Propietarios de nada

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Según el diccionario de la Real Academia Española, que aunque criticada por todos no deja de ser la referencia para este tipo de dudas, el término propietario significa “que tiene derecho de propiedad sobre algo, y especialmente sobre bienes inmuebles”. He buscado la palabra porque me encontraba algo confundido. Incluso he llegado a pensar, para que veáis que me lo he tomado en serio, que habían cambiado su significado original o habían añadido alguna nueva acepción. Compruebo decepcionado que no ha sido así (por si acaso, aclaro que en realidad ya era consciente de ello, y que lo que estoy hilvanando aquí es un ejercicio de ironía).

Esta pequeña broma/aclaración viene al caso porque en las últimas semanas me he encontrado con algunas personas que ya sea a título propio o bien en nombre de las entidades que presiden se han autoproclamado “propietarios” de espacios  o conceptos que hasta el día de hoy estaban considerados como propiedad de todos los ciudadanos. Pese a mi cara de estupor (os aseguro que disimular no se me da nada bien), estos personajes expusieron sin ningún rubor por qué ellos eran los indicados para ser los amos del chiringuito. Sólo les faltó colgarse una medallita, de manera literal, mientras hablaban. No descarto verlo en un futuro, porque a estas alturas de mi vida ya (casi) nada me sorprende.

Pongo ejemplos para que se entienda mejor a qué me estoy refiriendo. Algunos en Tarragona se creen propietarios de todo el litoral, simplemente porque tienen una visión diferente a la que tenemos muchos otros sobre la conservación de este maravilloso paraje natural (me viene a la cabeza el caso de la Platja Llarga, aunque existen más). Otros se creen los dueños de los pulmones verdes de la ciudad (especialmente algunas zonas de la Anella Verda) y tienen un comportamiento tan infantil como egocéntrico al respecto (¡cuánto daño está haciendo el ego a nuestra sociedad!). Y los peores casos que me he encontrado son los de aquellos que consideran que grandes temas como la protección de la sanidad, la lucha contra la contaminación o el patrimonio cultural son exclusivamente de su incumbencia. No me lo invento: existen individuos que se sitúan por encima del bien y del mal y se autoproclaman adalides de la defensa de la sanidad o de la cultura, como si para luchar por algo que es de todos (y que por lo tanto nos compromete a todos) fuera necesaria la aparición de héroes.

No se trata de un fenómeno local, sino global. Pienso por ejemplo en algunos partidos que se consideran la verdadera izquierda o la derecha real. Que cada uno ponga las siglas que más le apetezca… Y existe un caso todavía más sangrante: los nacionalismos. Estoy harto de que existan personas que hablen en nombre de todos los catalanes o de todos los españoles, como si formásemos una unidad indisoluble sin conciencia propia. Desgraciadamente es una cuestión que estamos sufriendo de manera especial en Catalunya por nuestra particular situación política. Cuando alguien proclama “es que los catalanes” o “es que los españoles” me hierve la sangre. ¿Acaso han preguntado mi opinión al respecto?

Estos casos (podrían ser otros) ponen de relieve la falta de unidad en la sociedad y la necesidad de encontrar un espacio común en el que todos estemos cómodos y podamos entendernos. Nosotros lo hemos intentado presentando mociones que están abiertas para que todos los interesados puedan dar su apoyo. Esto se trata de sumar y no de restar; o dejamos de apuntarnos los unos a los otros y de llamarnos enemigos, o jamás conseguiremos nuestros objetivos. Por eso me enerva que existan personas que se crean las dueñas de algunos lugares o, lo que es incluso peor, que piensen que son propietarias de algunas ideas. Porque ni los lugares ni las ideas tienen amos. Aquellos que consideran que son propietarios de la verdad, en realidad no son propietarios de nada.

Estamos criticando a los políticos porque no son capaces de remar en la misma dirección, mientras la sociedad está pecando de lo mismo. Al final tendrán razón aquellos que afirman con sarcasmo que tenemos los políticos que nos merecemos, y esa es una proclamación que detesto porque va en contra de lo que siempre he propugnado. La sociedad no puede perder más tiempo en disputas estúpidas, en ver quién la tiene más larga o quién fue el primero que levantó la voz. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo, ¿cómo vamos a dar lecciones a nuestros representantes políticos? Pasa el tiempo, los problemas siguen ahí y, mientras tanto, la casa sin barrer. Por eso pido a aquellos que se consideran propietarios de lugares, de ideas o de ilusiones que dejen sus delirios de grandeza a un lado y se dediquen a tender puentes con el resto. Al final, la solución a los problemas es muy sencilla: dejarse de tonterías y aplicar a todo el sentido común. Si todos lo hiciésemos así, qué diferentes serían las cosas…

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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