La tierra no es de nadie

Con este artículo no quiero dar una lluvia de cifras relacionadas con las muertes que produce el hambre, la sed y todas las enfermedades. Tampoco pretendo ahondar demasiado en el cambio climático, el calentamiento global o la contaminación pero sí que quiero recordar que al paso que vamos, nos vamos a cargar el planeta en cuatro días.
La tierra no es de nadie, nosotros somos parte de ella. Algunos no lo saben y por eso suceden desastres como el del Golfo de México donde la multinacional BP ha perforado las entrañas de nuestro planeta ante la pasividad de aquellos, llamémosles golfos, que mueven los hilos a sus antojos y conveniencias.
Por culpa de las aberraciones a las que sometemos a este planeta, el nos paga con la misma moneda. Nos suprime primaveras y nos regala terremotos, maremotos y huracanes, como el Agatha que tanto ha afectado a Guatemala, Honduras y otros países. Estos desastres no vienen solos. Son frutos de nuestro mal trato.
El concepto de solidaridad, aplicado a la sociedad, debe ser ahora nuestro trabajo diario. Creo recordar que España es el cuarto país más solidario de Europa y uno de los primeros en todo el mundo. Eso nos debe hacer sentir satisfechos pero también reflexionar del “porque hay que ayudar tanto a otros países?”. No podemos seguir gastando tantas energías y dinero en proyectos sin denunciar del porqué tenemos que hacerlos. La mayoría de las veces ayudamos y colaboramos simplemente porque las malas artes de algunos llevan a esas situaciones donde la buena conciencia de los otros es necesaria.
Tenemos la obligación de denunciar y exigir que los proyectos futuros y aquellas actividades solidarias que nos afecten directamente se desarrollen sin acciones corruptas y fomenten la democratización de las zonas beneficiadas donde los ciudadanos receptores deben ver que las ayudas son realmente para ellos.
En muchos países, cuando se ven indicios de desarrollo o avances, llegan los gobernantes de turno que siempre suelen ocupar el poder no solo para enriquecerse y agrandar más su fortuna sino que además, y eso es lo más grave, consiguen que sus países no prosperen ni se democraticen. Muchos de ellos siguen inmersos en la corrupción y la misma corrupción se ha convertido en algo cotidiano y cultural, como si se tratase de un buen ejemplo.
En otras partes del mundo no se respetan ni los derechos humanos ni las ayudas internacionales. Las imágenes de Gaza y los resultados del bombardeo a los barcos de ayuda nos han hecho llorar a todos. No es posible admitir un mundo en estas condiciones, hay que cambiar las reglas del juego. La justicia debe triunfar para desenmascarar a los opresores, a los dictadores que gobiernan en dictadura y a otros que también son dictadores desde los gobiernos llamados democráticos.
Se debe imponer la fuerza de la palabra antes que la de las armas, los movimientos de presión y las decisiones que oprimen al pueblo para beneficiar al mandatario. He empezado y acabo hablando de la tierra. Todo lo que hagamos, hagámoslo pensando en ella, con la intención de cuidarla para evitar su fin que no es otro que el nuestro porque ella seguirá su curso. Ojalá llegue un día en que no haga falta hablar de ecologismo y cooperación como elementos necesarios para el equilibrio del planeta porque significaría que estamos en un mundo realmente equilibrado. Ojalá sea así aunque de momento esa palabra “ojalá” sea solo pura utopía.

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