La suciedad de la sociedad política.

Hartos del sistema y sus constantes errores, de unos políticos que no saben afrontar con eficacia los problemas, que viven de espaldas a la sociedad y que se dedican a destruirse entre ellos en lugar de reconstruir un país, el nuestro, que se despedaza y hunde a un ritmo voraginoso. Así estamos.

Gracias a los insultos que se regalan y a los silencios con los que nos deleitan cuando deseamos oír soluciones, han convertido lo que llamamos sociedad en una autentica suciedad social donde nos envuelve un vertedero de mentiras y despropósitos. Los bancos se han adueñado de nuestras vidas, nos han quitado las casas y negado los créditos que antes regalaban sin más. Muestran su cara más amarga, y la más real, con el consentimiento y la ayuda de una clase política que deberíamos poner, íntegramente, en la oposición salvando únicamente a unos pocos.

Mejor estaríamos sin capitán que con cualquiera de los que deberemos escoger el próximo año si antes de que llegue la fecha no ha caducado el mapa de ruta del capitán ZP. Los jóvenes están obligados a envejecer en las casas de sus padres, los recién licenciados a hacer cola en el paro y las familias, ya sin recursos, subsidios ni ayudas, a acudir a estamentos sociales o religiosos donde se reparte comida para subsistir.

Hace meses que la Coordinadora de Entidades de Tarragona, organismo que presido, empezó una campaña pidiendo un cambio de sistema. Es la misma reclamación y exigencia de los llamados ahora, con toda la razón del mundo, “indignados”. Los que duermen en las plazas de nuestras ciudades ponen en evidencia las necesidades sociales fomentadas por la clase política incapaz de ver más allá de sus narices, acobardada ante la marabunta humana que les presiona desde el diálogo y a la que responden con la ignorancia o, como sucedió estos días pasados en Catalunya, a golpes de las cargas policiales que han traído de nuevo a escena a los fantasmas de décadas pasadas que ya recordábamos en blanco y negro.

Indignados y apaleados, vejados y abandonados. Así nos sentimos todos aquellos que, desde la plaza más cercana o con la suerte de tener medios donde escribir, decimos NO a esta insensatez llamada gobierno. Facta non verba. Hechos y no palabras. Queremos acciones y no discursos vacios de contenido que nadie se cree, queremos dimisiones y no excusas que acaban siendo ataques entre los que nos gobiernan y los que nos gobernaran. Exigimos que, simbólicamente, rueden cabezas, que se vayan para casa aquellos que no saben cómo sacarnos de este agujero.

Podrán disolver los campamentos de las plazas con más violencia y golpes, con actuaciones “proporcionadas e inteligentes” según Rubalcaba, pero no conseguirán acabar con el movimiento del 15-M porque con su nacimiento se ha demostrado que la sociedad puede moverse aunada para parar los pies a un gobierno maniqueísta que anda dando bandazos a ciegas.

Por las libertades y el derecho a ser escuchados, por lo ganado con el paso de los años democráticos oscureciendo los tiempos de silencios obligados, por una generación que no se deja amedrentar ni con los golpes. Por todo ello vale la pena seguir y mantener vivo ese 15-M. La vida es lucha.

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