No son sus niños; son nuestros niños

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Foto: Miguel Serrano

Pasan los años y seguimos sin aprender la lección. Muchos siguen llenándose la boca con la palabra paz, porque es un concepto que vende, pero en realidad las guerras continúan y las tensiones internacionales parecen ir en aumento. Y siempre que hay un conflicto político armado, el gran porcentaje de víctimas acaban siendo personas inocentes que no tienen nada que ver. Especialmente, niños. Nuestros niños.

Según Amnistía Internacional, existen millones de menores de edad que de una forma u otra se ven envueltos en conflictos. La mayoría acaban siendo asesinados sin haber sabido nunca por qué. Pero también hay muchos a los que se les da un arma y los ponen a luchar en nombre de algo o alguien que los pequeños ni conocen. Son los conocidos como niños soldado, un concepto a priori contradictorio pero que es dolorosamente real.

Aunque no existen datos fiables sobre el número de niños soldado en el mundo, se calcula que podrían ser más de 200.000. Según las Naciones Unidas, existen 19 países en el mundo que reclutan y obligan a jóvenes a luchar. Entre ellos están República Centroafricana, Sudán del Sur, Afganistán, Chad, Colombia, Costa de Marfil, Filipinas, India, Iraq, Líbano, Libia, Mali, Myanmar o Pakistán. Una lista vergonzosa de gobiernos que destrozan la juventud, el futuro y en la mayoría de ocasiones también la vida de pequeños que por su edad no deberían saber lo que es una guerra.

¿Por qué sigue habiendo conflictos armados en el mundo? No descubro nada si digo que los intereses de gobiernos y empresas armamentísticas en que haya guerras son enormes. No olvidemos que con una pírrica porción del presupuesto bélico de un país como Estados Unidos se podría acabar con el hambre en el mundo. Pero los intereses parecen ir por otro lado.

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Foto: Miguel Serrano

Debo hacerles una confesión. Llevo más de dos décadas sin escribir públicamente sobre este tema. Tomé esta decisión después de presenciar con mis propios ojos un ataque en Cisjordania y el Líbano, que fueron masacradas sin piedad. No habían pasado ni 48 horas cuando ya se habían aprobado cientos de millones de presupuesto para la reconstrucción de lo que habían destruido. No habían pasado ni dos días. Ni siquiera se molestaron en disimular el interés que había en provocar el caos para después obtener beneficios económicos. En este conflicto, se acabaron con cientos de vidas humanas. Vi como usaban a niños como escudo. Murieron muchos inocentes. Entender que había tanto interés en la guerra me desengañó por completo.

Pero mi penitencia se ha acabado. Es hora de reaccionar. No podemos permanecer callados. No podemos seguir permitiendo que se juegue con las vidas humanas, especialmente la de los niños, como si fuera mercancía. Un buen amigo mío, el abogado y político Juan de Dios Ramírez Heredia lo dijo bien claro hace unos días en un discurso: “Hay momentos en los que no se puede ser neutral”.

Y tiene razón. Ha llegado un punto en el que no podemos ser neutrales. Porque nuestro silencio y neutralidad es la fuerza de los que matan a los niños. Y si seguimos callados, si seguimos sin mover un dedo, seremos cómplices de esos asesinatos. Hemos llegado a un punto de no retorno. O actuamos, o miles y miles de niños morirán por nuestra culpa. Nos podrán decir que somos culpables y no tendremos derecho a la réplica, porque estarán en lo cierto.

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Tenemos que cambiar de mentalidad. No somos los padres biológicos de los niños que mueren asesinados en Sierra Leona ni de los que sostienen un Kalashnikov en Sudán. Pero ellos, en realidad, son nuestros niños. Nosotros somos sus padres y ellos son nuestros hijos. Los de todos. Y son, por lo tanto, nuestro futuro. No podemos quedarnos quietos. No podemos seguir siendo cómplices de esta barbarie. Son nuestros niños. Si no los cuidamos nosotros, ¿quién se hará cargo de ellos?

Ángel Juárez Almendros

Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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