La condena de los valientes

vacio

Nadie dijo que fuera fácil pero tampoco que el precio a pagar fuese tan alto. La lucha por los ideales, por conseguir que se respeten los derechos fundamentales, que no se arrase aun más nuestro planeta, que no se exterminen especies animales o se extorsione a colectivos de personas y se les expulse de sus orígenes y de sus tierras pueden, tristemente, costarte la vida.

Tenemos muchos casos de personas que han luchado por las causas en las que creían y han dejado su vida en ello o, en el mejor de los casos, han tenido que abandonar esas causas o marcharse de su casa, región o país por las amenazas de muerte recibidas.

El del amigo, y miembro del comité de honor de la Red Internacional de Escritores por la Tierra, Pere Casaldàliga, es uno de ellos y quizás el más reciente. Su intensa labor de protección de los indios de Xavante, colectivo que mantiene un contencioso con los colonos que les quieres arrebatar sus tierras, le ha pasado factura. Nuestro querido Pere ha tenido que abandonar su casa de Sao Félix de Araguaia, en Brasil, para mantener su integridad ya que en caso contrario, por las amenazas recibidas, a estas horas quizás estaría ya muerto.

Sydney Possuelo, otro gran amigo y también miembro de la Red de Escritores, sabe qué coste tiene luchar por las tribus indígenas. Esta en ello hace años y en multitud de ocasiones ha recibido esos anónimos, porqué los cobardes nunca dan la cara aunque tu se la puedas poner porqué sabes quién te amenaza, para que abandonase la lucha. Possuelo y Casaldàliga son dos hombres que se mantienen firmes en sus causas aun conociendo el precio de defenderlas. No cesan su trabajo porque saben que siempre debe haber quien se moje aunque a veces pague por ello.

José Claudio Ribeiro da Silva luchaba desde Brasil contra la tala indiscriminada de árbol en el Amazonas. Edmundo Becerra Corina intentaba parar una explotación minera en Yanacocha, Perú. En Cabañas, El Salvador, Dora Recinos y tres compañeros ambientalistas más dejaron su vida en el intento de parar otra explotación minera. En Honduras, los intentos de evitar la deforestación de los bosques suma han acabado ya con el asesinato de nueve ambientalistas. La lista es larga y tiene puntos de referencia en todos los países del mundo.

Podría poner más nombres y caras de compañeros que no están entre nosotros pero que murieron luchando y por defender a otras personas y colectivos, causas y aberraciones que alguien tenía que denunciar. Es la condena de los valientes que son víctimas de aquellos que realmente deberían ser condenados.

Como siempre sucede, los gobiernos poco hacen, por no decir nada, para evitar estos crímenes que van cargados de una alta conciencia social y tienen detrás de ellos los intereses de empresas multinacionales que explotan zonas y las arrasan sabiendo que nadie les condenará por ello y que quien se cruce en su camino pagará con la vida.

Y es ante estas injusticias cuando uno debe tener más claro que nunca que la palabra debe seguir siendo el medio de lucha. La violencia no se responde con violencia. Si a cada tiro que mata a un luchador le diésemos como respuesta otro disparo, estaríamos viviendo de nuevo en las cavernas donde mandaba el más fuerte y nadie hablaba ni escuchaba.

Hay que denunciar a los gobiernos por no poner contra las cuerdas, y entre rejas, a aquellas compañías madereras, petroleras, multinacionales de otros sectores que expulsan a indígenas de sus tierras, deforestan nuestro planeta o agujerean salvajemente nuestra tierra y nuestros mares. Y que lo hacen parando los pies a todo aquel que se oponga.

Hay que acabar con todos los actos de extorsión y amenazas, garantizar la seguridad de los que protestan por aquello que consideran injusto y tienen una causa por la que luchar y mucha gente que les apoya. Los gobernantes tienen la obligación de escuchar sus argumentos y sobretodo de mantener sus manos limpias. Porqué en este caso, como en muchos otros, las dudas siembran nuestras mentes y llegamos a una conclusión sencilla: si los que gobiernan no hacen nada para acabar con esta barbarie debe ser que algo les mueve o alguien les ayuda a girarse de espaldas ante las injusticias.

Que a nadie se le escape que la conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, ya falta de testigos declara contra nosotros. Los que la tenemos limpia no tememos por nosotros pero si tememos por aquellos que la tienen limpia porque nunca la han usado.

 

Ángel Juárez Almendros

Presidente de la Red Internacional de Escritores por la Tierra y de Mare Terra Fundación Mediterrània.

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