solo en las calles, ya ha entrado en muchos hogares

Estamos sometidos a cambios constantes, a situaciones que nos obligan a reflexionar y que nos trastocan, enriquecen o simplemente nos obligan a avanzar con miedos o firmeza. Desde que inicié mi colaboración en esta revista, cabecera histórica en nuestro país y referente en muchos aspectos, han sido muchos los cambios producidos a mí alrededor más inmediato, a nuestro entorno global.

En tan solo un par de años, tiempo corto para un mundo tan longevo como el nuestro, hemos comprobado los crueles efectos de una crisis que primero se negó y posteriormente ha ido destruyendo nuestro estado del bienestar más básico. He hablado en ocasiones en mis artículos de los efectos negativos de la desaceleración  económica que ha venido ligada por la pérdida de valores esenciales pero que también ha recuperado o potenciado otros aspectos como la solidaridad, la ayuda sin compromiso y la capacidad de comprender situaciones cercanas que antes nos eran ajenas y ahora viven todas las familias.

El paro, la pobreza, la necesidad de subsistir y la de ayudar son hoy en día elementos de convivencia de la gran mayoría que, como siempre, deja fuera del circulo a los más ricos que siguen siéndolo y que no notan, o la notan pero sin afectación, nuestra compañera crisis.

Los altos sueldos que cobran algunos, los que antes nos pasaban desapercibidos, ahora nos parecen insultantes. Situaciones que antes de la crisis permitíamos sin concesiones son ahora elementos de crítica y debate. Hemos estrechado el nivel de confianza, el listón de permisividad que dábamos a acciones de los que si tienen influencia, por cargo o poder económico, y hemos pasado a liderar un lobby de presión particular.

También hemos sido capaces de crear alternativas propias para ayudar a los demás, para unir esfuerzos en pro del conjunto perjudicado por las decisiones gubernamentales. Los Bancos del Tiempo, la plataforma de Indignados del 15M o el crecimiento que está logrando la Coordinadora de Entidades de las Comarcas de Tarragona, plataforma que se formó hace ahora tres años que tengo el honor de presidir, son ejemplos de elementos de participación donde unos trabajan para los otros sin ánimo de lucro y con la percepción que es el mejor sistema de ayuda posible, el más eficaz ante un sistema caduco donde el pueblo ha perdido la confianza en la clase política y en los gobiernos sean del color que sean.

La rebelión de las masas, nuevo concepto ante la cacudidad del sistema.

De ahí mismo se deriva la caída de las autocracias y las dictaduras de los países árabes que este ultimo año se han ido desplomando, siempre con violencia, ante la atenta mirada de una Europa que también se desmorona económicamente. Grecia en la ruina y España e Italia en el punto  de mira de una Alemania fortalecida y una Francia que va aguantando el temporal tras haber aplicado políticos de racionalización con la previsión suficiente.

Oriente cae ante la atenta mirada de una Europa que también se desmorona.

 Como siempre los bancos y las cajas son los supervivientes de unos tiempos difíciles, y con un horizonte negro aún a medio plazo, que han reubicado a las sociedades, formas de vida y subsistencia a las cotas más bajas del progreso. Creceremos si cambiamos de mentalidad, saldremos de este caos si aceptamos la realidad actual, levantaremos el vuelo únicamente con la capacidad de inventar, cada mañana al levantarnos, una nueva vida que se reinventará al dia siguiente. A grandes cambios, pequeños pasos pero firmes.

Protocolos, bestias y dioses.

Algunos políticos dan la espalda antes que les caiga el chaparrón

Aunque algunos no lo quieran recordar, este país, en época de transición y posteriormente, hasta nuestros días, en democracia, lo hemos levantado entre todos y muy especialmente el tejido social, cultural y sindical que han sido los pilares que han dado apoyo al sistema político y a los gobernantes que han ido ocupando sus cargos.

Decía Aristóteles que, fuera de la sociedad el hombre es una bestia o un dios. Y tenía razón el filósofo griego afirmándolo puesto que algunos de los que hoy en día se dedican a la política se creen dioses y gobiernan a golpe dictatorial sin consultar ni escuchar. Se creen en posesión de la única verdad, su verdad, que imponen acordes a un temperamento desquiciado que les provoca el poder o la sensación de ejercerlo.

Quizás por este motivo se olvidan de cumplir aquello que hacen cumplir cuando es su turno. Un ejemplo claro de lo que digo es el protocolo. Ese conjunto de conductas, reglas y normas sociales que ya dominaban con arte los griegos y los romanos puede valer mucho o no tener vigencia. Si un ciudadano debe hablar con un político se debe cumplir con el protocolo pero en caso contrario, cuando es el dirigente quien abre la conversación, se olvida del pueblo y solo tiene en cuenta a sus homólogos y releva al tejido social a otra categoría inferior.

De esa manera, en discursos públicos y actos donde los que gobiernan deberían dirigir sus discursos a todos los presentes, acaban demostrando esa diferencia de clases que han marcado ellos mismos citando y agradeciendo la asistencia de los otros políticos mientras obvian la presencia de los representantes del mundo social.

Hacen lo mismo cuando tratan de temas de alcance ciudadano como la puesta en marcha y seguimiento de los planes de emergencia de las ciudades. Los crean los mismos gobernantes para sus compañeros pero dejan fuera de las mesas de trabajo y de consulta a las entidades, federaciones y coordinadoras que representan a miles de vecinos.

Esta mala praxis tiene cura pero como esa cura es de humildad, los que deberían aplicársela se sienten inmunes a ella y siguen su camino sin tenerla en cuenta. ¿Cuál es la pirámide social que aplican? ¿Por qué se agradece que esté en una sala el arzobispo de turno,  el rector de la universidad o alcaldes de la zona y no se cita la asistencia de líderes vecinales que son portavoces de centenares o miles de personas?

Con sus posturas se alejan del pueblo y es el mismo pueblo, la sociedad, la que siente esa desafección por ellos, un sentimiento nacido en democracia que se está consolidando más rápido que  el propio sistema. Hace años que los de a pie y los que representamos a esta gran mayoría reclamamos que se nos tenga en cuenta. Lo hacemos desde el respeto, el mismo que deberían mostrar ellos aunque se olviden del significado de la palabra.

Y es por eso que el pueblo se rebela con autoridad ante sus autoridades, por su poco compromiso y sus frecuentes imposiciones. Recuerdo la mañana de un sábado de hace veinte años de manera muy especial. El 28 de julio de 1990 el entonces Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, viajó en su helicóptero a un pequeño municipio de Tarragona donde el gobierno quería imponer la construcción de la Planta de Residuos Industriales de Catalunya. En una zona plagada de industrias químicas y nucleares, generadora de tres cuartas partes de la electricidad de la comunidad, se iba a levantar una polémica instalación que las otras partes de Catalunya ya habían rechazado. Y todo sin contar con un Plan de Residuos Autonómico que al final hicimos posible las entidades sociales, entre ellas la que yo representaba, dialogando con un gobierno que supo que no somos imprescindibles pero si muy importantes.

Pujol fue recibido con gritos y piedras que impactaron contra el helicóptero y que provenían de las manos de los ciudadanos, hastiados y enloquecidos al comprobar que, como sigue pasando aún hoy en día, solo se les tenía en cuenta en el momento de recolectar votos.  Pasadas las elecciones todo volvía y sigue volviendo a la normalidad. Los colectivos sociales, y sobre todo sus líderes, tienen cierta importancia para los políticos que les dan protagonismo por su propio interés y ese mismo protagonismo se convierte en olvido, casi en ostracismo, el resto de mandato.

Lo de Pujol que ahora es anécdota fue entonces un ejemplo de rebelión y aviso de la clase más sencilla y numerosa llamada sociedad.  Recordando una mítica frase de Groucho Marx, el político es aquel que, sin decirlo, nos anuncia: tengo mis principios pero si no le gustan, tengo otros. Por una vez, amigos lectores, permitidme que me salte el protocolo y os tutee para deciros, sencillamente, que aunque ellos no lo crean, todos somos iguales.

Papa Noel y el Rey Negro

 

Papa Noel era verde pero Coca Cola lo comercializó en rojo en sus anuncios y así lo hemos conocido hasta ahora. Los Reyes de Orientes eran doce pero con los años solo han llegado a nuestras casas los tres que dejaron regalo al niño Jesús. Baltasar no era negro ni Rey de Oriente pero con el descubrimiento de los nuevos continentes se adaptó su figura y el color de piel para formar parte de la tradición.

Estas tres afirmaciones son eso, afirmaciones y verdaderas aunque suenen a falsedad. La historia cambia con el paso de los años y los siglos y algunas modas, impuestas por países capitalistas como los Estados Unidos, acaban arraigando en todo el mundo. Hablo de imposiciones y de falsedades, de afirmaciones y verdades, para decir mi opinión sobre nuestra actitud en épocas navideñas.

Cuando se aproxima el diciembre nos empiezan a bombardear los anuncios consumistas de televisión. Nuestras calles se iluminan un mes antes de lo que tocaría y nuestros corazones se empiezan a debilitar para fortalecerse con esa capa de amor familiar que se prolongará hasta primeros de enero. Navidad y sus fiestas nos hacen más humanos y perfectos, dejan a un lado, solo temporalmente, nuestros rencores y malos pensamientos.

Abrimos los brazos a todos los nuestros porque hace meses que no los vemos y casi un año que no nos reunimos con ellos alrededor de la misma mesa. Es Navidad y la familia es lo primero, hay que disfrutarla aunque si preguntamos a la gente, cada uno tiene su opinión y la gran mayoría se ve forzado a pasar estas fiestas. Yo mismo he preguntado a mis compañeros de equipo su opinión sobre la Navidad y, como me temía, hay respuestas para todo. Unos no celebran nada para evitar recordar las tristezas, otros agradecen poder reunirse con la familia y los hay que disfrutan de la vertiente mas religiosa de la fiesta.

El problema, creo yo, no es nuestra capacidad de amar en tiempos navideños. Todo lo contrario. El problema es la sensación de distanciamiento que experimentamos pasada esta época de amor entre los nuestros. Pasada el 6 de enero, el mundo vuelve a sus cotas más normales y retornamos al mundo competitivo que nos vuelve de nuevo seres que se defienden con uñas y dientes a diario y que solo contactan con la familia de cuando en cuando, cada unos cuantos meses o bastantes semanas.

Debe ser por eso que a veces, solo a veces, creo que la Navidad puede llegar a parecer absurda si no aprovechamos nuestros sentimientos verdaderos el resto del año. Que se defina un Dia Mundial en Familia o el Dia Internacional del Amor Familiar y nos dejen de meter consumismo por los poros de nuestra piel para acabar dejándonos hechos polvo durante quince días que dedicaremos únicamente a repartir amor. Si no somos capaces de amar y ser humanos todo el año, no seamos tan hipócritas y planteémonos muy en serio que hacer con el abuelo de verde que ahora es rojo, los reyes que jamás vimos en el pesebre y el monarca de color que el niño Jesús no llegó a ver en persona pero que cada año va a adorarle al portal. 

Les “leyes” de la vida

A la Ministra Sinde le han tumbado su ley con la que pretendía prohibir las descargas de la red y sancionarlas. La guionista de la película “mentiras y gordas” ha visto como sus falacias y engaños, aún más grandes, le volvían en forma de boomerang y sus intentos de alimentar aún más a los que viven de la SGAE fracasaban.

A Paco, el del bar de enfrente de mi oficina, le quieren hacer pagar 50 euros trimestrales por tener televisión. Absurdo y vergonzoso. Cómo cobrar las músicas que se ponen en una boda o los himnos de los clubes deportivos, otra vergüenza que sirve únicamente para dar de comer a unos artistas que creen serlo, y quizás lo fueron, pero que ahora están acabados.

Gracias a la derrota de la ley Sinde podremos seguir descargando películas de la red, escuchando la música que queremos y realizando otras acciones que, en caso que sea necesario pagarlas, las pagaremos siempre y cuando las ganancias vayan destinadas realmente a los artistas y no a los que hacen su hipotética gestión. A mí, personalmente, no me importaría pagar un canon para bajar cine y música siempre y cuando se me garantizara que los de la SGAE no ven ni un céntimo y que el dinero se le entrega al que se lo gana en los escenarios.

Parece que al gobierno Zapatero le ponga eso de imponer y sancionar pero en estos tiempos de ruinas y bofetadas económicas, donde toca ser tolerante, apretar aun mas al personal es provocar las iras y perder apoyos y la confianza de la mayoría.

La crisis se está cebando con las capas sociales que hasta ahora aguantaban el golpe y ya ha hecho mella en los que tenían pocas posibilidades de superar este tsunami de incapacidades. Por eso aun no he encontrado un calificativo apropiado y que no sea insultante ante la propuesta del Partido Popular en el Ayuntamiento de Alicante que pasa por crear una ordenanza contra la mendicidad y la prostitución.

Las intenciones de los populares alicantinos pasan por multar, de 750 a 3.000 euros, a las personas que mendigan por las calles y a las prostitutas que vendan sus cuerpos en la vía pública. Muy mezquino se tiene que ser para pensar que los que piden por las calles lo hacen por placer y deben ser castigados. ¿Dónde hemos llegado?

Se criminaliza a los colectivos vulnerables para ocultar un problema existente y en aumento como la mendicidad. Porque al paso que vamos habrá más gente pidiendo en la calle que políticos aprobando leyes absurdas mientras están bien calentitos en sus despachos de donde saldrán para subirse a su coche oficial y llegar a sus casas de lujo pagadas por todo el pueblo.

Si la vida fuese realmente justa, podríamos hacer real el guión de aquella película donde se cambian los papeles del rico y el pobre y los dos aprenden formas de subsistir y pasar los días que desconocían. Denles un buen sueldo a los mendigos de Alicante y dejemos que los populares de este municipio salgan unos días a la calle a pedir para comer, para subsistir y llegar al final de un día para renacer al siguiente. Porque Dios da pan a quien no tiene dientes. Por eso debemos hacer ver a los insolidarios, que van a golpe de sanción y ley, que hay otro mundo que desconocen donde la ley es vivir ese día y la mayor sanción, la muerte por congelación, hambre o apatía de vivir.

Ministra Sinde y populares de Alicante, hagan ustedes un Carpe Diem y, sobretodo, vivan pero dejen vivir aunque se trate de malvivir, que ya es mucho.  

Tiempos de reencuentros

Los valores perdidos se pueden recuperar. Hay tiempo.

Hace semanas que me planteo este articulo con la esperanza de hacer recapacitar a una parte de nuestra población que, habiéndolo leído, se sentirá identificado o reflejado en el. Des de que empezó la crisis económica que ha provocado el aumento del paro y la pérdida del poder adquisitivo, ha acuciado, aun más, ciertas situaciones familiares complicadas, destruyendo el trabajo en el núcleo de convivencia entero y está produciendo graves desequilibrios matrimoniales, nuestra vida ha cambiado radicalmente.
De hecho creo, lo digo con la más absoluta sinceridad, que en lugar de cambiar esas situaciones, las ha devuelto a su lugar de origen aunque, tras tantos años de bonanza económica alimentados por la permisividad de las mismas entidades financieras que ahora nos ahogan, no las recordemos o las veamos muy lejanas en el tiempo.
Estamos volviendo, fruto de esta crisis, a situaciones anómalas hace unos meses aun sabiendo que esas mismas situaciones son, o deberían ser, habituales. Como tenemos familiares, algunos de ellos tan cercanos como nuestra pareja, que se han sumado a la mayor empresa del país, llamada INEM, hemos recobrado la consciencia en muchos sentidos.
La reducción de nuestros ingresos familiares y la obligación de rehacer nuestras vidas conlleva más proximidad con los nuestros, nos hace replantear el número de salidas para comer o cenar fuera, nos reduce la lejanía o duración de nuestras vacaciones, nos replantea un territorio, el de nuestras casas, que antes era lugar de reposo para dormir y ahora es paisaje cotidiano para compartir muchas más cosas.
Gracias a la crisis, lamentablemente para muchos, hay quien pasa más tiempo en casa y este aumento de la permanencia en el hogar les comporta, otra vez aunque suene a pasado, el hecho de recobrar un valor tan importante como el de compartir, escuchar, hablar, proponer o inventar elementos en común para hacer más llevadera esta mayor compañía.
Se redescubren con ello nuevas sensaciones, emociones, sentimientos. Somos más humanos y más sencillos dejando a un lado esa cultura del consumo que, al final y sin quererlo, nos ha consumido a nosotros mismos. La relación de pareja llega a su destino reforzándose o poniendo su punto y final. La crisis ha salvado muchos matrimonios que, en otras circunstancias económicas más favorables, estarían destruidos. Como no hay dinero, se aguantan ciertas situaciones y es en esta prueba donde se comprueba realmente la fuerza de la pareja. Los que aguanten este chaparrón envejecerán juntos y los que desfallezcan por el camino habrán demostrado la fragilidad de una unión que, por culpa de uno u otro, se deshilacha a la primera de cambio.
Esta crisis, más allá, de sus consecuencias globales a nivel mundial, habrá sido y sigue siendo un elemento clave para demostrar los valores más sencillos de la convivencia humana. No hay mal que por bien no venga y, en tiempos de vacas flacas, se fortalece aún más aquella famosa frase que dice: renovarse o morir.

Este artículo será publicado en los próximos días en Cambio 16 donde colaboro como articulista de opinión.

Compromiso con la palabra

Hace meses que tengo el placer de escribir en esta revista. Analizar, explicar, exigir o denunciar temas sociales debe ser un ejercicio obligado cuando uno decide a convertirse en articulista. Se deben adquirir compromisos con la sociedad y se debe exigir, intentarlo como mínimo, que reine la justicia social y que entre todos se pueda conseguir un mundo más digno, tolerante, transigente y sostenible.

Puede sonar utópico pero se puede vivir con las utopías porque, con esfuerzo y trabajo, pueden dejar de serlo para convertirse en realidades. La Red de Escritores por la Tierra es un hecho, una de esas realidades que nació de manera utópica. Surgió de una conversación en el Mancarrón de Solentiname con mi amiga Luz Marina.  Implicamos rápidamente al escritor Ernesto Cardenal y más tarde se sumaron otros muchos como el alcalde del municipio de Santa Tecla, Oscar Ortiz, o el compañero Jesús Cisneros. De esta forma gestamos lo que ahora ya es un gran proyecto y con ellos comparto una muy buena amistad y los valores que antes comentaba que tan necesarios son para impulsar el debate y el dialogo por la justicia social y el compromiso con la palabra.

La Red Internacional de Escritores por la Tierra, organismo que tengo el honor de presidir, no reúne únicamente a escritores, poetas y personas vinculadas al mundo de las letras. La forma también una amplia representación del mundo científico, periodístico y de entidades sociales y personas particulares que están comprometidas con nuestros objetivos y quieren decir aquello que piensan, como el caso de los periodistas, sin presiones de poderes superiores o viendo como su opinión se manipula o tergiversa.

El compromiso por el que trabajamos pasa por defender unos ideales y a aquellas personas y colectivos que representan los valores de la justicia y la solidaridad. Esos ideales empiezan en nuestra casa, en casa de nuestro vecino, en la calle donde vivimos, en la ciudad donde nacimos o residimos, en el país que nos representa y acaban en nuestro planeta que, en el fondo, es también nuestra casa y nuestro mundo más próximo. Como la experiencia, el compromiso es un grado, un grado social que todos deberíamos experimentar para tener la capacidad de compartir y ayudar sin esperar nada a cambio.

Los que no quieran asumir el compromiso no serán bienvenidos a la Red porque, ahora más que nunca, necesitamos gente decidida a colaborar y compartir. Los que buscan integrarse en grupos o entidades donde no van a aportar nada y se van a dedicar a buscar el beneficio propio para sus causas particulares, no tienen en la RIET su lugar de encuentro.

Aquí estamos aquellos que defendemos el progreso desde medios de comunicación, entidades ecologistas, organizaciones, grupos de debate y colectivos comprometidos y responsables. De las jornadas organizadas por la Red Internacional de Escritores por la Tierra nacen manifiestos, como el de Solentiname, que son el punto de partida para la defensa de los objetivos que os comentaba antes.

No son documentos hechos por imagen, creados porque si, sin motivo o sin futuro. Aquello que resumen los manifiestos, como el de la mujer y el agua de Veracruz, o el de homenaje al poeta Roque Dalton en El Salvador, son nuestra esencia y punto de partida y trabajo. Estos días he estado en San Sebastián hablando de próximos encuentros de escritores en los que colaborará intensamente la Fundación El Cambio del Cambio. Próximamente haremos importantes actos y reuniones en esta ciudad y también en Cáceres y en Andorra (Teruel). Serán de nuevo los frutos del compromiso de gente que queremos, reclamamos cambios.

Lo he hecho acompañado de buenos amigos míos, miembros de la RIET y gente comprometida porque creen que otro mundo mejor es posible. Hablo de los compañeros Manuel Domínguez y Josu Gómez, dos personas que representan los valores de la RIET y  trabajan a diario para defenderlos. Como lo hacen todos los que configuran esta realidad que en su día era una simple utopía. Porque las utopías existen, como la Red de Escritores.

Publicado en la revista Cambio 16