La doble vara de medir con nuestro dinero

subven

Debe ser una sensación mía, o quizás es que con los años me he vuelto más analítico y más diablo, pero desde hace unos días tengo una reflexión que no me saco de la cabeza. Después de las elecciones municipales se habló mucho del cataclismo electoral, de revolución política, del final de una era, y se utilizaron mil expresiones similares, a cada cual más rimbombante. Algunos partidos emergieron con mucha fuerza, cuchillo en boca y luz celestial de fondo, anunciando que la vieja política había muerto. Y sin embargo, unas semanas después la realidad sigue siendo bastante parecida a la de antes de los comicios, y no parece que los problemas vayan a solucionarse por arte de magia, como algunos podrían pensar. La revolución se puede estar cociendo, pero si es así, lo está haciendo a fuego lento.

Viene esta idea a mi cabeza después de leer un dato que me ha dejado patidifuso. Según un informe de Intermón Oxfam, las 20 personas más ricas de España tienen los mismos ingresos que el 20% de la población más pobre. Es decir, dos decenas de personas poseen lo mismo que millones. Y el mundo sigue girando, Rajoy dice que la crisis se ha acabado y se queda tan pancho, y aquí no ha pasado nada. A veces los árboles no dejan ver el bosque, pero la realidad es la que es: en España sigue habiendo muchísima gente que lo está pasando mal.  En mi mundo, el de las organizaciones no gubernamentales, entidades sin ánimo de lucro y fundaciones, tampoco estamos para tirar cohetes, como así demuestran los datos (han desaparecido un 30% desde que empezó la crisis y las previsiones no son alentadoras).

En este contexto se ha producido un hecho que quiero rescatar para que no caiga en el olvido: políticos (ya sean de la vieja o de la ‘nueva política’) que cobran su sueldo de 40.000, 50.000 o 60.000 euros de la teta pública que critican las subvenciones a entidades por ser dinero público. Esto demuestra algo que yo defiendo desde hace mucho tiempo: que muchos políticos desconocen el trabajo y el esfuerzo que hacemos decenas de miles de personas en este país que no perseguimos enriquecernos sino poner nuestro grano de arena en la lucha por una sociedad más justa. Me refiero a personas que no batallamos por mejorar nuestra posición personal día a día, sino que apostamos por la transformación de la sociedad. Criticar que se subvencionen a estas asociaciones demuestra una profunda ignorancia, de la misma forma que meter en el mismo saco a Undargarines y fundaciones inventadas por partidos con las entidades que trabajan de manera seria es lamentable y simplista.

A estos políticos me gustaría decirles que la gran mayoría de las ONG somos humildes y lo pasamos mal para poder pagar a nuestros técnicos, porque el 80% del total de las ayudas se las llevan las fundaciones más poderosas (Cruz Roja, Cáritas, Medicus Mundi, etc.) que tienen unos recursos con los que nosotros no podemos ni soñar. Y sin embargo, ahí seguimos (las que aguantamos), al pie del cañón, luchando por nuestros objetivos que, aunque modestos, ayudarán a hacer del mundo un lugar mejor. Ante este panorama, ¿qué derecho tiene un político que cobra un sueldazo –aparte de dietas por asistir a reuniones- a decir que no deberíamos recibir subvenciones? La expresión “doble vara de medir” elevada a la máxima potencia. En momentos como este me acuerdo de una frase del gran Groucho Marx, “es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.

Las entidades sin ánimo de lucro, sin subvenciones, no tienen razón de ser. Una ONG sin subvenciones es como un músico sin instrumento, un actor sin escenario, un partido de fútbol sin balón. Las entidades como las que presido necesitamos las subvenciones para poder hacer proyectos, para tener sentido y significado, para vivir. Y sí, siempre habrá Undargarines que quieran aprovecharse del sistema, pero debemos ser lo suficientemente maduros como para evitar que un garbanzo negro no nos estropee el cocido.

Otro asunto que se ha convertido en una pesadilla recurrente para las fundaciones es que  cada vez es más difícil conseguir las subvenciones. Malvivimos en la dictadura de la burocracia, en el reino de los papeles, en un mundo en el que el sello y la fecha de registro llevan la batuta. Papeles, papeles y más papeles. Ellos son los verdaderos reyes del mambo, y parecen ser más importantes que los árboles que queremos plantar o los niños a los que queremos enseñar a respetar el medio ambiente. Como en los antiguos países soviéticos, la burocracia es un arma de desgaste infalible. La sensación es que todo está montado para que el tejido social sea cada día más pobre y vaya desapareciendo.

Espero que me perdonéis mi tono crispado, pero para que esto no sea una simple pataleta condenada a perderse en el tiempo y la distancia haré una propuesta constructiva: auditorías periódicas tanto a partidos como a los propios políticos. Si las entidades tenemos que justificar todo lo que hacemos porque es dinero público… ¿por qué ellos no deberían hacer lo mismo si su salario proviene de la misma hucha? Nosotros no tenemos problemas en hacerlo porque necesitamos las subvenciones y acatamos las instrucciones nos gusten o no. ¿Por qué los políticos no deberían hacerlo también? ¿Acaso ellos son especiales? Con demasiada frecuencia olvidamos que nuestros representantes políticos no dejan de ser, al fin y al cabo, nuestros servidores. Ya va siendo hora de que actúen como tal.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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