Protocolos, bestias y dioses.

Algunos políticos dan la espalda antes que les caiga el chaparrón

Aunque algunos no lo quieran recordar, este país, en época de transición y posteriormente, hasta nuestros días, en democracia, lo hemos levantado entre todos y muy especialmente el tejido social, cultural y sindical que han sido los pilares que han dado apoyo al sistema político y a los gobernantes que han ido ocupando sus cargos.

Decía Aristóteles que, fuera de la sociedad el hombre es una bestia o un dios. Y tenía razón el filósofo griego afirmándolo puesto que algunos de los que hoy en día se dedican a la política se creen dioses y gobiernan a golpe dictatorial sin consultar ni escuchar. Se creen en posesión de la única verdad, su verdad, que imponen acordes a un temperamento desquiciado que les provoca el poder o la sensación de ejercerlo.

Quizás por este motivo se olvidan de cumplir aquello que hacen cumplir cuando es su turno. Un ejemplo claro de lo que digo es el protocolo. Ese conjunto de conductas, reglas y normas sociales que ya dominaban con arte los griegos y los romanos puede valer mucho o no tener vigencia. Si un ciudadano debe hablar con un político se debe cumplir con el protocolo pero en caso contrario, cuando es el dirigente quien abre la conversación, se olvida del pueblo y solo tiene en cuenta a sus homólogos y releva al tejido social a otra categoría inferior.

De esa manera, en discursos públicos y actos donde los que gobiernan deberían dirigir sus discursos a todos los presentes, acaban demostrando esa diferencia de clases que han marcado ellos mismos citando y agradeciendo la asistencia de los otros políticos mientras obvian la presencia de los representantes del mundo social.

Hacen lo mismo cuando tratan de temas de alcance ciudadano como la puesta en marcha y seguimiento de los planes de emergencia de las ciudades. Los crean los mismos gobernantes para sus compañeros pero dejan fuera de las mesas de trabajo y de consulta a las entidades, federaciones y coordinadoras que representan a miles de vecinos.

Esta mala praxis tiene cura pero como esa cura es de humildad, los que deberían aplicársela se sienten inmunes a ella y siguen su camino sin tenerla en cuenta. ¿Cuál es la pirámide social que aplican? ¿Por qué se agradece que esté en una sala el arzobispo de turno,  el rector de la universidad o alcaldes de la zona y no se cita la asistencia de líderes vecinales que son portavoces de centenares o miles de personas?

Con sus posturas se alejan del pueblo y es el mismo pueblo, la sociedad, la que siente esa desafección por ellos, un sentimiento nacido en democracia que se está consolidando más rápido que  el propio sistema. Hace años que los de a pie y los que representamos a esta gran mayoría reclamamos que se nos tenga en cuenta. Lo hacemos desde el respeto, el mismo que deberían mostrar ellos aunque se olviden del significado de la palabra.

Y es por eso que el pueblo se rebela con autoridad ante sus autoridades, por su poco compromiso y sus frecuentes imposiciones. Recuerdo la mañana de un sábado de hace veinte años de manera muy especial. El 28 de julio de 1990 el entonces Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, viajó en su helicóptero a un pequeño municipio de Tarragona donde el gobierno quería imponer la construcción de la Planta de Residuos Industriales de Catalunya. En una zona plagada de industrias químicas y nucleares, generadora de tres cuartas partes de la electricidad de la comunidad, se iba a levantar una polémica instalación que las otras partes de Catalunya ya habían rechazado. Y todo sin contar con un Plan de Residuos Autonómico que al final hicimos posible las entidades sociales, entre ellas la que yo representaba, dialogando con un gobierno que supo que no somos imprescindibles pero si muy importantes.

Pujol fue recibido con gritos y piedras que impactaron contra el helicóptero y que provenían de las manos de los ciudadanos, hastiados y enloquecidos al comprobar que, como sigue pasando aún hoy en día, solo se les tenía en cuenta en el momento de recolectar votos.  Pasadas las elecciones todo volvía y sigue volviendo a la normalidad. Los colectivos sociales, y sobre todo sus líderes, tienen cierta importancia para los políticos que les dan protagonismo por su propio interés y ese mismo protagonismo se convierte en olvido, casi en ostracismo, el resto de mandato.

Lo de Pujol que ahora es anécdota fue entonces un ejemplo de rebelión y aviso de la clase más sencilla y numerosa llamada sociedad.  Recordando una mítica frase de Groucho Marx, el político es aquel que, sin decirlo, nos anuncia: tengo mis principios pero si no le gustan, tengo otros. Por una vez, amigos lectores, permitidme que me salte el protocolo y os tutee para deciros, sencillamente, que aunque ellos no lo crean, todos somos iguales.

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