Pequeños gestos, resultados gigantes

Pequeñascosas

No sé si el tamaño importa tanto como dicen (me apunto el tema para un futuro artículo), pero sí tengo claro que tendemos a infravalorar los pequeños gestos. Quizás influidos por el American Way of Life, que de manera casi imperceptible se entromete en nuestras vidas, en nuestra sociedad se ha impuesto la idea de pensar a lo grande, soñar con vivir fastuosamente, admirar las gestas y personajes colosales, y en general todo aquello que nos remita a un plano superior a nuestra rutina. Desconozco si este pensamiento es beneficioso o no a nivel social, pero creo que no debemos perder de vista la importancia de las acciones más cercanas y modestas, que quizás no llaman tanto la atención pero pueden ser igualmente poderosas. Ya lo dicen: hay pequeños gestos que pueden cambiar el mundo.

Esta reflexión no nace por casualidad, sino (como casi todos las meditaciones interesantes) a partir de una vivencia personal. Hace unos días me encontré con una persona a la que hacía muchísimo tiempo que no veía. Ella era una de las muchas niñas pequeñas que vivían en Riuclar (Tarragona) cuando yo empecé a ejercer como presidente de la asociación de vecinos del barrio. En cuanto me vio, su rostro esbozó una bella y amplia sonrisa, me abrazó efusivamente y me rodeó con sus brazos, así como con su alborozo. Reconozco que me sorprendió su entusiasmo. Acto seguido, empezó a contarme cómo le habían ido las cosas, y remarcó muy especialmente sus años mozos en Riuclar y los buenos recuerdos que conservaba  de aquella época. También me agradeció que yo hubiera luchado tanto por la gente del barrio y por intentar proporcionarles un lugar mejor para vivir, y recordó algunas anécdotas, historias sencillas a las que en su momento yo no les di demasiada importancia, pero que ella rememoraba con una nítida claridad, como si hubiesen sucedido la semana pasada.

No es la primera vez que vivo una experiencia similar. Otras personas en contextos diferentes también me han recordado lo importante que fue para ellos formar parte de la Colla de Diables Foc i Gresca (en la que también había vecinos de otros barrios), de la Colla Ball de Bastons de Riuclar o de la Banda de Tambores y Cornetas. En aquella época yo era bastante joven, pero ya tenía un cierto bagaje porque siempre había estado interesado e involucrado en los movimientos sociales. Por ese motivo (y porque había estudiado ampliamente la materia), tenía claro que poner en marcha todos aquellos grupos, así como organizar actividades para los niños del barrio los fines de semana, eran acciones mucho más significativas de lo que parecían a simple vista. Que más de tres décadas después haya personas a las que les brillan los ojos mientras me recuerdan aquellos maravillosos años me demuestra que esos pequeños gestos no eran minúsculos sino de grandes proporciones. Que no son molinos, mi señor, que son gigantes. Y estas personas que de tanto en tanto vuelven a mi vida de manera azarosa corroboran que el sendero que tomamos hace más de treinta años fue el correcto.

Durante las dos décadas en las que fui el representante de los vecinos de Riuclar, mi máxima meta fue alejar a los jóvenes de la drogadicción, que en aquellos momentos era un problema que asolaba de manera muy seria al barrio. Nuestra estrategia ante esta tesitura consistió en llevar a cabo una multitud de pequeñas acciones para construir un muro insalvable que separase a los adolescentes de estas tentaciones. Estoy muy satisfecho del trabajo realizado. Y es que exceptuando algunas personas que nunca quisieron nuestra ayuda (a veces, no sé muy bien por qué, me acuerdo de ellas y de lo que podrían haber sido), el resto siguió con sus vidas y hoy, con sus miserias y sus alegrías, sus penas y sus sueños, como el resto de los mortales, siguen adelante. He reflexionado mucho sobre aquello y creo que salvar a tantos jóvenes de la amenaza de las drogas es, de todas mis medallas, la que puedo lucir con más orgullo. Hoy en día, cuando ya como adultos formados vienen a saludarme y me recuerdan toda la efervescencia con la que contaba Riuclar en los ochenta y los noventa, es cuando me doy cuenta de la magnitud de la tragedia, y de rebote entiendo la importancia de los pequeños gestos, de las pequeñas cosas. Como cantaba el maestro Serrat, en una letra que me emociona, “son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón”.

¿Pueden los pequeños gestos, como afirman algunos, cambiar el mundo? No soy lo suficientemente sabio como para responder a esta pregunta. Lo que sí puedo asegurar con total convencimiento, porque lo he vivido en mis propias carnes, es que los pequeños gestos sí que pueden cambiar las vidas de las personas, y transformar un futuro incierto en una realidad esperanzadora, lo cual no es poca cosa. En el fondo lo que vengo a decir con estas líneas es que los pequeños gestos, en realidad, no son tan pequeños.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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