Ángel Juárez: ‘Una utopía realista’

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Acaban de morir miles de personas en Nepal, otras tantas se han quedado sin casa y sin saber qué harán para sobrevivir, y el futuro del país asiático es más negro que el petróleo derramado en Canarias. Ante esta tragedia, la humanidad ha reaccionado como debía: derramando unas lagrimitas, poniendo mensajes de apoyo en el Facebook y (algunos) haciendo donaciones para intentar mitigar el dolor (el de los nepalíes y, ya de paso, también el nuestro). ¿Y después? Pues a otra cosa señores, que ya ha pasado más de una semana y la actualidad y el día a día nos devoran. Así es el mundo en el que vivimos: acaban de morir más de 7.000 personas en Nepal pero ya ni nos acordamos, que esta semana hay partidos de Champions League, Rajoy y  Mas han dicho no sé qué y lo primero es lo primero.

Si se trata de tropezar dos veces en la misma piedra, nosotros, la raza humana, somos unos expertos. No es la primera vez que sucede ni será la última. Parece que queramos darle la razón al bueno de Nietzsche y su concepción del eterno retorno. Desdichado eterno retorno. Ya nos pasó con los terremotos de Japón o de Tahití. Aunque no todo se reduce a las catástrofes naturales: en el mundo sigue habiendo guerras pero hace tanto tiempo que están en marcha que ya las hemos olvidado. Hace unas semanas todos nos pusimos de acuerdo para llorar la muerte de los africanos que se ahogaron en el mar buscando un futuro mejor. Miles y miles de inmigrantes murieron en 2013 en las mismas condiciones, pero ellos no fueron noticia. Y después de la gran tragedia de Lampedusa, las aguas han vuelto a tragarse las vidas y destinos de cientos de personas. Pero ya no nos acordamos. No nos interesa. En nuestros muros de Facebook hay que poner otras historias, no vaya a ser que nos volvamos repetitivos.

No sé si habréis notado (aunque me da en la nariz que sí) que últimamente ando bastante cabreado. Me cuesta entender por qué la humanidad se ha vuelto tan insolidaria con su propia especie. Nos maltratamos los unos a los otros, hundimos países como si estuviésemos jugando al Risk, y la vida del ser humano cada vez tiene menos valor. ¿Dónde se ha escondido la misericordia? Si aceptamos que la mano del hombre está detrás de los grandes males del planeta, como así es, debemos ser conscientes de que la solución también está en nuestra mano. Pero muchas veces, demasiadas veces, casi todas las veces, acabamos pensando que la solución es demasiado compleja y no lo conseguiremos. Es la gran epidemia que estamos sufriendo, la fiebre amarilla del siglo XXI: el conformismo. Y ya estoy harto, así que permitidme que me rebele contra ello.

Estas son mis soluciones para conseguir un mundo mejor: haría falta una unión mundial de religiones, basada en el amor por los seres vivos y por nuestro planeta. Que cada uno crea en su dios y rece a quien quiera, pero démonos la mano porque hay dos cosas que nos unirán para siempre: nuestra condición de seres humanos y la necesidad de un planeta en el que vivir. También vuelvo a pedir la creación de un Tribunal Internacional por los Derechos Humanos y el Medio Ambiente. Un organismo sin fronteras ni políticos, porque los derechos humanos y el medio ambiente, debido a su carácter universal, no tendrían que estar relacionados ni con las fronteras ni con la política. Y por último, considero que la Organización de las Naciones Unidas debería centrarse en acabar con el hambre en el mundo y estar de luto hasta que no haya ni un niño en el globo que tenga algo que llevarse a la boca día sí y día también.

Ya sé lo que estáis pensando. No os cortéis, podéis decírmelo. Creéis que se me ha ido la mano con mis demandas, que vivo en un mundo de fantasía y piruletas, que soy un utópico por pensar que estos remedios podrían llegar a ver la luz. Y no lo negaré: quizás tengáis razón. Sin embargo, yo sigo en mis trece y con estas demandas por bandera. No quiero que me pase como a otros compañeros de batallas que a causa de los golpes recibidos se han acabado insensibilizando. Creo que ser utópico es hoy en día una responsabilidad. Si en su momento algunas personas no hubiesen sido utópicas, hoy no volaríamos en aviones, ni hubiésemos viajado al espacio, ni podríamos hablar a través de una pantalla con amigos que viven en el otro extremo del mundo.

No quiero ser un soñador, pero tampoco un conformista. No quiero ser utópico, pero tampoco pecar de poca ambición. Creo que si remamos todos en la misma dirección, quizás las soluciones que he propuesto puedan ver la luz en un futuro. Ya lo cantó en su día un ídolo de masas como John Lennon: “You may say I’m a dreamer. But I’m not the only one. I hope someday you’ll join us” (Dirán que soy un soñador. Pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros). Si él creyó que era posible, ¿no podríamos al menos intentarlo?

Ángel Juárez Almendros

Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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