Mi reino por una manta

colapso

El artículo que vais a leer a continuación es cien por cien real aunque contenga algunas dosis que puedan parecer surrealistas o inventadas. Que la sanidad pública está agonizando es una realidad teniendo en cuenta los tijeretazos que ha sufrido por parte de un gobierno que se ha dedicado a recortar derechos mermando la calidad de vida de la población.

Plantas enteras cerradas en los hospitales, falta de camas para atender a la población que tiene que ingresar, los servicios de urgencias al borde a la quiebra moral del personal y los boxes de recuperación y los pasillos repletos de camillas de ciudadanos esperando su turno para ser atendidos con la atención y la privacidad que se merecen. Estas imágenes son, lamentablemente, las del día a día de nuestro sistema sanitario público que siempre ha destacado, y sigue haciéndolo, por la calidad y profesionalidad del personal que se deja la piel, y muchas horas, en cada uno de sus centros sanitarios.

Porque lo que ha fallado realmente es el sistema del contenido pero no el del continente. Los médicos, enfermeros y enfermeras, auxiliares y celadores siguen estando al pie del cañón aguantando las quejas de los usuarios que pierden la paciencia y, a menudo, no atienden a las explicaciones que les da el personal. Y siguen manteniéndose en su puesto y demostrando su eficacia con menos medios y recursos.

Cuento todo esto a raíz de un problema que me ha afectado directamente y que me llevo, hace unos días, hasta los servicios de urgencias de varios centros sanitarios. Tras encontrarme mal en mi oficina, donde un dolor agudo me oprimía todo el cuerpo y me tenía como aprisionado, me acompañaron hasta el Centro de Asistencia Primaria más cercano. Allí empezó mi calvario ante la espera que tuve que soportar aun contando mi dolencia. Una vez cogido el número tuve que esperar a que me tocaré el turno aunque antes que éste me llegara tuve la suerte de encontrarme con una enfermera a quien conozco hace años y, viendo la urgencia, me hizo pasar hacia el servicio de urgencias de inmediato. En ese momento lo único que les pedía es me quitasen el dolor que seguía oprimiéndome por dentro y no me dejaba respirar. Un vasodilatador inyectado al momento me calmó bastante y en ese momento se me trasladó en ambulancia hasta el hospital Joan XXIII de Tarragona.

Una vez aquí, el viacrucis de la espera en pleno pasillo. Aquel espacio por donde la gente debería caminar estaba del todo intransitable, atestado de camillas formando colas y llenas de personas con diferentes patologías y dolencias. No podían pasar a nadie a los boxes porque estaban todos llenos y el personal de urgencias iba atendiendo como podía a cada uno de los pacientes. La criba se hacía pero era casi una quimera ante la imposibilidad de poder derivar a cada enfermo al lugar donde le correspondía. Cinco horas de espera. Cinco largas horas estuve en el pasillo hasta que se me pasó a un box para hacerme las pruebas. Y tras ellas, me pude ir a casa.

Suerte tuve que mi afectación no requería el uso de la Unidad de Hemodinámica de Tarragona la cual, por recortes presupuestarios, solo funciona a ciertas horas del día y si te pilla cuando no funciona te tienen que trasladar a Barcelona a contrarreloj.

Pero mi procesión no acaba aquí. Al cabo de pocos días, tras una fuerte recaída, fui a parar de nuevo a urgencias donde llegué con un poco menos de dolor tras suministrarme yo mismo, por la experiencia de la otra vez, el vasodilatador. Me trasladaron en ambulancia y una vez en el hospital, vuelta a empezar con el suplicio. Tumbado en una camilla a la espera que el caos disminuyese, aunque esto no pasó, y pelado de frio gracias a esta manía que tienen los hospitales de crear un clima de bajas temperaturas que acaba helando a los enfermos que ya entran destemplados de la calle. A eso lo llamo yo, rizar el rizo.

Todo el tiempo de espera me lo pasé, como el resto de enfermos, pudiéndome cubrir únicamente con esa sabana tan delgada que utilizan los hospitales y que no sirve de nada. Suerte de la chaqueta de mi compañera que me sirvió para templarme un poco hasta que al final, tras muchos intentos por conseguir una manta, una persona que conozco y estaba aquel día de guardia me consiguió una pero la trajo a escondidas.

El espectáculo me pareció lamentable y deleznable por parte de un sistema que tiene contra las cuerdas a sus usuarios y mantiene en un estado de estrés insufrible a todo el personal que asume el mando en los servicios de urgencia de los hospitales. Mi caso se puede contar ahora con cierto sarcasmo aunque no dejó atrás la indignación que he sentido al ver como se han cargado todo el trabajo realizado durante años para tener una sanidad pública de primer nivel en todos los sentidos.

La solución no está en una manta, aunque vaya bien, ni que alguien te encuentre y te la traiga haciéndote un favor. Lo que realmente duele, más que la propia enfermedad que uno sufre, es ver como en cuatro días se han derrumbado las conquistas de cuatro décadas de trabajo y lucha por hacer de esta, nuestra sociedad, algo mejor. Mi reino por una manta y mi vida por la recuperación de los derechos perdidos.

Ángel Juárez

Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

 

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Una respuesta a “Mi reino por una manta

  1. He leído el artículo con los ojos de la actual situación económica que tiene el país. Con toda la buena intención que lo quiera leer, es inaceptable la situación que presenta la Seguridad Social actual. Sobre todo, cuando se logró una excelente prestación de estos servicios. De que hemos perdido, está clarísimo, ahora lo que queda es luchar por recuperar los logros que se alcanzaron en otros momentos. La lucha continúa, no bajemos la guardia. La dignidad, el respeto y la igualdad, son derechos adquiridos con mucho tezón, no los podemos perder. ¡a por ellos!!!

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