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Unidos contra el terror (sin excepción)

Hoy, con el recuerdo de la sangre de los atentados todavía muy fresco, hoy, que esa mezcla de dolor, pena y rabia que no tiene nombre todavía escuece, se me hace complicado sentarme delante del ordenador y ponerme a escribir. Pero es hoy, precisamente por todo lo que ha pasado en Barcelona y Cambrils, por los recuerdos de las tragedias en París, Damasco, Bruselas, Homs, Madrid o Bagdad, por todo aquello que desgraciadamente está por venir, cuando es más necesario que reflexionemos sobre lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Y por supuesto, también hoy debemos felicitar a los Mossos d’Esquadra, así como al resto de cuerpos policiales, fuerzas de seguridad y servicios sanitarios por el gran trabajo realizado en una situación crítica. Podemos estar orgullosos de ellos, y tenemos que decirlo bien alto.

Sobre el yihadismo y los conflictos geopolíticos que hay detrás de la aparición y auge de Estado Islámico existen muchos artículos escritos por personas más sabias que yo. Creo que todos los que nos informamos un mínimo sabemos qué países están financiando a este grupo terrorista y cuáles –y ahí está quizás el gran problema- lo permiten y se limitan a mirar hacia otro lado. Pero yo quiero referirme a otra cuestión, a la que quizás no se le presta tanta atención pero para mí es básica si queremos parar la avalancha que hace años que se nos viene encima. Me refiero al papel de los líderes musulmanes establecidos en Europa.

Quien me conoce sabe que una de las obsesiones de mi vida ha sido la integración de los inmigrantes que vienen a Tarragona. Cuando en los años noventa empezaron a llegar los primeros musulmanes y muchos vecinos los miraban con recelo (el clásico temor a lo desconocido) yo, como líder vecinal, siempre luché para que su integración en la sociedad fuese lo más sencilla posible. He organizado cientos de actividades con ese propósito y me he reunido miles de veces con todos los líderes de otras culturas porque consideraba que era mi deber. Para mí nunca hubo diferencia entre un vecino de toda la vida y un recién llegado. Ambos tienen los mismos derechos y, por supuesto, las mismas obligaciones. Si algo odio en esta vida es el racismo y el rechazo a lo diferente, y por eso siempre he trabajado para conseguir una sociedad multicultural y abierta. Y en ello sigo…

Y hoy, teniendo en cuenta el contexto que acabo de explicar, reconozco abiertamente que estoy decepcionado con el papel que están jugando los líderes musulmanes en nuestro país. Me refiero tanto a presidentes de entidades como a los imanes de las mezquitas, que representan a centenares de miles de inmigrantes. Es verdad que se han celebrado varias manifestaciones y concentraciones en las que los musulmanes han mostrado su rechazo al terrorismo yihadista, pero la participación ha sido escasa. Es triste que después de unos hechos tan terribles la respuesta musulmana contra el ISIS haya sido tan pobre. Conozco el funcionamiento de estos grupos sociales y sé de buena mano que los máximos responsables son sus líderes, que son los que tienen capacidad de movilización. Os pongo un ejemplo. La Coordinadora d’Entitats de Tarragona, ente que presido que aglutina noventa asociaciones del territorio de todo tipo, cuenta con varias entidades formadas por musulmanes. Creía que sus presidentes aprovecharían esta plataforma para hacer llegar sus mensajes de condena, pedirnos consejos, ofrecernos su colaboración… No ha sido así. Aún estoy esperando a que reaccionen. Me entristece saber que no lo harán.

Lo diré sin tapujos y bien alto porque estoy harto de ese buenismo de la izquierda que no hace ningún bien al progreso social: en mi opinión, los dirigentes musulmanes tienen un reto muy importante y deben mojarse más, mucho más, y condenar de manera abierta y contundente el terrorismo. Que no haya ninguna duda y quede claro que la población musulmana lo rechaza y lo repudia sin excepción. Si no lo hacen, las barreras se harán cada vez más altas y la desconfianza y recelos de la población serán comprensibles e inevitables. No es momento de ser políticamente correctos sino de decir verdades, aunque nos duelan. Y lo que presiento es que o los líderes musulmanes se ponen las pilas y cumplen con su deber, o el riesgo de fractura social será altísimo. Y ese es el peor escenario posible.

El problema del terrorismo islámico es complejo y debe combatirse desde todos los ángulos posibles. La solución no está en nuestras manos, pero si la comunidad musulmana en España (ojo, casi dos millones de personas, un 40% de ellas nacidas en nuestro país) se movilizase contra el yihadismo y le plantase cara, las cosas serían mucho más fáciles. En momentos en los que el dolor nos invade y el terror desfila ante nuestros ojos, es cuando más unidos debemos estar. Por eso tenemos que juntarnos todos, sin excepción, y gritar al unísono que basta ya, o quizás se hará tarde y todo se complique aún más. Otro mundo es posible, sí, pero sólo lo veremos si de una vez somos capaces de permanecer unidos y formar una sola voz.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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Todo por un cargo

Se conoce como culto al cargo (expresión que deriva de la inglesa cargo cult) al conjunto de  rituales y liturgias que varias tribus australianas empezaron a practicar en el siglo XX cuando entraron en contacto por primera vez con la civilización occidental. Poneos por un momento en su piel: vives en una isla remota y jamás has visto a nadie más allá de los miembros de tu clan, y de repente aparecen otros seres de diferente color que controlan unos aparatos capaces de volar, y que además están cargados de cosas extravagantes como café, chocolate o… ¡ropa! Es natural que los aborígenes pensasen que eran unos dioses venidos de otro mundo y se generase este culto al cargo (el origen de la frase es el cargamento que transportaban los supuestos espíritus divinos que, vaya por Dios qué decepción, por lo general  eran soldados americanos).

Este apunte histórico viene al caso no sólo por su innegable interés sino para evitar confusiones. Y es que voy a hablar sobre el culto al cargo, pero con una acepción diferente a la del choque de civilizaciones. Me refiero a las personas que (con perdón) pierden el culo por  conseguir una poltrona, a cualquier precio, sin mirar atrás. Y es que ostentar un cargo equivale a tener influencia, poder, acceso a la información, contactos, en algunas ocasiones sueldo asegurado… A mi alrededor orbitan un gran número de personas que se mueren por uno, ya sea como políticos o presidiendo entidades vecinales o sociales. A mí, que he tenido varios ofrecimientos de algunos partidos y siempre los he rechazado (porque pese a respetarlo siempre ha sido incompatible con mi carrera profesional), me entra la risa tonta cuando veo a conocidos que empiezan a actuar u opinar de manera diferente a la habitual porque han decidido que quieren ser regidores del ayuntamiento de turno.

Estos cambios repentinos de comportamiento no dejan de ser una trivialidad, pero la obsesión por los cargos puede llegar a ser peligrosa. Puede suceder que entre alguien nuevo con ideas revolucionarias y ganas de agradar (a veces para colgarse una medalla) y eso conlleve que todo el trabajo hecho anteriormente, aunque haya sido positivo, acabe siendo destruido. Se me ocurren varios ejemplos en mi ciudad, y estoy convencido de que es algo que sucede a lo largo y ancho del mapa. Puede parecer un tema menor pero no lo es: si todas las personas que ocupan un cargo quieren transformarlo todo y dejar su huella con un proyecto propio, se entra en un bucle destructivo que borra los vestigios de épocas pasadas. Y eso, a largo plazo, puede acabar provocando que nuestras calles, barrios, plazas, pueblos o ciudades pierdan su identidad, sus raíces, su aroma, en definitiva, su historia.

No quiero decir con esto que aquellos que ocupen puestos de responsabilidad no tengan su programa a desarrollar (¡faltaría más!). Lo que defiendo es que debe existir un mínimo de respeto por el trabajo hecho por sus predecesores, que tiende a infravalorarse debido a que los modus operandi o las tendencias políticas son diferentes. He conocido a muchos caballos de Atila de nuestros días, personas que por donde pisan no vuelve a crecer la hierba. Hombres y mujeres que se dejaron seducir por el culto al cargo y cuando accedieron a uno sufrieron el síndrome de Juan Cuesta (el presidente de la escalera de ‘Aquí no hay quien viva’), es decir, creerse mucho más importantes de lo que son, casi semidioses, y con licencia para hacer y deshacer a su antojo. No es broma. Esta gente existe. Y está entre nosotros.

El gran problema es que muchas de las personas que acceden a estos cargos no tienen la capacidad, la responsabilidad ni la visión como para ser merecedoras de su puesto. O lo que aún es peor, carecen del sentido común necesario. A veces caemos en la trampa de pensar que el peor pecado de los políticos es la corrupción. Y por supuesto que es  denunciable (yo no dejo de hacerlo), pero me gustaría añadir otro elemento que es igual de perjudicial: la ineptitud. Y es que para mí es tan grave que un político meta la mano en la caja como que obstaculice el progreso de un barrio o una ciudad debido a su incompetencia. Cegados por su ego, personas que ocupan un cargo para el que no están preparadas provocan que los ciudadanos pierdan aquello que jamás podrán recuperar: su tiempo. Un cargo irresponsable puede paralizar la prosperidad de la sociedad durante meses o años, y el tiempo perdido es tan valioso que no existe compensación. ¿A quién pedimos responsabilidades cuando no hay indemnización posible?

Tenemos que ser conscientes de que tenemos un problema con los cargos y el desarrollo de sus funciones, y en algún momento este tema tendrá que entrar en la agenda política y social. Y es que quién nos iba a decir que quince siglos después el caballo de Atila seguiría ahí, campando a sus anchas, vivito y coleando.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Matemáticas, inglés y educación ambiental

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Siempre utilizo la misma anécdota para explicar cómo ha evolucionado la conciencia ecológica en nuestra sociedad. El próximo 13 de julio la narraré de nuevo, ya que celebraremos la vigesimosexta edición del ‘Día de limpieza de la playa’ (sí, vigesimosexta, existen fotos en las que no tengo canas que así lo demuestran). La historia es la siguiente: en una jornada de voluntariado ambiental celebrada en los años noventa, mientras los buzos recogían residuos  del agua encontraron… ¡una lavadora! Parece difícil de creer, pero había personas para las que el mejor cementerio posible para un electrodoméstico era el fondo del mar. Cuando en el ‘Día de limpieza de la playa’ los participantes comentan que encuentran pocos residuos, yo les recuerdo aquel hallazgo submarino y se les ponen los ojos como platos.

Esto demuestra que pese a que no corren buenos tiempos para los ecologistas hemos creado una sociedad comprometida con el medio natural, hasta el punto de que la anécdota de la lavadora parece irreal, casi una broma. Hemos evolucionado, aunque aún no hemos llegado ni a la mitad del camino. ¿Es posible construir una sociedad cuyos miembros respeten y cuiden el medio ambiente sin excepción? Quiero pensar que sí, porque para eso llevo toda mi vida luchando. Y si algo tengo claro a día de hoy, en estos tiempos oscuros de Trump y de desastres ambientales, es que no conseguiremos una sociedad plenamente comprometida con la salvación de nuestro planeta si no apostamos de verdad por la educación ambiental.

No quiero ir de gurú, que de esos anda el mundo lleno, pero alguna noción tengo del tema. La entidad que presido desde hace más de 25 años fue la primera de la provincia de Tarragona y una de las pioneras del estado en basar su acción en la educación ambiental. Siempre lo tuve claro: Mediterrània debía denunciar todos los atentados contra la naturaleza y ser guerrillera, pero el objetivo principal de la fundación era el fomento de la educación ambiental. Si algo hemos intentado durante más de dos décadas, y creo que no nos ha ido mal, ha sido hacer entender a todos esos niños y niñas que proteger los bosques, las playas, los árboles y los animales no era una opción para ellos sino una obligación moral como seres humanos. Y la única herramienta útil para conseguirlo ha sido la educación ambiental.

Cada vez existen más entidades que se suben al carro de la educación ambiental e imparten talleres y charlas, organizan excursiones por parajes naturales, etc. Es lógico y hay que celebrarlo, como el hecho de que actualmente todos los partidos incorporen propuestas ecologistas cuando hace quince años era un asunto que no interesaba y no aparecía en los programas electorales. Una vez tenemos el contexto, llega la hora de hacer la gran pregunta: ¿que el tercer sector apueste de manera firme por la educación ambiental es suficiente? Los muchos años de trabajo a mis espaldas y mi intuición, que sigue tan diligente como siempre, me hacen pensar que no. Nuestra función es necesaria, pero incompleta. Necesitamos ayuda.

Lanzo aquí una propuesta con la esperanza de que llegue a la opinión pública y se debata en los foros indicados. Disparo: creo que es necesaria la creación de una asignatura de educación ambiental que sea obligatoria para todos los alumnos que estudian en nuestro país. Una materia que esté al mismo nivel que las matemáticas, el inglés o la historia. Y es que… ¿para qué queremos que nuestros niños y niñas sepan conjugar el to be y hacer raíces cuadradas cuando nuestro mundo está muy enfermo y si no lo cambiamos radicalmente está condenado a morir? ¿De verdad es necesario que nuestros hijos e hijas sepan historia cuando el cambio climático amenaza seriamente su futuro? Mi tesis, basada en estudios respaldados por la inmensa mayoría de la comunidad científica, es muy simple: o los más jóvenes aprenden  a cuidar nuestro planeta, o muy pronto no tendremos planeta que cuidar. Es tan necesario impartir una asignatura de educación ambiental que me parece una insensatez que esta cuestión no se haya puesto todavía sobre la mesa.

Hay una frase de Cocteau que me encanta y encaja a la perfección con lo que aquí defiendo: “Formarse no es nada fácil, pero reformarse lo es menos aún”. No perdamos el tiempo e instruyamos a los más pequeños para que sean la generación más concienciada con el medio ambiente que haya existido jamás. Que sean tan ecologistas que cuando les cuente que una vez encontramos una lavadora en el fondo del mar, se piensen que me he vuelto loco o que quizás vengo de otro planeta.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

El cosquilleo, el compromiso y los Premis Ones

Me ha vuelto a suceder. No ha sido una sorpresa; de hecho, es ya una especie de tradición conmigo mismo. Me refiero al cosquilleo, ese cosquilleo tan particular que se apodera de mí cuando se acerca la celebración de los Premis Ones Mediterrània. Es una sensación singular, algo muy especial que sólo yo puedo entender. Podría incluso bautizarlo y tutearlo, siendo como es un compañero fiel. Es una consecuencia física y mental que nace de mis nervios, mi ilusión y las ganas de que llegue ese día que es tan importante para la ciudad de Tarragona. Desde hace unos días el cosquilleo me acompaña a todos lados. Y es que en pocas semanas, concretamente el viernes 2 de junio, celebraremos la 23ª edición (que se dice pronto) de los Premis Ones. Como para no ponerse nervioso…

Todas las ediciones de los Premis Ones son especiales por un motivo u otro, pero creo sinceramente que la de este año lo es incluso más de lo habitual. No, no es un truco de marketing ni un gancho ingenioso para llamar la atención. Realmente lo pienso (y el cosquilleo me lo confirma). La 23ª edición va a demostrar que estos premios son más necesarios que nunca porque va a estar muy centrada en un asunto que desgraciadamente todavía tenemos que defender con ímpetu: conseguir la igualdad real de género y acabar para siempre con la discriminación de la mujer en todos los ámbitos.

Los datos son escalofriantes y dan miedo. En España fueron asesinadas 44 mujeres por sus parejas en 2016. Durante ese mismo año se registraron hasta 390 denuncias por violencia de género… ¡al día! Y siguiendo con el 2016, un total de 33.593 mujeres fueron víctimas de violencia machista, un 8’8% más que en 2015. La discriminación se extiende a otras esferas de la vida cotidiana: la brecha salarial, el reparto de tareas domésticas, la desigualdad de oportunidades laborales… ¿Qué podemos hacer para poner fin a todas las formas de discriminación contra las mujeres y las niñas del mundo? Nuestra apuesta como entidad consiste en condecorar a mujeres que dedican sus vidas a cumplir este objetivo, hasta el punto de que podemos definirlas como símbolos de la lucha feminista.

Por eso aplaudimos el trabajo de Cristina Almeida, una gran revolucionaria y una de las personas que más batalló en España por despenalizar el aborto y sacar del armario la problemática de la violencia machista. Y hacemos lo mismo con Ana Bella, la emprendedora que ayuda cada año a miles de mujeres maltratadas a romper su silencio, denunciar a sus agresores y empezar una nueva vida como mujeres supervivientes. Y qué decir de Marina Rossell, la cantautora que se convirtió en un emblema para muchas mujeres en una época en la que la palabra feminismo casi ni se conocía. Otra persona en romper muchas barreras ha sido Patricia Campos, la primera mujer en la historia de las Fuerzas Armadas Españolas que  pilotó un caza, demostrando que el sexo del individuo nunca debe ser un obstáculo. Existen muchas otras mujeres dignas de ser premiadas. Esperemos que otros sigan nuestro ejemplo y ayuden a visibilizar una realidad que está ahí y que debe avergonzarnos como sociedad.

Los Premis Ones de este año van a tener un reconocimiento especial para otro colectivo: las personas con diversidad funcional. Otra realidad que nos duele y precisamente por eso no podemos esconder, ya que nos recuerda que socialmente no estamos tan avanzados como deberíamos. Queda muchísimo trabajo por hacer en este campo. Por ejemplo, pensad por un momento en la gran cantidad de barreras arquitectónicas que siguen formando parte del paisaje de nuestras ciudades… Los premios son para el Consell Municipal de la Discapacitat de Tarragona y el proyecto ‘Festa per a tothom’, por promover que la discapacidad se visualice con normalidad desde una perspectiva humana y ciudadana; y para el Nàstic Genuine, la iniciativa  del Gimnàstic de Tarragona consistente en poner en marcha un equipo formado por jóvenes con Síndrome de Down que ha sido un gran éxito.

No quiero acabar sin mencionar que también celebraremos un pequeño homenaje a José Antonio Labordeta, que irá a cargo de la cantautora María José Hernández, una artista a reivindicar. Reconozco que como admirador de Labordeta me hace una gran ilusión, ya que considero que en estos tiempos tan oscuros para la política es cuando más debemos recordar que existen figuras como la del aragonés, y debemos tenerlas siempre presentes. Y como es habitual, habrá muchas otras sorpresas (lo sé, esta frase sí que es puro marketing).

Hace un tiempo escribí que “considero que los Premis Ones son uno de los grandes logros de mi vida y los paseo con orgullo por el mundo. Comparo la primera edición del evento con la que celebramos hace unos meses y pese a haberlo vivido siempre en primera persona me sorprende todo lo que hemos aprendido. Afortunadamente, siempre fuimos despacio porque sabíamos que la meta estaba muy lejos”. Hoy, casi un año después, no puedo estar más de acuerdo con estas palabras ni puedo pensar en un final mejor para este artículo.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

La 23ª edición de los premios Ones Mediterrània se aproxima

Los premios Ones Mediterrània, con la lucha feminista y la #cooperación. #premisones

Toda la información de los premios Ones Mediterrània 2017 en https://goo.gl/edn2YD

 

 

Ernesto Cardenal agradece públicamente el apoyo de la RIET y de su presidente, Ángel Juárez

El presidente honorífico de la Red Internacional de Escritores por la Tierra (RIET), Ernesto Cardenal, ha agradecido públicamente mediante un vídeo el apoyo recibido por la RIET y muy especialmente por parte de su presidente, Ángel Juárez. En el vídeo, Cardenal agradece la implicación personal de Ángel Juárez y por extensión de la RIET a la hora de apoyarle sin vacilar.

Hay que recordar que la RIET (organismo compuesto por más de 800 miembros repartidos por el mundo) ha reclamado al gobierno de Nicaragua liderado por Daniel Ortega que interceda y retire la millonaria multa impuesta a Ernesto Cardenal (aquí tenéis la información del caso). Al día siguiente de hacerse pública esta sentencia, la Red puso en marcha una campaña de apoyo a Cardenal animando a sus miembros a explicitar su desacuerdo con la resolución. La campaña ha sido un gran éxito, y suma centenares de adhesiones en la Red (os animamos a seguirla a través de Facebook).

Carta abierta a António Guterres (nuevo secretario general de la ONU)

Secretary-General Ban Ki-moon meets with Mr. Antonio Guterres, Secretary-General-designate.

Estimado António,

Mi nombre es Ángel Juárez y me dirijo a ti en calidad de presidente de la Red Internacional de Escritores por la Tierra (RIET), una entidad con casi diez años de vida cuyo objetivo principal es incentivar la sensibilidad ambiental de todas las naciones mediante la creatividad de la palabra. Somos un grupo muy amplio (más de 800 miembros) y heterogéneo, ya que en nuestra red cohabitan múltiples nacionalidades, religiones y profesiones (escritores, músicos, filósofos, intelectuales, poetas, pintores, etc.). Yo soy el firmante de esta misiva, pero ten en cuenta que mis palabras tienen la bendición de todas las personas que conforman la RIET.

Existen varias razones que me han impulsado a escribirte. Una de ellas es que tengo un inmenso respeto por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), así que quería felicitarte por tu designación como nuevo secretario general y desearte suerte, pues me temo que la necesitarás (y en grandes cantidades, porque el mundo se está poniendo la mar de interesante, por decirlo de una manera suave). También quería explicarte que deposito toda mi confianza en ti, y deseo de todo corazón que tu etapa sea muy diferente a la de Ban Ki-moon, quien no estuvo a la altura de la importancia del cargo y cometió, a mi parecer, errores impropios de una persona que representa a una institución de este calibre. Por eso aplaudo que hayas empezado con una actitud crítica, que reconozcas que la ONU tiene mucho que cambiar y que pienses, como manifestaste el otro día, que “tenemos que centrarnos más en la gente y menos en la burocracia”. Me parece un buen punto de partida. Espero que estas palabras vayan más allá de una simple declaración de buenas intenciones.

Pero el motivo principal por el que he decidido escribirte esta carta, estimado António, es porque tengo una serie de exigencias para ti. Sí, EXIGENCIAS, con todas las letras y en mayúsculas, porque como ciudadano que quiere vivir en un mundo mejor considero que a la ONU hay que exigirle mucho más y que debe abandonar el papel de comparsa que ha adoptado en los últimos tiempos. Por lo tanto, exijo que concentres todos tus esfuerzos en devolver la credibilidad a una institución que debería ocupar un rol protagonista en el tablero de ajedrez que es el mundo. Porque António, tú sabes tan bien como yo que la ONU ya no es lo que era, y que ha perdido por el camino todo el brillo que ostentaba. No obstante, la situación aún se puede revertir. Espero, por el bien de todos, que lo consigas.

António, no queremos una ONU supeditada a las potencias mundiales y a las grandes multinacionales, ni una ONU sin ningún tipo de peso en la toma de decisiones internacionales, ni especialmente una ONU que no levanta la voz ante las auténticas monstruosidades que se suceden cada día en las calles de Bagdad o Alepo, en las aguas del Mediterráneo o en tantos otros lugares de la Tierra. No es sencillo y todos lo sabemos, pero no olvides nunca que en vuestra Declaración Universal de Derechos Humanos se proclama que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Espero que durante tu mandato esta violación de los derechos básicos pueda corregirse. Sólo así la gente volverá a tomarse la ONU en serio.

En este mundo de Trumps y Le Pens, en este contexto socio-político de máxima peligrosidad y de dificultoso entendimiento, debo exigir y exijo a la ONU que cumpla la función por la que fue creada. Exijo que ponga el dedo en la llaga y que no calle ante nadie, que defienda a los débiles y plante cara ante los poderosos, que ejerza de juez justo y no se amilane, que sea capaz de entender los problemas que preocupan a la población mundial y se esmere en resolverlos, que defienda hasta la extenuación la aplicación de los derechos humanos universales, que sea exigente y no le tiemble mano a la hora de aplicar sanciones, que luche sin pausa por un mundo más sostenible, justo y solidario, es decir, por un mundo mejor que el que tenemos.

Estarás pensando, António, que soy una persona muy exigente, y reconozco que es así. Pero no te confundas: sólo lo soy con aquellos que sé que tienen la capacidad de hacer las cosas mejor. Por eso acabo esta misiva deseándote de nuevo mucha suerte (repito: la necesitarás) y recordándote uno de los principios fundamentales sobre los que se creó la organización que ahora presides: “Seguir soñando, seguir creyendo y seguir trabajando duro”.

Atentamente,

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Propietarios de nada

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Según el diccionario de la Real Academia Española, que aunque criticada por todos no deja de ser la referencia para este tipo de dudas, el término propietario significa “que tiene derecho de propiedad sobre algo, y especialmente sobre bienes inmuebles”. He buscado la palabra porque me encontraba algo confundido. Incluso he llegado a pensar, para que veáis que me lo he tomado en serio, que habían cambiado su significado original o habían añadido alguna nueva acepción. Compruebo decepcionado que no ha sido así (por si acaso, aclaro que en realidad ya era consciente de ello, y que lo que estoy hilvanando aquí es un ejercicio de ironía).

Esta pequeña broma/aclaración viene al caso porque en las últimas semanas me he encontrado con algunas personas que ya sea a título propio o bien en nombre de las entidades que presiden se han autoproclamado “propietarios” de espacios  o conceptos que hasta el día de hoy estaban considerados como propiedad de todos los ciudadanos. Pese a mi cara de estupor (os aseguro que disimular no se me da nada bien), estos personajes expusieron sin ningún rubor por qué ellos eran los indicados para ser los amos del chiringuito. Sólo les faltó colgarse una medallita, de manera literal, mientras hablaban. No descarto verlo en un futuro, porque a estas alturas de mi vida ya (casi) nada me sorprende.

Pongo ejemplos para que se entienda mejor a qué me estoy refiriendo. Algunos en Tarragona se creen propietarios de todo el litoral, simplemente porque tienen una visión diferente a la que tenemos muchos otros sobre la conservación de este maravilloso paraje natural (me viene a la cabeza el caso de la Platja Llarga, aunque existen más). Otros se creen los dueños de los pulmones verdes de la ciudad (especialmente algunas zonas de la Anella Verda) y tienen un comportamiento tan infantil como egocéntrico al respecto (¡cuánto daño está haciendo el ego a nuestra sociedad!). Y los peores casos que me he encontrado son los de aquellos que consideran que grandes temas como la protección de la sanidad, la lucha contra la contaminación o el patrimonio cultural son exclusivamente de su incumbencia. No me lo invento: existen individuos que se sitúan por encima del bien y del mal y se autoproclaman adalides de la defensa de la sanidad o de la cultura, como si para luchar por algo que es de todos (y que por lo tanto nos compromete a todos) fuera necesaria la aparición de héroes.

No se trata de un fenómeno local, sino global. Pienso por ejemplo en algunos partidos que se consideran la verdadera izquierda o la derecha real. Que cada uno ponga las siglas que más le apetezca… Y existe un caso todavía más sangrante: los nacionalismos. Estoy harto de que existan personas que hablen en nombre de todos los catalanes o de todos los españoles, como si formásemos una unidad indisoluble sin conciencia propia. Desgraciadamente es una cuestión que estamos sufriendo de manera especial en Catalunya por nuestra particular situación política. Cuando alguien proclama “es que los catalanes” o “es que los españoles” me hierve la sangre. ¿Acaso han preguntado mi opinión al respecto?

Estos casos (podrían ser otros) ponen de relieve la falta de unidad en la sociedad y la necesidad de encontrar un espacio común en el que todos estemos cómodos y podamos entendernos. Nosotros lo hemos intentado presentando mociones que están abiertas para que todos los interesados puedan dar su apoyo. Esto se trata de sumar y no de restar; o dejamos de apuntarnos los unos a los otros y de llamarnos enemigos, o jamás conseguiremos nuestros objetivos. Por eso me enerva que existan personas que se crean las dueñas de algunos lugares o, lo que es incluso peor, que piensen que son propietarias de algunas ideas. Porque ni los lugares ni las ideas tienen amos. Aquellos que consideran que son propietarios de la verdad, en realidad no son propietarios de nada.

Estamos criticando a los políticos porque no son capaces de remar en la misma dirección, mientras la sociedad está pecando de lo mismo. Al final tendrán razón aquellos que afirman con sarcasmo que tenemos los políticos que nos merecemos, y esa es una proclamación que detesto porque va en contra de lo que siempre he propugnado. La sociedad no puede perder más tiempo en disputas estúpidas, en ver quién la tiene más larga o quién fue el primero que levantó la voz. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo, ¿cómo vamos a dar lecciones a nuestros representantes políticos? Pasa el tiempo, los problemas siguen ahí y, mientras tanto, la casa sin barrer. Por eso pido a aquellos que se consideran propietarios de lugares, de ideas o de ilusiones que dejen sus delirios de grandeza a un lado y se dediquen a tender puentes con el resto. Al final, la solución a los problemas es muy sencilla: dejarse de tonterías y aplicar a todo el sentido común. Si todos lo hiciésemos así, qué diferentes serían las cosas…

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

¿Sin nada que decir?

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Una de las banderas que puedo enarbolar con más orgullo es que tras toda una vida luchando nadie ha sido capaz de silenciarme. Quien me conoce sabe perfectamente que a mí no me calla nadie, que no tengo ni dios ni amo, que si quiero decir algo lo digo, y no me importa que mi interlocutor sea el Rey de España, el Papa de Roma o el vecino del quinto. No dejar de decir jamás lo que pienso es para mí una conquista, un logro de mi revolución personal, pues en este mundo que a veces peca de ser demasiado políticamente correcto conozco a pocos que lo hagan. Lo diré sin rodeos: estoy orgulloso de mi labia y presumo de no morderme la lengua. Por todo ello se me hace difícil, extremadamente difícil, haceros la siguiente confesión: en los últimos tiempos me he quedado sin palabras. Sin nada que decir. Mudo. Vacío.

No sé muy bien cuándo empezaron los síntomas, si este mutismo ha ido in crescendo o ha aterrizado de golpe, si es una cuestión de agotamiento físico o mental, si se curará solo o tendré que ir al médico o al psicólogo, si tiene efectos secundarios o es contagioso (no os acerquéis demasiado a mí, por si acaso). Lo único que sé con absoluta certeza es que es la primera vez que me ocurre. Maldita sea. Yo, acostumbrado a otear desde mi atalaya todo aquello que no funciona para denunciarlo, me he quedado sin palabras. Yo, que siempre he sacado pecho por mi locuacidad, no tengo nada que decir. Me siento como un globo que acaba de explotar. Busco las palabras pero no las encuentro. Es más: se me están quitando las ganas de buscarlas. Me siento… mudo. Y vacío por dentro.

No sé muy bien por qué me está pasando todo esto… pero tengo algunas sospechas. Quizás no me ha sentado bien que después de tanto tiempo sin gobierno hayamos vuelto al principio y no pueda quitarme de encima la sensación de haber perdido un año para acabar peor de lo que estábamos. También es probable que me haya afectado que el PSOE, un partido al que no hace tantos años respetaba, haya decidido inmolarse a la vista de todos y sin ninguna vergüenza. Y quizás me ha pasado factura la desilusión provocada porque aquellos que se creen propietarios de la izquierda no han asumido (o, mejor dicho, no han querido asumir) que los tiempos han cambiado y que existen otras izquierdas en España…

Y todas estas conjeturas me conducen a otras. Quizás mi mutismo se deba a que soy incapaz de comprender cómo más de sesenta millones de personas han escogido a un presidente xenófobo, misógino y vomitivo. Quizás el origen de mi trauma tiene nombres concretos: Marine Le Pen, Nigel Farage, Amanecer Dorado. O quizás me he quedado sin palabras porque estoy viendo en directo cómo los ciudadanos estamos descuartizando nuestra democracia de manera sádica, y cómo aquellos valores por los que tanto hemos luchado (libertad, igualdad, pluralismo, solidaridad…) están siendo enterrados por las personas que más deberían defenderlos. Puede ser que mi mudez se deba a que existen ideas en mi cabeza que, por primera vez, prefiero no expresar.

Releo lo escrito hasta ahora y compruebo con satisfacción que las palabras han vuelto a brotar de dentro de mí. Necesitaba expulsar estas sucias ideas, y escribir este artículo bien podría ser un acto de purificación. En realidad, estaba convencido de que mi mutismo iba a ser transitorio y las palabras iban a volver más pronto que tarde. A mí no me calla nadie, y mi vida no tendría sentido si no denunciase todo lo que me desagrada. Pero entended que en estos tiempos tan jodidos que estamos viviendo uno se venga abajo de tanto en tanto. Cumplamos con nuestra expiación, carguemos nuestra mochila, por pesada que sea, y sigamos caminando. No desfallezcamos por duro que sea. El idealismo y la utopía son ahora más necesarios que nunca.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

La crisis infinita

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De tanto en tanto me gusta hacer un ejercicio de introspección y reflexionar sobre cómo era el mundo antes de la crisis. Y lo cierto es que no lo recuerdo. La crisis es como ese vecino maleducado que cada noche pone la música demasiado alta: es desagradable y te gustaría que se marchase a otro lado, pero estás tan acostumbrado y su molestia se ha vuelto tan rutinaria que ya ni le haces caso. Yo ya no me acuerdo de cómo era mi vida cuando no había crisis; quizás todos éramos más altos y guapos, los coches volaban y no existían políticos corruptos. A veces tengo la sensación de que la crisis me acompaña desde el día en que nací, como un miembro más de mi familia.

Escribí mi primer artículo sobre la recesión económica en 2008. Desde entonces he elaborado más de setenta escritos relacionados de manera directa o indirecta con las crisis. Las crisis, en plural, porque mi tesis es que a raíz de la económica han emergido otras crisis, y éstas también han tenido consecuencias catastróficas para todos nosotros. Me refiero a la crisis de valores, la crisis ética, la crisis ecológica, la crisis política… No olvidemos que más de 3.500 migrantes y refugiados han muerto este año en el Mediterráneo en su intento por llegar a Europa, y aquí parece que no haya  pasado nada. Todo esto ha quedado camuflado por los números, la macroeconomía y la microeconomía, el IBEX 35, la prima de riesgo, etc. Los gobiernos de derechas y los poderes fácticos han sido muy listos, confundiendo a la población con conceptos complejos que la mayoría desconoce para despistarnos y hacernos creer que los culpables de esta pesadilla eran otros. Pero a mí no me han engañado.

Todas estas ideas y muchas otras quedaron recogidas en mi último libro, ‘Las crisis de la crisis’, que presenté (con mucho éxito, por cierto) hace tan solo unos días. Pensaba yo, ingenuo de mí, que cuando publicase esta recopilación de artículos mi trabajo como analista de esta temática se acabaría. Y ahora que tengo un ejemplar de ‘Las crisis de la crisis’ entre mis manos pienso que ocho años, miles de palabras escritas y un libro publicado después, aún tengo mucho que escribir sobre el tema. Pensad en todo lo que ha pasado durante los últimos ocho años, en cómo han cambiado nuestras vidas y en las ideas que se han hecho fuertes a nivel social. Pensad en todas las cosas que teníamos y han desaparecido, y en cómo ahora nos parece imposible que vuelvan. Ahí radica la gran mentira de esta inmensa estafa llamada crisis. Aquello que hemos dejado atrás, como los mejores años de nuestra vida, ya nunca volverá…

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Es duro, pero lo mejor que podemos hacer es aceptar la idea de que la crisis es infinita. No caigamos en el error de autoengañarnos o de pensar que las cosas van a cambiar por arte de magia. No. Aceptémoslo. La crisis es infinita y nunca morirá, porque es necesaria para que el capitalismo funcione. Quizás algún día volverá a correr el dinero como en los viejos tiempos, quizás baje el paro y todo parezca volver a la normalidad, pero será una falacia, porque este sistema nunca será justo para todos. Hagámonos a la idea de que, aunque parezca mentira, la crisis (y, por ende, las crisis) van a estar siempre con nosotros, tengamos más o menos billetes en nuestra cartera.

Dije en la presentación de mi libro que “deseo con toda mi alma que la próxima vez que apoye mi pluma sobre el papel sea para escribir sobre otros temas que me interesan”.  Pero soy realista y sé que eso no será posible: cada mañana durante el resto de mi vida me despertaré y la crisis estará ahí, conmigo, durmiendo a mi lado. Y, ¿sabéis qué? También os acompañará a vosotros, para siempre. Hay que asumirlo porque el primer paso para solucionar un problema es reconocerlo. Y, a partir de aquí, veremos qué podemos hacer para convertir el mundo en un lugar mejor.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra