Luz en la oscuridad

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El abajo firmante, que es optimista por naturaleza, se levanta cada mañana con las baterías cargadas al máximo y con infinitas ganas de comerse no sólo el desayuno sino el mundo entero. No obstante, durante los últimos días, las fuerzas apenas me han durado unos minutos. Cuando todavía no he acabado mi rebanada de pan con tomate y jamón me invade la necesidad de volver al lecho y desconectar de la triste realidad. Qué sabia debía ser la persona que acuñó la máxima “las desgracias nunca vienen solas”, porque ciertamente, con el paso de los años, me he dado cuenta de que es así. Esta semana más que nunca hemos vivido en nuestras carnes que, como dicen en un capítulo de ‘El Quijote’, “un mal llama a otro”.

La serie de catastróficas desdichas, quién sabe si guiadas o no por el destino, tuvo su inicio con el enésimo capítulo de la crisis de los refugiados. La Unión Europea sigue decepcionando a aquellos que realmente creímos que el Viejo Continente podía ser un referente internacional en la defensa de los derechos humanos. Su última ocurrencia ridícula ha consistido en expulsar a todas las organizaciones no gubernamentales que trabajaban en los campos de tránsito de refugiados en la isla de Lesbos, de la misma manera que unos días antes pusieron de patitas en la calle a los periodistas que informaban de lo que estaba pasando allí. Imagino que a la Unión Europea no le gustaba que tanto activistas como medios de comunicación estuviesen mostrando al mundo que esos campos de tránsito son cada día más similares a los campos de concentración. Las imágenes ya son historia. Todos las hemos visto y no las olvidaremos. Europa (o el ideal que teníamos de qué debía ser Europa) ha muerto para siempre.

La crónica negra de la semana también se ha nutrido de sucesos locales, como la muerte de José Ruiz, otro histórico líder vecinal de Tarragona que se suma a la lista de luchadores caídos en combate antes de tiempo. Compartimos batallas y reivindicaciones. Una auténtica pena. Y algo más lejos de mi casa, aunque aún dentro de la provincia de Tarragona, una nueva pesadilla en forma de accidente de tráfico. Trece estudiantes Erasmus perdieron la vida en Freginals cuando regresaban en autobús después de una noche de jolgorio en las Fallas. Parece mentira que después de tanto tiempo nuestras carreteras sigan siendo carnicerías en las que jóvenes con toda la vida por delante encuentren su final de manera dolorosa y precipitada. Noticias que te golpean con dureza a primera hora de la mañana y te amargan el resto de la jornada.

El epílogo de esta macabra cadena tuvo lugar en Bruselas. Ya sabéis a lo que me refiero. En este caso, además, molesta especialmente que el suceso ya no sea una sorpresa. Algo falla en la humanidad cuando unas personas, en nombre de una religión, de un Dios o de lo que sea, matan indiscriminadamente y todos sabemos que era algo que antes o después iba a volver a suceder. El terrorismo yihadista cada vez me recuerda más a aquella época, en los años noventa, en los que ETA atentaba de manera puntual, cada tres o cuatro meses, con una precisión temporal sorprendente. Que un atentado se convierta en rutina es quizás la demostración más palpable de la decadencia de nuestra especie.

Por todo esto y otras cosas, estos últimos días, durante el desayuno, me han entrado ganas de mandarlo todo al carajo y volver a la comodidad de mi cama. Pero… no lo he hecho. Ni lo pienso hacer. Porque es verdad que el mundo parece cada día más sombrío, pero también es innegable que hay luz en la oscuridad. La crisis de los refugiados nos produce vergüenza ajena, pero cada vez somos más los que ponemos el grito en el cielo y estamos exigiendo reformas. El accidente del autobús es una desgracia que merece ser llorada, pero no es menos cierto que este tipo de sucesos son cada vez menos habituales y las estadísticas reflejan que nunca como hoy las carreteras habían sido tan seguras. Y el terrorismo yihadista es una realidad difícil de comprender, pero la reacción social ante los atentados es digna de aplaudir. Quizás los gobiernos estén fallando en algunos casos, pero la reacción de la sociedad ante este tipo de eventos es admirable, porque demuestra que, pese a todo, seguimos en pie.

En estos días teñidos de sangre y miserias es fácil decaer, darlo todo por perdido, hacerse el harakiri, rendirse, volverse a la cama. Por eso mismo, es en estas fechas cuando más fuertes debemos ser, más orgullosos debemos estar de la gente que lucha y se sacrifica por el bien global, y cuando más tenemos que creer en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean. Son días jodidos, pero no nos engañemos, no siempre es primavera. La llama no se ha extinguido todavía, y debemos seguir soplando para que siga viva. Es el momento de estar más unidos que nunca y no perder la esperanza. Cualquier noche puede salir el Sol.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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