Carnaval, te quiero (pero ya no tanto)

carnaval1Cantaba la gran Celia Cruz que la vida es un carnaval, y hoy, que todavía estamos quitándonos el maquillaje de la cara, me vais a permitir que por un momento me ponga el disfraz de historiador para recordar cuál es la esencia del carnaval. Hace más de 5.000 años los sumerios y los egipcios ya celebraban un acto similar, consistente en disfrazarse, bailar y festejar. Unos añitos más tarde, el Imperio Romano reprodujo el festejo, difundiéndolo por Europa. Más adelante, los navegantes españoles y portugueses, que tontos no eran, decidieron exportarlo a América. Pensándolo bien, la expansión del carnaval fue una especie de preglobalización.

Pese a celebrarse por todo el globo y por lo tanto habiendo muchísimas variantes, hay un rasgo que cualquier carnaval comparte: su carácter irreverente. La esencia del carnaval es la juerga, la diversión y el descontrol. Pero también son días especiales porque en ellos (casi) todo está permitido, y eso incluye criticar de manera mordaz las cosas que no nos gustan. Ahora hay libertad de expresión (ejem, ejem…) y es más fácil, pero hace unos cuantos siglos las cosas eran diferentes. De ahí la importancia del disfraz y de la máscara. Durante el carnaval todo el mundo podía reprobar cualquier cosa libremente, sin revelar su identidad.

Me quito el disfraz de historiador y me pongo el de Ángel Juárez. Yo siempre he sido un gran seguidor del carnaval. De hecho, la semana pasada, después de muchos años sin vernos, celebramos una cena en la que nos reunimos algunas de las personas que colaboramos en la organización de los primeros carnavales en Tarragona de nuestra época. Fue un encuentro lleno de risas, pero aliñado con recuerdos y nostalgia. Rememoramos como nosotros, que colaboramos en la organización del evento, teníamos una comparsa llamada ‘La desorganización’. En aquella época, hace más de 25 años, los carnavales eran muy vividos. Había muchas ganas e ilusión. Mucha diversión y carcajadas. Y sí, también algo de alcohol.

En todo caso, más allá del desfase que caracteriza la festividad, en aquellos tiempos todas las comparsas tenían un punto reivindicativo. Casi todas enarbolaban un mensaje crítico, de carácter social, reivindicaciones que aunque estuviesen rogadas de litros de humor bien podrían ser el lema de una manifestación. Había un mensaje. Había valores. Y el espíritu nos pedía pasárnoslo bien, pero también criticar y reclamar mejoras para Tarragona, hechas desde detrás de nuestras máscaras.

Recordé todos esos años en esta cena y también durante el principal desfile que recorre las calles de la ciudad. Allí estaba de pie, junto a Anton Guasch, y ambos cruzamos nuestras miradas cuando pasó la comparsa de Riu Clar. Y creo que ambos pensamos algo parecido. Fijamos nuestros ojos en el estandarte, que después de 25 años sigue siendo el mismo. Yo lo promoví y lo diseñé; Anton Guasch lo materializó. Detrás de él, desfilaban decenas de jóvenes a los cuales ni Anton ni yo conocíamos. Y ambos coincidimos en que para la mayoría de ellos el estandarte era un simple trozo de tela sin historia, mientras que para nosotros es mucho más: la metáfora de una época en la que el carnaval era algo muy diferente.

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Y es que el Carnaval de Tarragona ha cambiado inmensamente, y cada vez se parece más al de Santa Cruz de Tenerife o a los brasileños. Lo importante es la estética, el color, los trajes, los bailes. Pero ya no hay mensajes reivindicativos. Falta mala leche e irreverencia. Parece una pasarela de modelos en las que las comparsas concursan para ver quién tiene los mejores trajes (algunos de ellos, por cierto, con un coste de casi 500 euros, lo que no está mal en tiempos de crisis). Hay más espectadores que participantes. En cierto modo, me sentí como si estuviera presenciando una procesión de la Semana Santa. Se ha perdido el verdadero espíritu de la fiesta. El carnaval, definitivamente, se ha descafeinado.

No me malinterpretéis: hay que felicitar a organizadores y participantes, porque tiene mucho mérito que una ciudad como Tarragona tenga un carnaval de tan alto nivel. Hay mucho trabajo y esfuerzo, y eso se podía palpar en la rúa. Tiene un altísimo valor que tantas personas dediquen una parte de su vida para dar ese espectáculo durante unas pocas horas. Y yo los aplaudo a todos.

Y sin embargo, debo decir bien alto que ese no es mi carnaval, ni tampoco el de Anton Guasch, ni el de la mayoría de mis compañeros de aquella cena, ni el de tantas y tantas personas que durante muchos años salimos con nuestra comparsa sin tanta preocupación por cómo íbamos vestidos pero sí por pasárnoslo bien y difundir un mensaje. No es un ataque de nostalgia. Entiendo la evolución del carnaval. Son los tiempos que corren. Pero me pongo el disfraz de activista social (que me dejaré puesto durante todo el año) para gritar a los cuatro vientos que me gustaría que en el Carnaval de Tarragona hubiese más imaginación, más blasfemias y sobre todo que la rúa no se acabe convirtiendo en un gran escaparate de moda sin ningún tipo de significado.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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