Participación ciudadana: la gran quimera

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Hoy, tras cuatro felices décadas de democracia a mis espaldas, me ha venido una pregunta a la cabeza que, supuestamente, debería ser fácil de responder: ¿qué es la participación ciudadana? Según la Wikipedia son “los mecanismos que pretenden impulsar el desarrollo local y la democracia participativa a través de la integración de la comunidad al quehacer político”. No está mal, pero prefiero esta otra definición que he encontrado navegando por la Red: “es la integración de la población en los procesos de toma de decisiones, la participación  colectiva o individual en política, entendida ésta como algo de lo que todos formamos parte”. Es una buena descripción, pero yo, que tengo el pragmatismo por castigo, me inclino por simplificarla. Para mí el concepto participación ciudadana significa que todos tenemos derecho a intervenir en todo aquello que nos incumbe. Y a quien no le guste, que se aguante.

Nunca antes como ahora se había hablado tanto de la participación ciudadana, y nunca antes como ahora se había practicado tan poco. Qué terrible paradoja… Cuando empecé a colaborar en movimientos sociales, en los años setenta, la relación entre ciudadano y político era de tú a tú. Antes de que el mandamás de turno decidiese algo, llamaba a los líderes sociales y vecinales para consultarlo o, como mínimo, para informar. Simplemente por respeto. Y era así porque la mayoría de políticos provenían de los movimientos ciudadanos y entendían que la política debe empezar y acabar en la calle. Pero esta forma de entender (y practicar) la política fue cambiando, al ritmo que ésta empezó a profesionalizarse. La participación ciudadana entró en crisis. Fueron unos años tristes y oscuros, hasta que el 15-M consiguió revivir la llama.

En ese momento la participación ciudadana entró en política con fuerza, pero más bien como un adorno. Y no es una cuestión de izquierdas o derechas, de buenos o malos políticos, de estar más o menos de acuerdo con la célebre frase “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Se trata de que nuestros gobernantes nunca han creído en ella, y por eso se ha convertido en uno de los déficits que arrastramos desde que por fin enterramos al dictador.

Este verano he sufrido en mis carnes varios ejemplos que respaldan mi tesis. Presentamos una moción sobre la playa Llarga que iba a favorecer a todos los tarraconenses y que era respetuosa con el medio ambiente. El consistorio aprobó el texto por amplia mayoría y, sin embargo, aún estamos esperando a que alguien mueva un dedo. Días después, hicimos un requerimiento oficial para que los inmuebles vacíos que no tienen ningún uso se cedan a entidades de la ciudad. ¿Tuvo repercusión? Sí, aparecimos en todos los medios. ¿Las administraciones han reaccionado? No. Quizás los pillamos tumbados en la orilla del mar…

Continúo. Una de las asociaciones que forman parte de la Coordinadora d’Entitats de Tarragona se ha movilizado para que retiren una valla publicitaria de grandes dimensiones que según ellos distorsiona la imagen del barrio. ¿Se les ha hecho caso? No: el Ayuntamiento ha preferido dar la razón a la empresa sin prácticamente escucharlos. Y otra, en este caso además muy reprochable éticamente. Después de mucho tiempo reivindicando que pongan el nombre de líderes vecinales fallecidos a las calles de los barrios, nos hacen caso, se inaugura una plaza con el nombre de un compañero de batallas desaparecido (Pere Anglada) y… ¡no invitan a la inauguración a casi ningún líder vecinal! Eso sí, el acto estaba lleno de representantes políticos. Una escena que no desentonaría en una película de los Hermanos Marx…

El caso más grave tuvo lugar hace apenas unos días, cuando descubrimos (gracias a un colaborador) que el Ayuntamiento de Tarragona había concedido una licencia a un club de golf para ampliar sus instalaciones, lo que ha supuesto que se hayan deforestado tres hectáreas de bosque mediterráneo. Nadie sabía nada. No nos habían informado, ni a nosotros (una entidad ecologista con más de 25 años de historia) ni a nadie más. Ni una triste llamada, ni un mísero correo electrónico. Si aceptáis mi visión de la participación ciudadana (todos tenemos derecho a intervenir en todo aquello que nos incumbe), comprenderéis por qué este episodio, más allá de sus repercusiones medioambientales, me ha cabreado tanto.

Lo digo así de claro porque así lo pienso: en España la participación ciudadana es un espejismo, una apariencia. En todo caso tenemos represión ciudadana. Y sí, somos una democracia joven (aunque alguna cana ya asoma la cabeza) y todos tenemos que aprender: los políticos, a confiar en el pueblo; la sociedad civil, a tener la voluntad de ser realmente soberana. Llevo toda mi vida reivindicando que la participación ciudadana debe ser uno de los bastiones que rijan nuestra democracia, por lo que tengo la sensación de estar atrapado en un bucle del que jamás conseguiré salir. Ante eso, tengo dos opciones: aceptar que nunca cambiaremos o seguir siendo honesto y por lo tanto combativo e incómodo para los poderosos. Los que me conocen ya saben cuál es mi elección. Ya habrá tiempo para descansar, aunque sea en otra vida.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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Una respuesta a “Participación ciudadana: la gran quimera

  1. ¡Bravo estimado Ángel! De vez en cuando el pueblo merece reprimendas. Tal parece que los ciudadanos españoles, igual que los de este lado, digo, El Salvador, están pensando más con la comodidad del estómago que la dificultad del cerebro.

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