La crisis infinita

crisisinfin2

De tanto en tanto me gusta hacer un ejercicio de introspección y reflexionar sobre cómo era el mundo antes de la crisis. Y lo cierto es que no lo recuerdo. La crisis es como ese vecino maleducado que cada noche pone la música demasiado alta: es desagradable y te gustaría que se marchase a otro lado, pero estás tan acostumbrado y su molestia se ha vuelto tan rutinaria que ya ni le haces caso. Yo ya no me acuerdo de cómo era mi vida cuando no había crisis; quizás todos éramos más altos y guapos, los coches volaban y no existían políticos corruptos. A veces tengo la sensación de que la crisis me acompaña desde el día en que nací, como un miembro más de mi familia.

Escribí mi primer artículo sobre la recesión económica en 2008. Desde entonces he elaborado más de setenta escritos relacionados de manera directa o indirecta con las crisis. Las crisis, en plural, porque mi tesis es que a raíz de la económica han emergido otras crisis, y éstas también han tenido consecuencias catastróficas para todos nosotros. Me refiero a la crisis de valores, la crisis ética, la crisis ecológica, la crisis política… No olvidemos que más de 3.500 migrantes y refugiados han muerto este año en el Mediterráneo en su intento por llegar a Europa, y aquí parece que no haya  pasado nada. Todo esto ha quedado camuflado por los números, la macroeconomía y la microeconomía, el IBEX 35, la prima de riesgo, etc. Los gobiernos de derechas y los poderes fácticos han sido muy listos, confundiendo a la población con conceptos complejos que la mayoría desconoce para despistarnos y hacernos creer que los culpables de esta pesadilla eran otros. Pero a mí no me han engañado.

Todas estas ideas y muchas otras quedaron recogidas en mi último libro, ‘Las crisis de la crisis’, que presenté (con mucho éxito, por cierto) hace tan solo unos días. Pensaba yo, ingenuo de mí, que cuando publicase esta recopilación de artículos mi trabajo como analista de esta temática se acabaría. Y ahora que tengo un ejemplar de ‘Las crisis de la crisis’ entre mis manos pienso que ocho años, miles de palabras escritas y un libro publicado después, aún tengo mucho que escribir sobre el tema. Pensad en todo lo que ha pasado durante los últimos ocho años, en cómo han cambiado nuestras vidas y en las ideas que se han hecho fuertes a nivel social. Pensad en todas las cosas que teníamos y han desaparecido, y en cómo ahora nos parece imposible que vuelvan. Ahí radica la gran mentira de esta inmensa estafa llamada crisis. Aquello que hemos dejado atrás, como los mejores años de nuestra vida, ya nunca volverá…

crisisinfin

Es duro, pero lo mejor que podemos hacer es aceptar la idea de que la crisis es infinita. No caigamos en el error de autoengañarnos o de pensar que las cosas van a cambiar por arte de magia. No. Aceptémoslo. La crisis es infinita y nunca morirá, porque es necesaria para que el capitalismo funcione. Quizás algún día volverá a correr el dinero como en los viejos tiempos, quizás baje el paro y todo parezca volver a la normalidad, pero será una falacia, porque este sistema nunca será justo para todos. Hagámonos a la idea de que, aunque parezca mentira, la crisis (y, por ende, las crisis) van a estar siempre con nosotros, tengamos más o menos billetes en nuestra cartera.

Dije en la presentación de mi libro que “deseo con toda mi alma que la próxima vez que apoye mi pluma sobre el papel sea para escribir sobre otros temas que me interesan”.  Pero soy realista y sé que eso no será posible: cada mañana durante el resto de mi vida me despertaré y la crisis estará ahí, conmigo, durmiendo a mi lado. Y, ¿sabéis qué? También os acompañará a vosotros, para siempre. Hay que asumirlo porque el primer paso para solucionar un problema es reconocerlo. Y, a partir de aquí, veremos qué podemos hacer para convertir el mundo en un lugar mejor.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Anuncios

Ángel Juárez: «Empecé a ser militante por amor»

Ángel Juárez anima a la gente a vivir su propia revolución con su último trabajo: ‘Las crisis de la crisis’. «Cuando se legaliza la injusticia, la resistencia es un deber y denunciarla una obligación». Éste es uno de los 25 poemas que se pueden encontrar en la obra Las crisis de la crisis, de Ángel Juárez. Podéis ver el artículo completo aquí.

 

entrevistames

Participación ciudadana: la gran quimera

partiweb

Hoy, tras cuatro felices décadas de democracia a mis espaldas, me ha venido una pregunta a la cabeza que, supuestamente, debería ser fácil de responder: ¿qué es la participación ciudadana? Según la Wikipedia son “los mecanismos que pretenden impulsar el desarrollo local y la democracia participativa a través de la integración de la comunidad al quehacer político”. No está mal, pero prefiero esta otra definición que he encontrado navegando por la Red: “es la integración de la población en los procesos de toma de decisiones, la participación  colectiva o individual en política, entendida ésta como algo de lo que todos formamos parte”. Es una buena descripción, pero yo, que tengo el pragmatismo por castigo, me inclino por simplificarla. Para mí el concepto participación ciudadana significa que todos tenemos derecho a intervenir en todo aquello que nos incumbe. Y a quien no le guste, que se aguante.

Nunca antes como ahora se había hablado tanto de la participación ciudadana, y nunca antes como ahora se había practicado tan poco. Qué terrible paradoja… Cuando empecé a colaborar en movimientos sociales, en los años setenta, la relación entre ciudadano y político era de tú a tú. Antes de que el mandamás de turno decidiese algo, llamaba a los líderes sociales y vecinales para consultarlo o, como mínimo, para informar. Simplemente por respeto. Y era así porque la mayoría de políticos provenían de los movimientos ciudadanos y entendían que la política debe empezar y acabar en la calle. Pero esta forma de entender (y practicar) la política fue cambiando, al ritmo que ésta empezó a profesionalizarse. La participación ciudadana entró en crisis. Fueron unos años tristes y oscuros, hasta que el 15-M consiguió revivir la llama.

En ese momento la participación ciudadana entró en política con fuerza, pero más bien como un adorno. Y no es una cuestión de izquierdas o derechas, de buenos o malos políticos, de estar más o menos de acuerdo con la célebre frase “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Se trata de que nuestros gobernantes nunca han creído en ella, y por eso se ha convertido en uno de los déficits que arrastramos desde que por fin enterramos al dictador.

Este verano he sufrido en mis carnes varios ejemplos que respaldan mi tesis. Presentamos una moción sobre la playa Llarga que iba a favorecer a todos los tarraconenses y que era respetuosa con el medio ambiente. El consistorio aprobó el texto por amplia mayoría y, sin embargo, aún estamos esperando a que alguien mueva un dedo. Días después, hicimos un requerimiento oficial para que los inmuebles vacíos que no tienen ningún uso se cedan a entidades de la ciudad. ¿Tuvo repercusión? Sí, aparecimos en todos los medios. ¿Las administraciones han reaccionado? No. Quizás los pillamos tumbados en la orilla del mar…

Continúo. Una de las asociaciones que forman parte de la Coordinadora d’Entitats de Tarragona se ha movilizado para que retiren una valla publicitaria de grandes dimensiones que según ellos distorsiona la imagen del barrio. ¿Se les ha hecho caso? No: el Ayuntamiento ha preferido dar la razón a la empresa sin prácticamente escucharlos. Y otra, en este caso además muy reprochable éticamente. Después de mucho tiempo reivindicando que pongan el nombre de líderes vecinales fallecidos a las calles de los barrios, nos hacen caso, se inaugura una plaza con el nombre de un compañero de batallas desaparecido (Pere Anglada) y… ¡no invitan a la inauguración a casi ningún líder vecinal! Eso sí, el acto estaba lleno de representantes políticos. Una escena que no desentonaría en una película de los Hermanos Marx…

El caso más grave tuvo lugar hace apenas unos días, cuando descubrimos (gracias a un colaborador) que el Ayuntamiento de Tarragona había concedido una licencia a un club de golf para ampliar sus instalaciones, lo que ha supuesto que se hayan deforestado tres hectáreas de bosque mediterráneo. Nadie sabía nada. No nos habían informado, ni a nosotros (una entidad ecologista con más de 25 años de historia) ni a nadie más. Ni una triste llamada, ni un mísero correo electrónico. Si aceptáis mi visión de la participación ciudadana (todos tenemos derecho a intervenir en todo aquello que nos incumbe), comprenderéis por qué este episodio, más allá de sus repercusiones medioambientales, me ha cabreado tanto.

Lo digo así de claro porque así lo pienso: en España la participación ciudadana es un espejismo, una apariencia. En todo caso tenemos represión ciudadana. Y sí, somos una democracia joven (aunque alguna cana ya asoma la cabeza) y todos tenemos que aprender: los políticos, a confiar en el pueblo; la sociedad civil, a tener la voluntad de ser realmente soberana. Llevo toda mi vida reivindicando que la participación ciudadana debe ser uno de los bastiones que rijan nuestra democracia, por lo que tengo la sensación de estar atrapado en un bucle del que jamás conseguiré salir. Ante eso, tengo dos opciones: aceptar que nunca cambiaremos o seguir siendo honesto y por lo tanto combativo e incómodo para los poderosos. Los que me conocen ya saben cuál es mi elección. Ya habrá tiempo para descansar, aunque sea en otra vida.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

La muerte es mentira

guillermoweb

“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va” cantaban en aquella hermosa pero triste copla, y qué razón tenían. Hacerse mayor es empezar a ir a más entierros que bodas y, en fin, eso es algo que asumimos como una parte inextricable de la condición humana, así que la postura más razonable es aceptarlo y seguir caminando. Surge esta reflexión por mi necesidad de purificación; no en vano han sido varios los seres queridos que en los últimos meses han fallecido, provocándome una inmensa pena. Y sí, es ley de vida, pero duele igual.

Ya he comentado que a veces tengo la sensación de haber vivido dos o tres vidas en una. Y precisamente una de las razones para sentirme así es que estoy rodeado por centenares y centenares de personas, siendo mi vínculo afectivo más grande (y estando más repartido por el mundo) que el de la mayoría. Por lo tanto, el hecho de que tantos seres queridos me abandonen no debería extrañarme. Al fin y al cabo, si eliminamos nuestras emociones y nos ceñimos a un punto de vista estrictamente racional, es una cuestión estadística. Pero claro, a ver quién es el guapo que se pone a pensar en números y en posibilidades matemáticas cuando le comunican que un amigo se ha ido para no volver nunca más…

El pasado 6 de agosto falleció Guillermo Anderson, cantautor y uno de los artistas más importantes de Honduras y Latinoamérica. Y un buen amigo mío. Guillermo fue miembro fundador de la Red Internacional de Escritores por la Tierra (RIET), y participó en cinco de los siete Encuentros de Escritores por la Tierra celebrados hasta el día de hoy. La RIET fue nuestro punto de unión, y poco a poco, con el paso de los años, en nuestros espaciados pero intensos momentos compartidos, se fue creando una sólida amistad pese a estar separados por el ‘Charco’. La última vez que vi a Guillermo fue en junio de 2015, cuando vino a Tarragona a recoger un Premio Ones, concedido por Mare Terra Fundació Mediterrània, la ONG que presido. Le otorgamos el galardón, según explicamos en la gala, “por impulsar a través del arte y de la música campañas en defensa de la educación, el medio ambiente y la salud universal, por recuperar músicas tradicionales hondureñas olvidadas que corrían el riesgo de desaparecer, por ser la voz de un país necesitado de referentes, y por haberse convertido en el embajador cultural de Honduras en el mundo”.

guillermoweb2

Aquel fin de semana compartimos muchas experiencias y emociones. Guillermo nos puso a todos los pelos de punta con su actuación durante la ceremonia. Aquellos que no lo conocían se quedaron con la boca abierta pensando “¿pero de dónde ha salido este hombre?”. También tuvimos tiempo para charlar de nuestras cosas. Yo le expliqué que en ese momento estaba recibiendo un tratamiento para combatir el cáncer que me había atacado. Y fijaos qué cosas tiene la vida, esta vida que puede ser tan perra como maravillosa, que un mes y medio después de aquel encuentro Guillermo me llamó para confesarme que a él también le habían detectado la misma enfermedad. Durante estos últimos meses hablamos con cierta frecuencia, nos dimos ánimos y nos apoyamos mutuamente, ya que sentíamos que librábamos una lucha conjunta, que el enemigo era el mismo y que por lo tanto debíamos estar juntos para derrotarlo. Durante este tiempo nuestra amistad se hizo todavía más fuerte. Desgraciadamente, él no ha tenido suerte y nos ha dicho adiós pronto… demasiado pronto.

Quise escribir estas líneas cuando me enteré de su muerte, pero decidí dejar pasar un tiempo y hacerlo con la cabeza fría. Y es que estas cosas hay que hacerlas cuando uno se siente preparado para ello y lo desea, y no cuando se supone que toca. Ahora que ya estoy listo, quiero que todo el mundo sepa que Guillermo Anderson era un artista incomparable, pero también un ecologista  concienciado, una persona humilde, un amigo fiel y un ejemplo para todos. Y sí, la vida tiene estas cosas, que tan pronto emerge como desaparece; lo asumo, y sin embargo se me hace extraño pensar cuando escucho sus canciones que él ya no está con nosotros. Por eso quería dedicarle este panegírico, por eso quería compartir mis lágrimas con vosotros, por eso quiero creer con más fe que nunca en las palabras de otro amigo desaparecido, Eduardo Galeano, quien escribió que todos nacemos y morimos para volver a nacer, y así será para siempre, porque la muerte es mentira.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Riu Clar, contigo empezó todo

angel_riuclar

Todas las historias, incluso las más extraordinarias, tienen un denominador común: un inicio modesto. La mayoría de personas que han triunfado en la vida lo han hecho empezando desde abajo, y poco a poco y a base de trabajo han ido escalando hasta alcanzar la cima. Ya lo dicen: Roma no se construyó en un día. Mi biografía encaja en esta ecuación. Creo haber traspasado metas de las que sentirme orgulloso –modestia aparte- como organizar congresos y jornadas en países de todo el mundo, celebrar unos premios de prestigio internacional durante más de dos décadas en mi ciudad, publicar varios libros de poesía, ser el presidente de una red global que aúna a más de 800 escritores, artistas e intelectuales… Pues bien, todos estos logros han sido posibles gracias a lo que aprendí en mis inicios en el barrio tarraconense de Riu Clar. Esa experiencia ha tenido para mí más valor que cualquier máster de la universidad más prestigiosa; sin ella, nada de lo que vino después hubiese sido posible.

Fui presidente de la Asociación de Vecinos de Riu Clar durante veinte años (1980-2000). Me gusta recordar aquellos tiempos, esbozar una sonrisa y pensar en cuánto hemos cambiado. Qué puedo decir de Riu Clar… Es mi casa, mi barrio, el sitio en el que maduré y que ha marcado mi destino para siempre. Cuántos recuerdos positivos… Las manifestaciones, la implicación social, las reivindicaciones vecinales, la sensación de que si estábamos juntos podíamos conseguir todo lo que nos propusiéramos. Qué dinamismo, cuántas cosas hacíamos y ni nos dábamos cuenta. Aprendíamos sobre la marcha porque teníamos que valernos por nosotros mismos (y eso nos hacía más fuertes). Qué manera de canalizar tanta energía positiva por el bien común. Y cómo ha cambiado la sociedad durante todo este tiempo, ¿verdad? En los ochenta no perdíamos la energía buscando Pokémons o librando batallas infructuosas en las redes sociales. Teníamos cosas más importantes que hacer.

Cuando yo era líder vecinal de Riu Clar conseguimos que un barrio que prácticamente no existía (puedo pasear con mis nietos por allí y decirles “antes todo esto era campo”) se convirtiera en un referente para muchos movimientos sociales. Cuando llegué allí no había ni aceras, ni luz, ni árboles, y las malas hierbas eran más altas que yo. Unos años después conseguimos tener un vecindario estructurado, y nuestras exigencias, aunque se hacían de rogar, se fueron haciendo realidad: un alumbrado digno, se solucionaron los graves problemas de humedades, obtuvimos ayudas para mejorar las difíciles situaciones sociales que existían, se construyó un polideportivo, las fiestas populares que montábamos eran famosas por su altísimo nivel… Incluso creamos dos eventos que eran la envidia de todos y que colapsaban el barrio debido al gran número de visitantes que atraían: la Orgía de fuego y agua y el Concurso de portales.

angel_riuclar2

Todas estas victorias, como tantas otras, fueron inolvidables y las celebramos hasta el amanecer. Pero el gran éxito de aquel tiempo y de aquel lugar, la verdadera esencia de aquellas dos décadas fue otra: la creación de un sentimiento de orgullo de pertenecer a Riu Clar, transformando lo que antes era un estigma en una satisfacción. Durante mucho tiempo los vecinos del barrio, al ser cuestionados por su procedencia, decían que eran de Tarragona, sin especificar, porque les daba vergüenza admitir su origen. Por eso, escuchar unos años después a todas estas personas proclamar con satisfacción y orgullo  que “Yo soy de Riu Clar” es de todos esos recuerdos el que más felicidad me provoca. Ese “Yo soy de Riu Clar” bien podría ser uno de los eslóganes favoritos de mi vida.

Qué le habrá pasado al Juárez para que le dé este repentino ataque de nostalgia, estaréis pensando desde hace un buen rato… No es que me haya dado por revisar los álbumes de fotos antiguas, sino que la razón es mucho más especial. El otro día me llamó la actual presidenta de la Asociación de Vecinos de Riu Clar para pedirme si quería ser el pregonero de las fiestas populares de este año. Y, no os voy a engañar, me emocioné: no todos los días coges el teléfono y al otro lado de la línea te ofrecen pronunciar el pregón del lugar que ha marcado tu vida. Así que el 28 de julio allí estaré, abriendo mi corazón a todos aquellos que quieran escucharme, repasando los momentos felices (y los amargos) que allí viví y, sobre todo, dejando bien claro que pese a los triunfos que he conseguido a posteriori, mis años en Riu Clar siempre serán especiales. Y es que yo… soy de Riu Clar. Y estaré orgulloso de ello hasta el fin de mis días.

Ángel Juárez Almendros 

Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

¡Larga vida a los Premis Ones!

articleonesweb

Dicen que hay que mirar siempre al futuro, pero sin olvidar nunca el pasado. Sabias palabras, aunque lo remoto puede llegar a asustar. Me sucede, por ejemplo, cuando pienso en que ya llevamos veintidós ediciones de los Premis Ones Mediterrània. Echo la vista atrás, y tiemblo. Miles de nombres, de caras, de llamadas. Días interminables de nervios, tensión, trabajo exhausto. Y todo ese cúmulo de esfuerzo se ha condensado en tan solo 22 noches repartidas en 22 años. ¿Ha valido la pena? Rotundamente sí.

Siempre miro al futuro, pero no olvido el pasado. Por eso considero que los Premis Ones son uno de los grandes logros de mi vida y los paseo con orgullo por el mundo. Comparo la primera edición del evento con la que celebramos hace unos meses y pese a haberlo vivido siempre en primera persona me sorprende todo lo que hemos aprendido. Afortunadamente, siempre fuimos despacio porque sabíamos que la meta estaba muy lejos.

¿Y ahora qué? La excelente salud de los Premis Ones Mediterrània nos obliga a seguir con la filosofía que tan buenos resultados nos ha dado. Sin embargo, como escribió Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. No caeremos en la trampa del inmovilismo ni del conformismo; seguiremos avanzando con paso firme para no caer.

En los próximos años, los Premis Ones tendrán que afrontar dos grandes retos. En primer lugar, dar un salto considerable a nivel de difusión. Los galardones son conocidos, respetados y gozan de un gran prestigio, pero tengo la sensación de que podemos ir un paso más allá y ganar reconocimiento a nivel catalán, español y europeo. Si ciudades de un tamaño similar al de Tarragona como Vitoria o San Sebastián presumen de celebrar unos premios reconocidos internacionalmente, ¿por qué no podemos conseguirlo nosotros?

El segundo desafío es complementar la integración entre los galardones y la ciudad. Ya hace tres años que los Premis Ones, aunque organizados por Mare Terra Fundació Mediterrània, pertenecen a la urbe gracias a la estrecha colaboración del consistorio. Esta unión debe fortalecerse, de manera que los Premis Ones estén por encima de políticos y personas, hasta el punto de asegurar su celebración sin importar quién gobierne o qué está de moda.

Pienso en lo que está por venir e imagino un futuro no muy lejano en el que los Premis Ones sean un activo más de la ciudad, como los elementos del Seguici Popular, las colles castelleres o el Nàstic. Porque todos trabajamos por una Tarragona más sostenible, más implicada con los derechos humanos, concienciada con el medio ambiente, que apueste por la cultura y que destaque por su solidaridad. Y todos ellos son valores que bien podrían servir para definir los Premis Ones. Si realmente queremos que Tarragona sea una ‘Smart City’, estos galardones nos han dado una buena muestra in situ de cómo podemos conseguirlo. Ojalá muy pronto nuestra ciudad pueda presumir de todo aquello que reconocemos en los Premis Ones.

Ya acabo, pero antes quiero recordar lo que escribió otro maravilloso escritor, en este caso el francés Victor Hugo, quien dijo que “el futuro tiene muchos nombres. Para los débiles, es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes, la oportunidad”. Como las oportunidades no vuelven, lo más sensato será seguir siendo valientes y no desaprovecharlas. ¡Larga vida a los Premis Ones!

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

El origen de los Premis Ones

ones1995_2

“¿Unos premios de medio ambiente de carácter internacional en Tarragona? Pero Ángel… ¿es que te has vuelto loco?”. Esta apática sentencia –o similares- fueron una constante que tuve que soportar estoicamente durante mucho tiempo, concretamente mientras organizaba la primera edición de los Premis Ones Mediterrània, que tuvo lugar en 1995. Eran muchos los tarraconenses que pensaban que una ciudad modesta no podía albergar unos galardones de este calibre. La sensación dominante era que este proyecto parecía una quimera, una imprudencia cuyo destino más factible era el fracaso. Y sin embargo, pese a los malos augurios, yo estaba convencido de que triunfaríamos. El tiempo me ha dado la razón…

El germen de los Premis Ones es la Trobada de Medi Ambient de Tarragona, un encuentro ecologista para toda Catalunya que se convirtió en un referente. El valor añadido de la Trobada de Medi Ambient consistió en que juntamos en un mismo espacio a todos los actores que interpretaban algún papel en el mundo del medio ambiente, desde entidades ecologistas al Seprona, pasando por grupos de ecología alternativa, empresas de reciclaje o artesanos. En aquel momento, yo era el responsable de medio ambiente a nivel nacional de las federaciones de asociaciones de vecinos de Catalunya y de la FAVT. El éxito clamoroso del evento asustó a algunos compañeros de la federación, mientras que a mí me motivó a ir un paso más allá. Por eso, decidimos crear junto a mi equipo de Riuclar nuestra propia organización ecologista: Mediterrània-CIE.

Cuando nuestra asociación empezaba a dar sus primeros pasos, la idea de convocar unos galardones ya sobrevolaba con frecuencia mi cabeza. Hasta que llegó el Día D de los Premis Ones, gracias a un encuentro con la que en aquel momento era mi imprescindible mano derecha, Esther Pàmies, y uno de mis más estrechos y fieles colaboradores, el periodista Tomàs Carot. Los tres convenimos que la idea de poner en marcha unos premios que reconociesen a personas o colectivos que trabajaban a favor del medio ambiente era muy atractiva, ya que sacaríamos a la luz iniciativas que debido a la falta de promoción estaban condenadas al anonimato. Unos meses después demostramos que no hay proyectos imposibles ni muros insalvables, porque cuando hay voluntad, tenacidad, fe y trabajo en equipo, los sueños pueden hacerse realidad.

Teníamos un año por delante para organizarlo todo. Las primeras dificultades aparecieron pronto, y las resolvimos lo mejor que pudimos. Había tanto trabajo y éramos tan inexpertos… Afortunadamente, fueron  muchas las personas que nos echaron una mano. Mediterrània contaba con más de 300 voluntarios, y muchos de ellos fueron básicos para solucionar los problemas que se presentaron. Y no puedo dejar de destacar el apoyo incondicional que nos prestó la recién creada Conselleria de Medi Ambient de la Generalitat y el propio conseller, Albert Vilalta, quien a día de hoy es el único socio de honor con el que cuenta Mediterrània. Sin todos ellos, esta hazaña hubiera sido mucho más complicada (o quizás no hubiera sido).

ones1995

Y así, pasito a pasito, caminando lentos pero seguros y superando los obstáculos, llegamos al 2 de junio de 1995, día en que se celebró la primera edición de los Premis Ones Mediterrània. Ahora que el tiempo me permite echar la vista atrás sin nada que demostrar, confesaré que la organización fue compleja, porque jamás habíamos hecho nada parecido y éramos pioneros en Tarragona. El evento, en todo caso, fue un gran éxito, aunque comprendimos que en el futuro tendríamos que mejorar muchas cosas (como así hicimos). La primera edición de los Premis Ones fue un máster en 24 horas que nos ayudó inmensamente en los años posteriores.

Veintidós años después, bajo mi prisma privilegiado, considero que los Premis Ones conservan el espíritu de esa primera edición, si bien a la vez son totalmente diferentes. Han crecido, han ganado fama y prestigio y se han acabado convirtiendo en uno de los grandes eventos anuales de Tarragona, y eso a mí y a mi equipo nos enorgullece de manera cuantiosa.

De todos modos, siendo sincero (y no lo digo como una fanfarronería), cuando pusimos la rueda a girar yo ya intuía este crecimiento. Era consciente de que los inicios serían duros pero que al cabo de unos años obtendríamos la recompensa. No hay ninguna receta mágica, sino cuatro ingredientes que siempre me han sido útiles en todos los aspectos de mi vida: voluntad, tenacidad, fe y trabajo en equipo. Gracias a ellos, así como a la ayuda de muchísimas personas, hemos llegado hasta aquí. Gracias a todos por formar parte de esta increíble aventura.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Luz en la oscuridad

luzweb

El abajo firmante, que es optimista por naturaleza, se levanta cada mañana con las baterías cargadas al máximo y con infinitas ganas de comerse no sólo el desayuno sino el mundo entero. No obstante, durante los últimos días, las fuerzas apenas me han durado unos minutos. Cuando todavía no he acabado mi rebanada de pan con tomate y jamón me invade la necesidad de volver al lecho y desconectar de la triste realidad. Qué sabia debía ser la persona que acuñó la máxima “las desgracias nunca vienen solas”, porque ciertamente, con el paso de los años, me he dado cuenta de que es así. Esta semana más que nunca hemos vivido en nuestras carnes que, como dicen en un capítulo de ‘El Quijote’, “un mal llama a otro”.

La serie de catastróficas desdichas, quién sabe si guiadas o no por el destino, tuvo su inicio con el enésimo capítulo de la crisis de los refugiados. La Unión Europea sigue decepcionando a aquellos que realmente creímos que el Viejo Continente podía ser un referente internacional en la defensa de los derechos humanos. Su última ocurrencia ridícula ha consistido en expulsar a todas las organizaciones no gubernamentales que trabajaban en los campos de tránsito de refugiados en la isla de Lesbos, de la misma manera que unos días antes pusieron de patitas en la calle a los periodistas que informaban de lo que estaba pasando allí. Imagino que a la Unión Europea no le gustaba que tanto activistas como medios de comunicación estuviesen mostrando al mundo que esos campos de tránsito son cada día más similares a los campos de concentración. Las imágenes ya son historia. Todos las hemos visto y no las olvidaremos. Europa (o el ideal que teníamos de qué debía ser Europa) ha muerto para siempre.

La crónica negra de la semana también se ha nutrido de sucesos locales, como la muerte de José Ruiz, otro histórico líder vecinal de Tarragona que se suma a la lista de luchadores caídos en combate antes de tiempo. Compartimos batallas y reivindicaciones. Una auténtica pena. Y algo más lejos de mi casa, aunque aún dentro de la provincia de Tarragona, una nueva pesadilla en forma de accidente de tráfico. Trece estudiantes Erasmus perdieron la vida en Freginals cuando regresaban en autobús después de una noche de jolgorio en las Fallas. Parece mentira que después de tanto tiempo nuestras carreteras sigan siendo carnicerías en las que jóvenes con toda la vida por delante encuentren su final de manera dolorosa y precipitada. Noticias que te golpean con dureza a primera hora de la mañana y te amargan el resto de la jornada.

El epílogo de esta macabra cadena tuvo lugar en Bruselas. Ya sabéis a lo que me refiero. En este caso, además, molesta especialmente que el suceso ya no sea una sorpresa. Algo falla en la humanidad cuando unas personas, en nombre de una religión, de un Dios o de lo que sea, matan indiscriminadamente y todos sabemos que era algo que antes o después iba a volver a suceder. El terrorismo yihadista cada vez me recuerda más a aquella época, en los años noventa, en los que ETA atentaba de manera puntual, cada tres o cuatro meses, con una precisión temporal sorprendente. Que un atentado se convierta en rutina es quizás la demostración más palpable de la decadencia de nuestra especie.

Por todo esto y otras cosas, estos últimos días, durante el desayuno, me han entrado ganas de mandarlo todo al carajo y volver a la comodidad de mi cama. Pero… no lo he hecho. Ni lo pienso hacer. Porque es verdad que el mundo parece cada día más sombrío, pero también es innegable que hay luz en la oscuridad. La crisis de los refugiados nos produce vergüenza ajena, pero cada vez somos más los que ponemos el grito en el cielo y estamos exigiendo reformas. El accidente del autobús es una desgracia que merece ser llorada, pero no es menos cierto que este tipo de sucesos son cada vez menos habituales y las estadísticas reflejan que nunca como hoy las carreteras habían sido tan seguras. Y el terrorismo yihadista es una realidad difícil de comprender, pero la reacción social ante los atentados es digna de aplaudir. Quizás los gobiernos estén fallando en algunos casos, pero la reacción de la sociedad ante este tipo de eventos es admirable, porque demuestra que, pese a todo, seguimos en pie.

En estos días teñidos de sangre y miserias es fácil decaer, darlo todo por perdido, hacerse el harakiri, rendirse, volverse a la cama. Por eso mismo, es en estas fechas cuando más fuertes debemos ser, más orgullosos debemos estar de la gente que lucha y se sacrifica por el bien global, y cuando más tenemos que creer en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean. Son días jodidos, pero no nos engañemos, no siempre es primavera. La llama no se ha extinguido todavía, y debemos seguir soplando para que siga viva. Es el momento de estar más unidos que nunca y no perder la esperanza. Cualquier noche puede salir el Sol.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Pequeños gestos, resultados gigantes

Pequeñascosas

No sé si el tamaño importa tanto como dicen (me apunto el tema para un futuro artículo), pero sí tengo claro que tendemos a infravalorar los pequeños gestos. Quizás influidos por el American Way of Life, que de manera casi imperceptible se entromete en nuestras vidas, en nuestra sociedad se ha impuesto la idea de pensar a lo grande, soñar con vivir fastuosamente, admirar las gestas y personajes colosales, y en general todo aquello que nos remita a un plano superior a nuestra rutina. Desconozco si este pensamiento es beneficioso o no a nivel social, pero creo que no debemos perder de vista la importancia de las acciones más cercanas y modestas, que quizás no llaman tanto la atención pero pueden ser igualmente poderosas. Ya lo dicen: hay pequeños gestos que pueden cambiar el mundo.

Esta reflexión no nace por casualidad, sino (como casi todos las meditaciones interesantes) a partir de una vivencia personal. Hace unos días me encontré con una persona a la que hacía muchísimo tiempo que no veía. Ella era una de las muchas niñas pequeñas que vivían en Riuclar (Tarragona) cuando yo empecé a ejercer como presidente de la asociación de vecinos del barrio. En cuanto me vio, su rostro esbozó una bella y amplia sonrisa, me abrazó efusivamente y me rodeó con sus brazos, así como con su alborozo. Reconozco que me sorprendió su entusiasmo. Acto seguido, empezó a contarme cómo le habían ido las cosas, y remarcó muy especialmente sus años mozos en Riuclar y los buenos recuerdos que conservaba  de aquella época. También me agradeció que yo hubiera luchado tanto por la gente del barrio y por intentar proporcionarles un lugar mejor para vivir, y recordó algunas anécdotas, historias sencillas a las que en su momento yo no les di demasiada importancia, pero que ella rememoraba con una nítida claridad, como si hubiesen sucedido la semana pasada.

No es la primera vez que vivo una experiencia similar. Otras personas en contextos diferentes también me han recordado lo importante que fue para ellos formar parte de la Colla de Diables Foc i Gresca (en la que también había vecinos de otros barrios), de la Colla Ball de Bastons de Riuclar o de la Banda de Tambores y Cornetas. En aquella época yo era bastante joven, pero ya tenía un cierto bagaje porque siempre había estado interesado e involucrado en los movimientos sociales. Por ese motivo (y porque había estudiado ampliamente la materia), tenía claro que poner en marcha todos aquellos grupos, así como organizar actividades para los niños del barrio los fines de semana, eran acciones mucho más significativas de lo que parecían a simple vista. Que más de tres décadas después haya personas a las que les brillan los ojos mientras me recuerdan aquellos maravillosos años me demuestra que esos pequeños gestos no eran minúsculos sino de grandes proporciones. Que no son molinos, mi señor, que son gigantes. Y estas personas que de tanto en tanto vuelven a mi vida de manera azarosa corroboran que el sendero que tomamos hace más de treinta años fue el correcto.

Durante las dos décadas en las que fui el representante de los vecinos de Riuclar, mi máxima meta fue alejar a los jóvenes de la drogadicción, que en aquellos momentos era un problema que asolaba de manera muy seria al barrio. Nuestra estrategia ante esta tesitura consistió en llevar a cabo una multitud de pequeñas acciones para construir un muro insalvable que separase a los adolescentes de estas tentaciones. Estoy muy satisfecho del trabajo realizado. Y es que exceptuando algunas personas que nunca quisieron nuestra ayuda (a veces, no sé muy bien por qué, me acuerdo de ellas y de lo que podrían haber sido), el resto siguió con sus vidas y hoy, con sus miserias y sus alegrías, sus penas y sus sueños, como el resto de los mortales, siguen adelante. He reflexionado mucho sobre aquello y creo que salvar a tantos jóvenes de la amenaza de las drogas es, de todas mis medallas, la que puedo lucir con más orgullo. Hoy en día, cuando ya como adultos formados vienen a saludarme y me recuerdan toda la efervescencia con la que contaba Riuclar en los ochenta y los noventa, es cuando me doy cuenta de la magnitud de la tragedia, y de rebote entiendo la importancia de los pequeños gestos, de las pequeñas cosas. Como cantaba el maestro Serrat, en una letra que me emociona, “son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón”.

¿Pueden los pequeños gestos, como afirman algunos, cambiar el mundo? No soy lo suficientemente sabio como para responder a esta pregunta. Lo que sí puedo asegurar con total convencimiento, porque lo he vivido en mis propias carnes, es que los pequeños gestos sí que pueden cambiar las vidas de las personas, y transformar un futuro incierto en una realidad esperanzadora, lo cual no es poca cosa. En el fondo lo que vengo a decir con estas líneas es que los pequeños gestos, en realidad, no son tan pequeños.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

La frustración es no intentarlo

mundo

Un padre cincuentón se enfurece al toparse con su ocioso hijo espatarrado en el sofá, sin hacer nada de provecho, y le recrimina: “Yo, a tu edad, estaba pensando en cambiar el mundo”. Éste, sin cambiar ni un ápice su sosegada actitud, le responde: “Yo, a tu edad, tendré una frustración menos”. Viene a mi mente este chiste (y la potente reflexión que contiene) porque últimamente no dejan de llegarme inputs negativos por todos lados, como si alguien hubiese adoptado como afición lanzarme cuchillos afilados.

Entiendo al hijo del chiste. Para qué intentar cambiar este mundo, que a cada día que pasa da más pena. El terrorismo está cada vez más presente en nuestras vidas, la corrupción política está alcanzando hitos históricos, el planeta se nos muere y nuestros líderes mundiales prefieren rendirse ante las grandes corporaciones antes que intentar salvarlo, la sociedad pierde sus derechos pero no mueve ni un dedo para recuperarlos, y así podría seguir hasta cansarme. Os aseguro que si algo no soy en esta vida es ingenuo, así que reconozco que esta negatividad es comprensible. Para qué esforzarnos si todo va a seguir igual… Y sin embargo, yo me identifico con el padre. Es verdad que después de toda una vida luchando he coleccionado más frustraciones que medallas, pero si yo fuese el protagonista de este chiste, le respondería  a mi primogénito: “Sí, quizás te ahorres esta frustración. Pero crearás otra mucho más grande: la de no haberlo ni siquiera intentado”.

Escribo estas líneas acompañado por el libro ‘Premis Ones Mediterrània. 21 años de emociones’, que acaba de salir del horno. Es nuestra última creación y la miro, y no exagero, con los ojos tiernos con la que los padres observan a sus retoños. En la obra aparecen 21 textos de 21 escritores diferentes, uno por cada año de los galardones. Se trata de personas que han hecho méritos sobrados en la defensa y mejora del medio ambiente, la solidaridad, la cultura, los derechos humanos y el desarrollo social como para ser reconocidos. En otras palabras, los autores de los textos son como el padre del chiste. Ellos no se quedaron tirados en el sofá pensando que los problemas no tenían solución. Trabajaron duro y, al final, consiguieron su recompensa. Demostraron que quizás no todo puede arreglarse, pero como mínimo sí puede intentarse. Dejaron patente que vivimos en un mundo de mierda, pero al fin y al cabo es el único que tenemos, así que merece la pena batallar por mejorarlo.

Os explico esto, fieles lectores, porque estoy extenuado ante tanta negatividad a mi alrededor. No caigo en la trampa del positivismo radical, que es muy peligroso porque jamás hay que perder la visión crítica de lo que nos rodea. Por todo ello, soy un ferviente seguidor de la máxima aristotélica “en la medianía está la virtud”. No nos pasemos de optimistas, porque no hay motivos para ello, pero tampoco andemos deprimidos ad eternum. La vida no está teñida de color de rosa, pero tampoco de negro. Las cosas podrían ser mucho mejores de lo que son, pero cierto es que la evolución humana en las últimas décadas es remarcable. Lo importante no siempre es si el vaso está medio lleno o medio vacío, sino qué es lo que hay dentro.

Llevamos semanas trabajando en la organización de los XXII Premis Ones Mediterrània, que se celebrarán el próximo 3 de junio en el Teatre Metropol de Tarragona. Gracias a ello, hemos estudiado muchísimos proyectos, que nos han permitido conocer a personas y entidades cuya labor es admirable. Un año más, me asombra que existan tantas personas promoviendo acciones tan positivas para nuestra tierra y nuestra sociedad. Por eso odio el negativismo: pone sombras donde hay luz. Hay muchos guerrilleros que no se resignan a quedarse prostrados en el sillón. El problema es que a veces están ocultos, porque no los conocemos, y de ahí la importancia de los Premis Ones y su función social.

En definitiva, abogo por erradicar el pensamiento negativo extremista y animo a todos a estar convencidos de que realmente podemos ir a mejor. Dicen que el optimista siempre tiene un proyecto, mientras que el pesimista siempre tiene una excusa. Basta ya de lamentos. No seamos como el hijo del chiste: levantemos el culo del sofá y pongámonos manos a la obra, que hay trabajo de sobra para todos.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra