Una España sin Dalís ni Buñueles

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No descubro nada cuando afirmo que España es un país en el que casi a diario suceden cosas que no pueden ser catalogadas como normales, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Al fin y al cabo, aquí nacieron genios del surrealismo como Buñuel o Dalí. No será por casualidad. ¿Os apetece una ración de hechos insólitos patrios recién salida del horno? Pues ahí va: no es normal que en apenas unas horas aparezcan más de un centenar de incendios en el norte del país; tampoco lo es que un gobierno apruebe una reforma de la Ley de Montes que sea repudiada sin excepción por toda la oposición, sindicatos y grupos ecologistas; y, finalmente, no es fácil de entender, ni siquiera para aquellos cuyas cabezas están llenas de pájaros, que este mismo partido que ha hecho lo que le ha dado la gana durante cuatro años y que mancha de corrupción cualquier cosa que toca, haya ganado las elecciones con una relativa comodidad respecto a sus adversarios. Estos tres hechos, todos ellos correlacionados, podrían ser usados por los sociólogos y politólogos para explicar cómo funciona España.

Tengo la sensación de que estamos tan acostumbrados a los incendios que tendemos a infravalorar sus efectos devastadores. Pero hay que tenerlo claro: el fuego es muerte. El fuego es antivida. Destruye todo, no sólo los árboles, sino también los ecosistemas que habitan plácidamente en los bosques. Y es un asesino perfecto: rápido y eficaz. Puede destruir en pocas horas aquello que los humanos, a base de replantaciones, han tardado años en crear. Y éste podría ser el quid de la cuestión. Las replantaciones son positivas, aunque a veces se hagan un poco de cara a la galería. Y estoy convencido de que los servicios de extinción de incendios están cada día mejor preparados y cuentan con herramientas muy desarrolladas para combatir el fuego. No obstante, volvemos a cometer el mismo pecado: no haría falta apagar el fuego si éste no llegase a existir. La experiencia nos enseña que no hay una estrategia más efectiva para luchar contra los incendios que la prevención. Pero parece ser que no hemos acabado de entenderlo.

No soy un experto en la materia, pero propongo tres recetas que surgen del sentido común y que pueden ser útiles para acabar con esta lacra: apostar de verdad por las medidas preventivas, ampliar el castigo para los pirómanos e introducir una asignatura obligatoria de concienciación ecológica que esté al mismo nivel que el inglés o las matemáticas. Respecto a la primera, no hay que ser demasiado avispado (aunque a veces no lo parezca) para entender que es más fácil conservar lo que está construido que empezar desde cero. Y punto.

En cuanto al endurecimiento de las penas, hay que pisar con los pies en el suelo y ser conscientes de dónde estamos, y de que por desgracia los españoles sólo respondemos a golpe de garrote. ¿Os acordáis cuando, no hace tanto tiempo, prácticamente nadie se ponía el cinturón de seguridad? Hasta que no empezaron a aplicarse castigos severos por conducir sin el cinturón abrochado no hubo resultados. Triste, sí, pero real: los españoles somos muy cabezones y una de las mejores formas de que reaccionemos es tocándonos la cartera… Quiero pensar que vivimos en una sociedad civilizada en la que a nadie se le pasa por la cabeza provocar un incendio por divertimento. Pero no es así. Por lo tanto, mano dura y tolerancia cero contra los que están eliminando nuestros bosques. No se puede permitir que en este país salga tan caro acabar con el ecosistema como cantar proclamas en una manifestación (aprovecho la ocasión para recordar a los votantes de Rajoy que su gobierno fue el responsable de la Ley Mordaza. Por si algún día tienen pensado quejarse y lo han olvidado…).

Y por último, la clave de todo, y la explicación de por qué España es como es y no acabamos nunca de subir al siguiente escalón: la educación. O introducimos en los cerebros de los niños que hay que cuidar el medio ambiente porque en caso contrario estamos condenados a desaparecer, o jamás ganaremos la batalla. Equiparo el problema con el de la violencia de género. Los eruditos coinciden en la importancia de concienciar a los más pequeños sobre el respeto a la pareja y la igualdad de sexos, porque ahora son personitas y todos muy monos, pero en un futuro serán adultos y quizás algunos de ellos sean garbanzos negros. Transformemos pues los negros en blancos ahora que todavía estamos a tiempo de salvar el cocido.

Mi corazón llora cuando veo que el norte de la península está siendo devorado por las llamas mientras volvemos a entronizar a una persona que en cuatro años no ha movido ni un solo dedo por el medio ambiente. Son estas incongruencias y esta extraña absurdidad dos matices que aparecen con frecuencia en la historia de este país. Quizás va siendo hora de asumirlo, ponernos manos a la obra y corregirlo, aunque ello suponga que debamos renunciar a la aparición de futuros Dalís y Buñueles.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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