La palabra prohibida y el embrollo del agua

A estas alturas ya no hay quien se aclare. Un periodista de ámbito local me confesó hace unos días que estaba completamente perdido con el tema del agua, la famosa “emergencia nacional” y el rosario de propuestas de solución para las restricciones en la capital catalana y su área metropolitana: el Segre, el Ebro, los pozos de Tarragona, barcos y trenes… Mientras los propios periodistas nadan en un mar de informaciones contradictorias, y desfasadas en cuestión de horas, no quiero imaginar cómo estaremos el resto de mortales.

Cada minuto crece la avalancha de informaciones a través de internet, de la radio, la televisión, cuatro páginas enteras en los periódicos… y aún queriendo estar al día de lo que sucede uno se pierde entre ríos de tinta. ¿Acaso será una estrategia planificada para sembrar la desinformación y el desconcierto? Tantas vueltas sobre el mismo tema nos vienen provocando hastío y una cierta dejadez.

Entre tanto mar de informaciones y contradicciones, hoy la noticia del día es la “conexión temporal al Ebro gracias a la compra de derechos a los regantes” ó “prolongación del mini-trasvase del Ebro hacia Barcelona y sus aportaciones puntuales de agua”. De trasvase ni hablar, es la palabra prohibida y como tal, la vicepresidenta evitó a toda costa pronunciarla a base de piruetas verbales. La contienda está servida, mientras, la Plataforma en Defensa de l’Ebre, aquella bella doncella a la que todos los partidos de izquierda, especialmente el PSOE querían cortejar en tiempos no muy lejanos, se ha convertido sólo cuatro semanas después de las elecciones generales en una apestada.

El propio portavoz de la Plataforma ha confesado que lo tienen muy difícil, puesto que ya no tienen los mismos apoyos. Ni de la boca de Marcelino Iglesias ha salido una sola palabra. Los adalides del antitrasvasismo permanecen ahora callados, de todas formas, ¿por qué van a pronunciarse si no se trata de un trasvase sino de una aportación puntual de agua?

La cuestión es que la tubería a Barcelona costará unos 150 millones de euros y no ya se ha dicho claramente que no hay ninguna intención de desmontarla pasada la “emergencia nacional”. Lo mismo sucedió en Tarragona con el minitrasvase y ya han pasado unos cuantos lustros.

A todo esto, la batalla se presenta cruenta y terrible, el PP de Francesc Camps y Ramón Valcárcel ya prepara toda su maquinaria mediática para atacar al PSOE, incitando de nuevo al odio entre regiones y a la crispación. Mientras unos y otros se enzarzan una vez más en una guerra cuya objetivo último no es otro que el poder, nos olvidamos que quien realmente está en peligro no es la especie humana (seguro que nadie muere de sed) sino el Delta del Ebro, uno de los hábitats acuáticos más importantes del Mediterráneo occidental.

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