La Catalunya de verdad

Los orígenes no se pueden escoger ni se debe renunciar a ellos. Se puede cambiar de ciudad de residencia, de comunidad, región o país pero tu identidad siempre se mantendrá. El poeta catalán Joan Salvat Papasseit lo dijo en su momento y creo que sus palabras son, hoy en día, más reales que nunca. En estos tiempos marcados por el nomadismo forzado que deben practicar todos aquellos que no tienen futuro en su país y buscan otros espacios, paraísos para algunos, lo de la identidad es un concepto a tener muy en cuenta. Estos cambios de vida que he citado forman parte de los ciclos que se repiten en la historia. Hace unas décadas, más de medio siglo, muchos españoles vieron en Alemania ese paraíso laboral. Posteriormente se produjo un flujo emigratorio en nuestro país cuando ciudadanos de algunas autonomías, empobrecidas en aquella época, se fijaron en Catalunya y sus posibilidades. Buscaron su futuro en tierras catalanas y colaboraron, de hecho fueron necesarios, en el crecimiento de esta comunidad que, históricamente, ha tenido una identidad propia y muy marcada. Con el paso de los años ha crecido el número de personas que viven en Catalunya y que tienen apellidos de origen andaluz o de otras zonas del estado. Son los que vinieron entonces, sus hijos y sus nietos. La gran mayoría han aprendido a hablar el catalán, participan de sus costumbres y tradiciones, se sienten catalanes y defienden sus raíces. Hay una pequeña minoría que se ha quedado al margen, que no ha querido aprender la lengua ni socializarse para integrarse en estas tierras. Los primeros, los que sí se han integrado, forman parte de esas sagas de apellidos que acaban en “ez” y a los cuales pertenezco yo. Son los Ramírez, Martínez, Sánchez, Hernández, Fernández o Juárez catalanes, los que, como decía, han hecho grande la tierra escogida para vivir con su esfuerzo, trabajo y dedicación. Son catalanes pero no rechazan su pertenencia al estado español. Se sienten españoles y entienden el concepto identitario de otros catalanes aunque no lo compartan cuando ese concepto excluye a España y sitúa a Catalunya como nación. No aplauden el recorte que el Tribunal Constitucional ha hecho al polémico Estatut de Catalunya pero su percepción de los motivos está aislada de la que tienen aquellos que mantienen, lo reitero de nuevo, el concepto de nación independiente desvinculada completamente del estado español. Muchos de ellos tampoco entienden el porqué del odio y animadversión que los catalanes despiertan en ciertos puntos del territorio nacional y especialmente en aquellos donde son considerados como monstruos a derrotar en la batalla de lo absurdo. Todos los que el pasado 10 de julio participamos en la manifestación de Barcelona no defendíamos la independencia ni salimos a la calle para desvincularnos de nuestros convecinos comunitarios. Asistimos a ese acto democrático para recordar que Catalunya tiene su identidad y quiere ser respetada como lo que es, un territorio particular dentro de un marco global plurinacional. No hay motivos para criminalizarnos por tomar parte en esa manifestación como tampoco debemos menospreciar a los que al día siguiente, cuando la selección española se proclamó campeona del mundo, salieron en sus ciudades con banderas españolas. Los conceptos son diferentes pero comparten su elemento principal, el hecho de ser actos democráticos. Hay quien negará lo que voy a decir pero se estará engañando a sí mismo dando la espalda a una evidencia. Hubo gente que el sábado salió a la manifestación de Barcelona y el domingo celebró la victoria de la “Roja”. No es ningún pecado. Se trata de definir el concepto principal, el de respeto. ¿Se puede luchar por evitar que se vilipendie injustamente a Catalunya y al mismo tiempo estar contento de ser español? Yo tengo la respuesta muy clara. Si, es posible. Y también lo es recordar al estado que parte del déficit que tiene ahora la Generalitat viene generado por aquel dinero que no recibimos como comunidad ya que se destina a otras comunidades más pobres. Algunas de estas comunidades son las mismas que después nos critican por defender nuestra identidad y otras se callan cuando el estado les paga la deuda histórica con parte del dinero que percibe gracias a nuestras aportaciones. Uno debe tener memoria, ser transigente y tolerante, solidario y comprensivo, mantener la identidad y hacerse respetar. Si consigue estos retos, y sobre todo si estos retos acaban siendo comunes, Catalunya ganará y España también.

Artículo publicado en Cambio16

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