Riu Clar, contigo empezó todo

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Todas las historias, incluso las más extraordinarias, tienen un denominador común: un inicio modesto. La mayoría de personas que han triunfado en la vida lo han hecho empezando desde abajo, y poco a poco y a base de trabajo han ido escalando hasta alcanzar la cima. Ya lo dicen: Roma no se construyó en un día. Mi biografía encaja en esta ecuación. Creo haber traspasado metas de las que sentirme orgulloso –modestia aparte- como organizar congresos y jornadas en países de todo el mundo, celebrar unos premios de prestigio internacional durante más de dos décadas en mi ciudad, publicar varios libros de poesía, ser el presidente de una red global que aúna a más de 800 escritores, artistas e intelectuales… Pues bien, todos estos logros han sido posibles gracias a lo que aprendí en mis inicios en el barrio tarraconense de Riu Clar. Esa experiencia ha tenido para mí más valor que cualquier máster de la universidad más prestigiosa; sin ella, nada de lo que vino después hubiese sido posible.

Fui presidente de la Asociación de Vecinos de Riu Clar durante veinte años (1980-2000). Me gusta recordar aquellos tiempos, esbozar una sonrisa y pensar en cuánto hemos cambiado. Qué puedo decir de Riu Clar… Es mi casa, mi barrio, el sitio en el que maduré y que ha marcado mi destino para siempre. Cuántos recuerdos positivos… Las manifestaciones, la implicación social, las reivindicaciones vecinales, la sensación de que si estábamos juntos podíamos conseguir todo lo que nos propusiéramos. Qué dinamismo, cuántas cosas hacíamos y ni nos dábamos cuenta. Aprendíamos sobre la marcha porque teníamos que valernos por nosotros mismos (y eso nos hacía más fuertes). Qué manera de canalizar tanta energía positiva por el bien común. Y cómo ha cambiado la sociedad durante todo este tiempo, ¿verdad? En los ochenta no perdíamos la energía buscando Pokémons o librando batallas infructuosas en las redes sociales. Teníamos cosas más importantes que hacer.

Cuando yo era líder vecinal de Riu Clar conseguimos que un barrio que prácticamente no existía (puedo pasear con mis nietos por allí y decirles “antes todo esto era campo”) se convirtiera en un referente para muchos movimientos sociales. Cuando llegué allí no había ni aceras, ni luz, ni árboles, y las malas hierbas eran más altas que yo. Unos años después conseguimos tener un vecindario estructurado, y nuestras exigencias, aunque se hacían de rogar, se fueron haciendo realidad: un alumbrado digno, se solucionaron los graves problemas de humedades, obtuvimos ayudas para mejorar las difíciles situaciones sociales que existían, se construyó un polideportivo, las fiestas populares que montábamos eran famosas por su altísimo nivel… Incluso creamos dos eventos que eran la envidia de todos y que colapsaban el barrio debido al gran número de visitantes que atraían: la Orgía de fuego y agua y el Concurso de portales.

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Todas estas victorias, como tantas otras, fueron inolvidables y las celebramos hasta el amanecer. Pero el gran éxito de aquel tiempo y de aquel lugar, la verdadera esencia de aquellas dos décadas fue otra: la creación de un sentimiento de orgullo de pertenecer a Riu Clar, transformando lo que antes era un estigma en una satisfacción. Durante mucho tiempo los vecinos del barrio, al ser cuestionados por su procedencia, decían que eran de Tarragona, sin especificar, porque les daba vergüenza admitir su origen. Por eso, escuchar unos años después a todas estas personas proclamar con satisfacción y orgullo  que “Yo soy de Riu Clar” es de todos esos recuerdos el que más felicidad me provoca. Ese “Yo soy de Riu Clar” bien podría ser uno de los eslóganes favoritos de mi vida.

Qué le habrá pasado al Juárez para que le dé este repentino ataque de nostalgia, estaréis pensando desde hace un buen rato… No es que me haya dado por revisar los álbumes de fotos antiguas, sino que la razón es mucho más especial. El otro día me llamó la actual presidenta de la Asociación de Vecinos de Riu Clar para pedirme si quería ser el pregonero de las fiestas populares de este año. Y, no os voy a engañar, me emocioné: no todos los días coges el teléfono y al otro lado de la línea te ofrecen pronunciar el pregón del lugar que ha marcado tu vida. Así que el 28 de julio allí estaré, abriendo mi corazón a todos aquellos que quieran escucharme, repasando los momentos felices (y los amargos) que allí viví y, sobre todo, dejando bien claro que pese a los triunfos que he conseguido a posteriori, mis años en Riu Clar siempre serán especiales. Y es que yo… soy de Riu Clar. Y estaré orgulloso de ello hasta el fin de mis días.

Ángel Juárez Almendros 

Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

¡Larga vida a los Premis Ones!

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Dicen que hay que mirar siempre al futuro, pero sin olvidar nunca el pasado. Sabias palabras, aunque lo remoto puede llegar a asustar. Me sucede, por ejemplo, cuando pienso en que ya llevamos veintidós ediciones de los Premis Ones Mediterrània. Echo la vista atrás, y tiemblo. Miles de nombres, de caras, de llamadas. Días interminables de nervios, tensión, trabajo exhausto. Y todo ese cúmulo de esfuerzo se ha condensado en tan solo 22 noches repartidas en 22 años. ¿Ha valido la pena? Rotundamente sí.

Siempre miro al futuro, pero no olvido el pasado. Por eso considero que los Premis Ones son uno de los grandes logros de mi vida y los paseo con orgullo por el mundo. Comparo la primera edición del evento con la que celebramos hace unos meses y pese a haberlo vivido siempre en primera persona me sorprende todo lo que hemos aprendido. Afortunadamente, siempre fuimos despacio porque sabíamos que la meta estaba muy lejos.

¿Y ahora qué? La excelente salud de los Premis Ones Mediterrània nos obliga a seguir con la filosofía que tan buenos resultados nos ha dado. Sin embargo, como escribió Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. No caeremos en la trampa del inmovilismo ni del conformismo; seguiremos avanzando con paso firme para no caer.

En los próximos años, los Premis Ones tendrán que afrontar dos grandes retos. En primer lugar, dar un salto considerable a nivel de difusión. Los galardones son conocidos, respetados y gozan de un gran prestigio, pero tengo la sensación de que podemos ir un paso más allá y ganar reconocimiento a nivel catalán, español y europeo. Si ciudades de un tamaño similar al de Tarragona como Vitoria o San Sebastián presumen de celebrar unos premios reconocidos internacionalmente, ¿por qué no podemos conseguirlo nosotros?

El segundo desafío es complementar la integración entre los galardones y la ciudad. Ya hace tres años que los Premis Ones, aunque organizados por Mare Terra Fundació Mediterrània, pertenecen a la urbe gracias a la estrecha colaboración del consistorio. Esta unión debe fortalecerse, de manera que los Premis Ones estén por encima de políticos y personas, hasta el punto de asegurar su celebración sin importar quién gobierne o qué está de moda.

Pienso en lo que está por venir e imagino un futuro no muy lejano en el que los Premis Ones sean un activo más de la ciudad, como los elementos del Seguici Popular, las colles castelleres o el Nàstic. Porque todos trabajamos por una Tarragona más sostenible, más implicada con los derechos humanos, concienciada con el medio ambiente, que apueste por la cultura y que destaque por su solidaridad. Y todos ellos son valores que bien podrían servir para definir los Premis Ones. Si realmente queremos que Tarragona sea una ‘Smart City’, estos galardones nos han dado una buena muestra in situ de cómo podemos conseguirlo. Ojalá muy pronto nuestra ciudad pueda presumir de todo aquello que reconocemos en los Premis Ones.

Ya acabo, pero antes quiero recordar lo que escribió otro maravilloso escritor, en este caso el francés Victor Hugo, quien dijo que “el futuro tiene muchos nombres. Para los débiles, es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes, la oportunidad”. Como las oportunidades no vuelven, lo más sensato será seguir siendo valientes y no desaprovecharlas. ¡Larga vida a los Premis Ones!

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

El origen de los Premis Ones

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“¿Unos premios de medio ambiente de carácter internacional en Tarragona? Pero Ángel… ¿es que te has vuelto loco?”. Esta apática sentencia –o similares- fueron una constante que tuve que soportar estoicamente durante mucho tiempo, concretamente mientras organizaba la primera edición de los Premis Ones Mediterrània, que tuvo lugar en 1995. Eran muchos los tarraconenses que pensaban que una ciudad modesta no podía albergar unos galardones de este calibre. La sensación dominante era que este proyecto parecía una quimera, una imprudencia cuyo destino más factible era el fracaso. Y sin embargo, pese a los malos augurios, yo estaba convencido de que triunfaríamos. El tiempo me ha dado la razón…

El germen de los Premis Ones es la Trobada de Medi Ambient de Tarragona, un encuentro ecologista para toda Catalunya que se convirtió en un referente. El valor añadido de la Trobada de Medi Ambient consistió en que juntamos en un mismo espacio a todos los actores que interpretaban algún papel en el mundo del medio ambiente, desde entidades ecologistas al Seprona, pasando por grupos de ecología alternativa, empresas de reciclaje o artesanos. En aquel momento, yo era el responsable de medio ambiente a nivel nacional de las federaciones de asociaciones de vecinos de Catalunya y de la FAVT. El éxito clamoroso del evento asustó a algunos compañeros de la federación, mientras que a mí me motivó a ir un paso más allá. Por eso, decidimos crear junto a mi equipo de Riuclar nuestra propia organización ecologista: Mediterrània-CIE.

Cuando nuestra asociación empezaba a dar sus primeros pasos, la idea de convocar unos galardones ya sobrevolaba con frecuencia mi cabeza. Hasta que llegó el Día D de los Premis Ones, gracias a un encuentro con la que en aquel momento era mi imprescindible mano derecha, Esther Pàmies, y uno de mis más estrechos y fieles colaboradores, el periodista Tomàs Carot. Los tres convenimos que la idea de poner en marcha unos premios que reconociesen a personas o colectivos que trabajaban a favor del medio ambiente era muy atractiva, ya que sacaríamos a la luz iniciativas que debido a la falta de promoción estaban condenadas al anonimato. Unos meses después demostramos que no hay proyectos imposibles ni muros insalvables, porque cuando hay voluntad, tenacidad, fe y trabajo en equipo, los sueños pueden hacerse realidad.

Teníamos un año por delante para organizarlo todo. Las primeras dificultades aparecieron pronto, y las resolvimos lo mejor que pudimos. Había tanto trabajo y éramos tan inexpertos… Afortunadamente, fueron  muchas las personas que nos echaron una mano. Mediterrània contaba con más de 300 voluntarios, y muchos de ellos fueron básicos para solucionar los problemas que se presentaron. Y no puedo dejar de destacar el apoyo incondicional que nos prestó la recién creada Conselleria de Medi Ambient de la Generalitat y el propio conseller, Albert Vilalta, quien a día de hoy es el único socio de honor con el que cuenta Mediterrània. Sin todos ellos, esta hazaña hubiera sido mucho más complicada (o quizás no hubiera sido).

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Y así, pasito a pasito, caminando lentos pero seguros y superando los obstáculos, llegamos al 2 de junio de 1995, día en que se celebró la primera edición de los Premis Ones Mediterrània. Ahora que el tiempo me permite echar la vista atrás sin nada que demostrar, confesaré que la organización fue compleja, porque jamás habíamos hecho nada parecido y éramos pioneros en Tarragona. El evento, en todo caso, fue un gran éxito, aunque comprendimos que en el futuro tendríamos que mejorar muchas cosas (como así hicimos). La primera edición de los Premis Ones fue un máster en 24 horas que nos ayudó inmensamente en los años posteriores.

Veintidós años después, bajo mi prisma privilegiado, considero que los Premis Ones conservan el espíritu de esa primera edición, si bien a la vez son totalmente diferentes. Han crecido, han ganado fama y prestigio y se han acabado convirtiendo en uno de los grandes eventos anuales de Tarragona, y eso a mí y a mi equipo nos enorgullece de manera cuantiosa.

De todos modos, siendo sincero (y no lo digo como una fanfarronería), cuando pusimos la rueda a girar yo ya intuía este crecimiento. Era consciente de que los inicios serían duros pero que al cabo de unos años obtendríamos la recompensa. No hay ninguna receta mágica, sino cuatro ingredientes que siempre me han sido útiles en todos los aspectos de mi vida: voluntad, tenacidad, fe y trabajo en equipo. Gracias a ellos, así como a la ayuda de muchísimas personas, hemos llegado hasta aquí. Gracias a todos por formar parte de esta increíble aventura.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Luz en la oscuridad

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El abajo firmante, que es optimista por naturaleza, se levanta cada mañana con las baterías cargadas al máximo y con infinitas ganas de comerse no sólo el desayuno sino el mundo entero. No obstante, durante los últimos días, las fuerzas apenas me han durado unos minutos. Cuando todavía no he acabado mi rebanada de pan con tomate y jamón me invade la necesidad de volver al lecho y desconectar de la triste realidad. Qué sabia debía ser la persona que acuñó la máxima “las desgracias nunca vienen solas”, porque ciertamente, con el paso de los años, me he dado cuenta de que es así. Esta semana más que nunca hemos vivido en nuestras carnes que, como dicen en un capítulo de ‘El Quijote’, “un mal llama a otro”.

La serie de catastróficas desdichas, quién sabe si guiadas o no por el destino, tuvo su inicio con el enésimo capítulo de la crisis de los refugiados. La Unión Europea sigue decepcionando a aquellos que realmente creímos que el Viejo Continente podía ser un referente internacional en la defensa de los derechos humanos. Su última ocurrencia ridícula ha consistido en expulsar a todas las organizaciones no gubernamentales que trabajaban en los campos de tránsito de refugiados en la isla de Lesbos, de la misma manera que unos días antes pusieron de patitas en la calle a los periodistas que informaban de lo que estaba pasando allí. Imagino que a la Unión Europea no le gustaba que tanto activistas como medios de comunicación estuviesen mostrando al mundo que esos campos de tránsito son cada día más similares a los campos de concentración. Las imágenes ya son historia. Todos las hemos visto y no las olvidaremos. Europa (o el ideal que teníamos de qué debía ser Europa) ha muerto para siempre.

La crónica negra de la semana también se ha nutrido de sucesos locales, como la muerte de José Ruiz, otro histórico líder vecinal de Tarragona que se suma a la lista de luchadores caídos en combate antes de tiempo. Compartimos batallas y reivindicaciones. Una auténtica pena. Y algo más lejos de mi casa, aunque aún dentro de la provincia de Tarragona, una nueva pesadilla en forma de accidente de tráfico. Trece estudiantes Erasmus perdieron la vida en Freginals cuando regresaban en autobús después de una noche de jolgorio en las Fallas. Parece mentira que después de tanto tiempo nuestras carreteras sigan siendo carnicerías en las que jóvenes con toda la vida por delante encuentren su final de manera dolorosa y precipitada. Noticias que te golpean con dureza a primera hora de la mañana y te amargan el resto de la jornada.

El epílogo de esta macabra cadena tuvo lugar en Bruselas. Ya sabéis a lo que me refiero. En este caso, además, molesta especialmente que el suceso ya no sea una sorpresa. Algo falla en la humanidad cuando unas personas, en nombre de una religión, de un Dios o de lo que sea, matan indiscriminadamente y todos sabemos que era algo que antes o después iba a volver a suceder. El terrorismo yihadista cada vez me recuerda más a aquella época, en los años noventa, en los que ETA atentaba de manera puntual, cada tres o cuatro meses, con una precisión temporal sorprendente. Que un atentado se convierta en rutina es quizás la demostración más palpable de la decadencia de nuestra especie.

Por todo esto y otras cosas, estos últimos días, durante el desayuno, me han entrado ganas de mandarlo todo al carajo y volver a la comodidad de mi cama. Pero… no lo he hecho. Ni lo pienso hacer. Porque es verdad que el mundo parece cada día más sombrío, pero también es innegable que hay luz en la oscuridad. La crisis de los refugiados nos produce vergüenza ajena, pero cada vez somos más los que ponemos el grito en el cielo y estamos exigiendo reformas. El accidente del autobús es una desgracia que merece ser llorada, pero no es menos cierto que este tipo de sucesos son cada vez menos habituales y las estadísticas reflejan que nunca como hoy las carreteras habían sido tan seguras. Y el terrorismo yihadista es una realidad difícil de comprender, pero la reacción social ante los atentados es digna de aplaudir. Quizás los gobiernos estén fallando en algunos casos, pero la reacción de la sociedad ante este tipo de eventos es admirable, porque demuestra que, pese a todo, seguimos en pie.

En estos días teñidos de sangre y miserias es fácil decaer, darlo todo por perdido, hacerse el harakiri, rendirse, volverse a la cama. Por eso mismo, es en estas fechas cuando más fuertes debemos ser, más orgullosos debemos estar de la gente que lucha y se sacrifica por el bien global, y cuando más tenemos que creer en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean. Son días jodidos, pero no nos engañemos, no siempre es primavera. La llama no se ha extinguido todavía, y debemos seguir soplando para que siga viva. Es el momento de estar más unidos que nunca y no perder la esperanza. Cualquier noche puede salir el Sol.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Pequeños gestos, resultados gigantes

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No sé si el tamaño importa tanto como dicen (me apunto el tema para un futuro artículo), pero sí tengo claro que tendemos a infravalorar los pequeños gestos. Quizás influidos por el American Way of Life, que de manera casi imperceptible se entromete en nuestras vidas, en nuestra sociedad se ha impuesto la idea de pensar a lo grande, soñar con vivir fastuosamente, admirar las gestas y personajes colosales, y en general todo aquello que nos remita a un plano superior a nuestra rutina. Desconozco si este pensamiento es beneficioso o no a nivel social, pero creo que no debemos perder de vista la importancia de las acciones más cercanas y modestas, que quizás no llaman tanto la atención pero pueden ser igualmente poderosas. Ya lo dicen: hay pequeños gestos que pueden cambiar el mundo.

Esta reflexión no nace por casualidad, sino (como casi todos las meditaciones interesantes) a partir de una vivencia personal. Hace unos días me encontré con una persona a la que hacía muchísimo tiempo que no veía. Ella era una de las muchas niñas pequeñas que vivían en Riuclar (Tarragona) cuando yo empecé a ejercer como presidente de la asociación de vecinos del barrio. En cuanto me vio, su rostro esbozó una bella y amplia sonrisa, me abrazó efusivamente y me rodeó con sus brazos, así como con su alborozo. Reconozco que me sorprendió su entusiasmo. Acto seguido, empezó a contarme cómo le habían ido las cosas, y remarcó muy especialmente sus años mozos en Riuclar y los buenos recuerdos que conservaba  de aquella época. También me agradeció que yo hubiera luchado tanto por la gente del barrio y por intentar proporcionarles un lugar mejor para vivir, y recordó algunas anécdotas, historias sencillas a las que en su momento yo no les di demasiada importancia, pero que ella rememoraba con una nítida claridad, como si hubiesen sucedido la semana pasada.

No es la primera vez que vivo una experiencia similar. Otras personas en contextos diferentes también me han recordado lo importante que fue para ellos formar parte de la Colla de Diables Foc i Gresca (en la que también había vecinos de otros barrios), de la Colla Ball de Bastons de Riuclar o de la Banda de Tambores y Cornetas. En aquella época yo era bastante joven, pero ya tenía un cierto bagaje porque siempre había estado interesado e involucrado en los movimientos sociales. Por ese motivo (y porque había estudiado ampliamente la materia), tenía claro que poner en marcha todos aquellos grupos, así como organizar actividades para los niños del barrio los fines de semana, eran acciones mucho más significativas de lo que parecían a simple vista. Que más de tres décadas después haya personas a las que les brillan los ojos mientras me recuerdan aquellos maravillosos años me demuestra que esos pequeños gestos no eran minúsculos sino de grandes proporciones. Que no son molinos, mi señor, que son gigantes. Y estas personas que de tanto en tanto vuelven a mi vida de manera azarosa corroboran que el sendero que tomamos hace más de treinta años fue el correcto.

Durante las dos décadas en las que fui el representante de los vecinos de Riuclar, mi máxima meta fue alejar a los jóvenes de la drogadicción, que en aquellos momentos era un problema que asolaba de manera muy seria al barrio. Nuestra estrategia ante esta tesitura consistió en llevar a cabo una multitud de pequeñas acciones para construir un muro insalvable que separase a los adolescentes de estas tentaciones. Estoy muy satisfecho del trabajo realizado. Y es que exceptuando algunas personas que nunca quisieron nuestra ayuda (a veces, no sé muy bien por qué, me acuerdo de ellas y de lo que podrían haber sido), el resto siguió con sus vidas y hoy, con sus miserias y sus alegrías, sus penas y sus sueños, como el resto de los mortales, siguen adelante. He reflexionado mucho sobre aquello y creo que salvar a tantos jóvenes de la amenaza de las drogas es, de todas mis medallas, la que puedo lucir con más orgullo. Hoy en día, cuando ya como adultos formados vienen a saludarme y me recuerdan toda la efervescencia con la que contaba Riuclar en los ochenta y los noventa, es cuando me doy cuenta de la magnitud de la tragedia, y de rebote entiendo la importancia de los pequeños gestos, de las pequeñas cosas. Como cantaba el maestro Serrat, en una letra que me emociona, “son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón”.

¿Pueden los pequeños gestos, como afirman algunos, cambiar el mundo? No soy lo suficientemente sabio como para responder a esta pregunta. Lo que sí puedo asegurar con total convencimiento, porque lo he vivido en mis propias carnes, es que los pequeños gestos sí que pueden cambiar las vidas de las personas, y transformar un futuro incierto en una realidad esperanzadora, lo cual no es poca cosa. En el fondo lo que vengo a decir con estas líneas es que los pequeños gestos, en realidad, no son tan pequeños.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

La frustración es no intentarlo

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Un padre cincuentón se enfurece al toparse con su ocioso hijo espatarrado en el sofá, sin hacer nada de provecho, y le recrimina: “Yo, a tu edad, estaba pensando en cambiar el mundo”. Éste, sin cambiar ni un ápice su sosegada actitud, le responde: “Yo, a tu edad, tendré una frustración menos”. Viene a mi mente este chiste (y la potente reflexión que contiene) porque últimamente no dejan de llegarme inputs negativos por todos lados, como si alguien hubiese adoptado como afición lanzarme cuchillos afilados.

Entiendo al hijo del chiste. Para qué intentar cambiar este mundo, que a cada día que pasa da más pena. El terrorismo está cada vez más presente en nuestras vidas, la corrupción política está alcanzando hitos históricos, el planeta se nos muere y nuestros líderes mundiales prefieren rendirse ante las grandes corporaciones antes que intentar salvarlo, la sociedad pierde sus derechos pero no mueve ni un dedo para recuperarlos, y así podría seguir hasta cansarme. Os aseguro que si algo no soy en esta vida es ingenuo, así que reconozco que esta negatividad es comprensible. Para qué esforzarnos si todo va a seguir igual… Y sin embargo, yo me identifico con el padre. Es verdad que después de toda una vida luchando he coleccionado más frustraciones que medallas, pero si yo fuese el protagonista de este chiste, le respondería  a mi primogénito: “Sí, quizás te ahorres esta frustración. Pero crearás otra mucho más grande: la de no haberlo ni siquiera intentado”.

Escribo estas líneas acompañado por el libro ‘Premis Ones Mediterrània. 21 años de emociones’, que acaba de salir del horno. Es nuestra última creación y la miro, y no exagero, con los ojos tiernos con la que los padres observan a sus retoños. En la obra aparecen 21 textos de 21 escritores diferentes, uno por cada año de los galardones. Se trata de personas que han hecho méritos sobrados en la defensa y mejora del medio ambiente, la solidaridad, la cultura, los derechos humanos y el desarrollo social como para ser reconocidos. En otras palabras, los autores de los textos son como el padre del chiste. Ellos no se quedaron tirados en el sofá pensando que los problemas no tenían solución. Trabajaron duro y, al final, consiguieron su recompensa. Demostraron que quizás no todo puede arreglarse, pero como mínimo sí puede intentarse. Dejaron patente que vivimos en un mundo de mierda, pero al fin y al cabo es el único que tenemos, así que merece la pena batallar por mejorarlo.

Os explico esto, fieles lectores, porque estoy extenuado ante tanta negatividad a mi alrededor. No caigo en la trampa del positivismo radical, que es muy peligroso porque jamás hay que perder la visión crítica de lo que nos rodea. Por todo ello, soy un ferviente seguidor de la máxima aristotélica “en la medianía está la virtud”. No nos pasemos de optimistas, porque no hay motivos para ello, pero tampoco andemos deprimidos ad eternum. La vida no está teñida de color de rosa, pero tampoco de negro. Las cosas podrían ser mucho mejores de lo que son, pero cierto es que la evolución humana en las últimas décadas es remarcable. Lo importante no siempre es si el vaso está medio lleno o medio vacío, sino qué es lo que hay dentro.

Llevamos semanas trabajando en la organización de los XXII Premis Ones Mediterrània, que se celebrarán el próximo 3 de junio en el Teatre Metropol de Tarragona. Gracias a ello, hemos estudiado muchísimos proyectos, que nos han permitido conocer a personas y entidades cuya labor es admirable. Un año más, me asombra que existan tantas personas promoviendo acciones tan positivas para nuestra tierra y nuestra sociedad. Por eso odio el negativismo: pone sombras donde hay luz. Hay muchos guerrilleros que no se resignan a quedarse prostrados en el sillón. El problema es que a veces están ocultos, porque no los conocemos, y de ahí la importancia de los Premis Ones y su función social.

En definitiva, abogo por erradicar el pensamiento negativo extremista y animo a todos a estar convencidos de que realmente podemos ir a mejor. Dicen que el optimista siempre tiene un proyecto, mientras que el pesimista siempre tiene una excusa. Basta ya de lamentos. No seamos como el hijo del chiste: levantemos el culo del sofá y pongámonos manos a la obra, que hay trabajo de sobra para todos.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Una España sin Dalís ni Buñueles

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No descubro nada cuando afirmo que España es un país en el que casi a diario suceden cosas que no pueden ser catalogadas como normales, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Al fin y al cabo, aquí nacieron genios del surrealismo como Buñuel o Dalí. No será por casualidad. ¿Os apetece una ración de hechos insólitos patrios recién salida del horno? Pues ahí va: no es normal que en apenas unas horas aparezcan más de un centenar de incendios en el norte del país; tampoco lo es que un gobierno apruebe una reforma de la Ley de Montes que sea repudiada sin excepción por toda la oposición, sindicatos y grupos ecologistas; y, finalmente, no es fácil de entender, ni siquiera para aquellos cuyas cabezas están llenas de pájaros, que este mismo partido que ha hecho lo que le ha dado la gana durante cuatro años y que mancha de corrupción cualquier cosa que toca, haya ganado las elecciones con una relativa comodidad respecto a sus adversarios. Estos tres hechos, todos ellos correlacionados, podrían ser usados por los sociólogos y politólogos para explicar cómo funciona España.

Tengo la sensación de que estamos tan acostumbrados a los incendios que tendemos a infravalorar sus efectos devastadores. Pero hay que tenerlo claro: el fuego es muerte. El fuego es antivida. Destruye todo, no sólo los árboles, sino también los ecosistemas que habitan plácidamente en los bosques. Y es un asesino perfecto: rápido y eficaz. Puede destruir en pocas horas aquello que los humanos, a base de replantaciones, han tardado años en crear. Y éste podría ser el quid de la cuestión. Las replantaciones son positivas, aunque a veces se hagan un poco de cara a la galería. Y estoy convencido de que los servicios de extinción de incendios están cada día mejor preparados y cuentan con herramientas muy desarrolladas para combatir el fuego. No obstante, volvemos a cometer el mismo pecado: no haría falta apagar el fuego si éste no llegase a existir. La experiencia nos enseña que no hay una estrategia más efectiva para luchar contra los incendios que la prevención. Pero parece ser que no hemos acabado de entenderlo.

No soy un experto en la materia, pero propongo tres recetas que surgen del sentido común y que pueden ser útiles para acabar con esta lacra: apostar de verdad por las medidas preventivas, ampliar el castigo para los pirómanos e introducir una asignatura obligatoria de concienciación ecológica que esté al mismo nivel que el inglés o las matemáticas. Respecto a la primera, no hay que ser demasiado avispado (aunque a veces no lo parezca) para entender que es más fácil conservar lo que está construido que empezar desde cero. Y punto.

En cuanto al endurecimiento de las penas, hay que pisar con los pies en el suelo y ser conscientes de dónde estamos, y de que por desgracia los españoles sólo respondemos a golpe de garrote. ¿Os acordáis cuando, no hace tanto tiempo, prácticamente nadie se ponía el cinturón de seguridad? Hasta que no empezaron a aplicarse castigos severos por conducir sin el cinturón abrochado no hubo resultados. Triste, sí, pero real: los españoles somos muy cabezones y una de las mejores formas de que reaccionemos es tocándonos la cartera… Quiero pensar que vivimos en una sociedad civilizada en la que a nadie se le pasa por la cabeza provocar un incendio por divertimento. Pero no es así. Por lo tanto, mano dura y tolerancia cero contra los que están eliminando nuestros bosques. No se puede permitir que en este país salga tan caro acabar con el ecosistema como cantar proclamas en una manifestación (aprovecho la ocasión para recordar a los votantes de Rajoy que su gobierno fue el responsable de la Ley Mordaza. Por si algún día tienen pensado quejarse y lo han olvidado…).

Y por último, la clave de todo, y la explicación de por qué España es como es y no acabamos nunca de subir al siguiente escalón: la educación. O introducimos en los cerebros de los niños que hay que cuidar el medio ambiente porque en caso contrario estamos condenados a desaparecer, o jamás ganaremos la batalla. Equiparo el problema con el de la violencia de género. Los eruditos coinciden en la importancia de concienciar a los más pequeños sobre el respeto a la pareja y la igualdad de sexos, porque ahora son personitas y todos muy monos, pero en un futuro serán adultos y quizás algunos de ellos sean garbanzos negros. Transformemos pues los negros en blancos ahora que todavía estamos a tiempo de salvar el cocido.

Mi corazón llora cuando veo que el norte de la península está siendo devorado por las llamas mientras volvemos a entronizar a una persona que en cuatro años no ha movido ni un solo dedo por el medio ambiente. Son estas incongruencias y esta extraña absurdidad dos matices que aparecen con frecuencia en la historia de este país. Quizás va siendo hora de asumirlo, ponernos manos a la obra y corregirlo, aunque ello suponga que debamos renunciar a la aparición de futuros Dalís y Buñueles.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Desalentador

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Me despierto, enciendo la radio, escucho las noticias, y ahí se estropea todo. Porque entonces me sitúo frente al espejo y no me veo a mí. La imagen que se refleja no es la de un servidor  (vaya por Dios, ahora que después de tantos años me había acostumbrado a mi cara de recién levantado) sino la de Bill Murray, y más concretamente la de Phil Connors, el meteorólogo frustrado de la película ‘Atrapado en el tiempo’ que cada mañana amanece en la misma fecha del calendario. Despertar siempre en el mismo día puede parecer un buen argumento cinematográfico, pero no para un film de ciencia-ficción, sino para un drama costumbrista (o quizás una comedia de humor negro). Y lo afirmo categóricamente porque es lo que estamos viviendo los ciudadanos catalanes desde hace demasiado tiempo. Estamos instalados en el Día de la Marmota. Todos sufrimos (muchos sin saberlo) el ‘síndrome de Phil Connors’.

Apenas se había constituido el nuevo parlamento catalán cuando ya sonaban los tambores de guerra anunciando que hacia la primavera podrían celebrarse unas nuevas elecciones. Que quizás es así, o quizás no, eso no es lo importante; la cuestión es que hemos llegado a un punto en el que esa disyuntiva no sólo nos parece creíble, sino también probable. Los que me conocen saben que a mí a democrático no me gana nadie, y jamás me opondré a que el pueblo elija su porvenir en las urnas. Y sin embargo, encuentro un sinsentido que los catalanes estemos viviendo legislaturas de dos años, y que la nueva presidenta del Parlament ya haya manifestado que la pretensión es que si todo va bien en 18 meses tengamos unos nuevos comicios. Como decimos en catalán, “entre poc i massa” (entre poco y demasiado).

Estamos viviendo en un bucle cada vez más infinito parecido al del pobre  Phil Connors, y aunque nuestro almanaque sí que esté avanzando, no podemos evitar sentirnos estancados, maniatados, obstruidos. Es una situación que va más allá de la política y se adentra en el día a día de la gran maquinaria de la administración. El hecho de que desde hace años no tengamos un gobierno que se dedique a gobernar ha provocado una paralización sin precedentes del país. Algunos no lo habrán notado, otros preferirán hacerse los tontos y mirar hacia otro lado, pero lo cierto es que Catalunya es a día de hoy un vehículo cuyo motor no tiene la fuerza necesaria para subir una pendiente que cada vez es más pronunciada.

Os pondré un ejemplo. En la provincia de Tarragona llevamos años sin recibir apoyo de ningún tipo de Medio Ambiente de la Generalitat debido a su crítica situación económica. Y la coyuntura es todavía más grave si tenemos en cuenta que en los últimos meses este departamento carece de director general, ya que el que había obtuvo otra plaza. La vacante la cubre de manera provisional una persona de Barcelona que prácticamente no viene a Tarragona, que ni tiene poder real ni se va a comprometer con nada ni con nadie, ya que está (como todos) esperando a que surja el nuevo gobierno y empiece a tomar decisiones. ¿Y qué pasa con aquellos que, como nosotros, tenemos temas pendientes con Medio Ambiente? No tenemos más remedio que esperar. ¿Cuántos meses más estaremos desasistidos? Ojalá tuviéramos una respuesta fidedigna… Y así con todo. Lo he ejemplificado con un caso de mi sector, el del medio ambiente, pero cada campo tiene los suyos. Y así no se puede avanzar.

Y es que es desalentador tener a un gobierno que no gobierna, sin proyectos claros ni un mapa de futuro para el país. Es deprimente que ciertos políticos ya no tengan ganas de ayudarte ni de echarte una mano, y no hablamos de dinero, porque no sólo es un tema económico, sino que también se echa de menos que te escuchen, te apoyen, te ofrezcan soluciones más allá de las pecuniarias. Me desmoraliza el inmenso vacío que hoy separa a la administración de las entidades y del ciudadano. En definitiva, me parece un timo que esta gran campaña que se ha urdido para tapar todo lo que se ha hecho mal se esté comiendo todo, como si no hubiera otra cosa que hacer ni problemas que afrontar, como si el mundo se dividiese entre buenos y malos, como si existiese una receta milagrosa que fuese a solucionar todos los problemas de golpe, por arte de magia, como en las películas.

Reconozco que este asunto me tiene altamente preocupado, porque ni se vislumbra el final ni tenemos la más remota idea de qué pasará. Y esta incertidumbre es el peor remedio para nuestra enfermedad. El gran reto para un país (o un pueblo, o un estado, o una organización cualquiera) no es avanzar, sino poner las cosas en marcha. La dificultad no radica tanto en que el transatlántico acelere y coja la velocidad adecuada, sino en el hecho de arrancarlo. Y a día de hoy Catalunya tiene demasiados proyectos sin arrancar, cuantiosos temas pendientes, múltiples interrogantes y muy pocas personas dispuestas a responsabilizarse y dar la cara.

El “vuelva usted mañana” de Larra se repite en Catalunya en pleno siglo XXI con un impedimento añadido: que no sabemos cuándo será mañana.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundació Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

El Impuesto del Sol, un atentado al progreso

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“Lo peor de quedarte dormido en la playa no es que te quemes la piel, sino la sanción que te pone el Ministerio de Industria por acumular energía solar”. Chascarrillos tan divertidos e ingeniosos como el anterior (su autor, por cierto, es J. Morgan) han aflorado con fuerza en la Red durante los últimos días a raíz de la polémica por el Impuesto del Sol aprobado por el (des)gobierno del PP. Y es que los españoles tendremos muchos defectos, pero la falta de sentido del humor no es uno de ellos. Pero que nuestra socarronería congénita no nos haga perder la perspectiva ni nos aleje de la realidad: el Impuesto del Sol es una vergüenza y debemos tomárnoslo muy en serio.

Por si hay algún despistado en la sala, explicaré qué es exactamente el Impuesto del Sol. Se trata de una tasa única en el mundo que grava el autoconsumo de la energía producida a través de paneles fotovoltaicos. Esta reforma de la regulación eléctrica impulsada por el ministro Soria (ése que es clavadito a Aznar pero sin bigote) supone un duro golpe para el autoconsumo energético y aquellos que apuestan por las energías renovables y, de propina, es una palmadita en la espalda para las grandes empresas eléctricas, aquellas que (¡qué casualidad!) tienen por costumbre acoger a políticos en sus consejos de administración con sueldos indecentes. Lo más grave de todo es que ni se molestan en disimularlo. ¿Recordáis  cuando las personas eran tildadas de ‘chaladas’ por defender que las grandes corporaciones gobernaban en realidad el mundo? Bienvenidos al siglo XXI. Los ‘chalados’ tenían razón.

Imaginad la cara que se nos ha quedado a aquellos que hace más de dos décadas que defendemos, potenciamos y luchamos por las energías renovables. Desde la fundación de Mediterrània, la ONG que presido, siempre hemos apostado por la educación ambiental, convencidos de que o los jóvenes se ponen las pilas y luchan por su planeta o éste morirá más pronto que tarde. En aquel tiempo se empezaba a comprender que las energías renovables no eran tan solo una alternativa, sino nuestra razón de ser y una apuesta a riesgo cero. De hecho, hicimos centenares de visitas con niños al Parque Eólico de Trucafort, la primera instalación de este tipo que se inauguró en la provincia de Tarragona. Y Mediterrània asesoró e intervino para que se instalaran un buen número de placas fotovoltaicas. Había cero dudas. El futuro había llegado en forma de energías renovables, y pensábamos que no había marcha atrás.

Nos equivocamos. Pero nos culpéis. ¿Quién iba a pensar, en los años noventa, que en pleno 2015 tendríamos uno de los gobiernos más retrógrados que se recuerdan? Ni la mente más evolucionada ni el más perspicaz de los creadores de ciencia-ficción podía imaginarlo. Desde que Rajoy se puso al mando, España va hacia atrás, como los cangrejos. La involución vivida durante este tiempo es meteórica, y el ataque despiadado contra la revolucionaria batería Tesla y el ‘Impuesto al Sol’ han sido las joyas de la corona. Una corona que, por cierto, apesta.

El Impuesto al Sol, un tributo que no existe en ningún otro estado, ha provocado que seamos el hazmerreír de todo el mundo. Europa nos ha puesto en su punto de mira y nos sancionará por poner trabas a las energías renovables, mientras que la prestigiosa revista Forbes ha publicado un artículo en el que ridiculiza hasta la humillación esta medida gubernamental. Y por si no fuera suficiente, se rumorea que algunos poderosos fondos de inversión estadounidenses quieren presentar litigios importantes contra nuestro país. Por otra parte, como era de esperar, el resto de partidos políticos españoles se han comprometido a derogar esta tasa en caso de que se hagan con la victoria en las próximas elecciones. En definitiva, es bastante obvio que el PP no va a encontrar aliados para defender esta idea de bombero. Se han quedado solos, y en las urnas lo van a pagar caro…

Pero hasta que los votos de los ciudadanos no lo remedien, tendremos que aguantar a este gobierno sin pies, ni cabeza, ni rumbo, que no sabe aprovechar ningún viento porque no sabe a dónde se dirige. España ha pasado de ser el imperio “donde no se pone el Sol” de Felipe II al país “que cobra por el Sol” de Rajoy. Aunque nos sonroje la cara, ojalá que el Impuesto al Sol sea el epitafio de un presidente y un gobierno indigno y que por muchos defectos que tengamos no nos merecemos.

Mi parte favorita de este vodevil y el motivo por el que no he perdido la esperanza es que la solución está en nuestras manos. Recapacitemos y obremos en consecuencia. Y si finalmente las urnas dan la razón a Rajoy… ¿os acordáis del chiste de que algún día nos cobrarán por respirar? Era una broma inofensiva, pero ahora ya no lo parece tanto. O quizás pronto se planteen crear una tasa por la brisa que nos refresca el cuerpo, la lluvia que remoja nuestras plantas o las estrellas que nos iluminan. En este mundo de locos, ya todo es posible.

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

Tiempo para ser feliz

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Existen determinados momentos en la vida en los que uno se da cuenta de que toda la lucha y sacrificios realizados han valido realmente la pena. Son destellos, chispazos que tímidamente se acercan y se van, porque la batalla debe continuar. Pero durante esos brevísimos instantes, en ese lance de tiempo casi imperceptible para el ser humano, el círculo se cierra porque se puede comprobar que todo tiene un significado, que aquello por lo que se ha peleado ha servido para alguna cosa, y que si realmente existe un destino o nacemos con algún propósito es probable que lo estemos cumpliendo. Y ante ello, la respuesta más simple pero a la vez más acertada es sentirse satisfecho con el trabajo realizado. Y ser feliz (o, al menos, intentarlo).

Esta semana he vivido uno de estos momentos especiales. Aterrizó en mí en forma de un correo electrónico de la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA) en el que se me informaba de que el Consejo Nacional de Rectores de Costa Rica (CONARE) ha aprobado declarar el 2016 como el año de las universidades públicas por la Madre Tierra. Esto significa que todos los centros de titularidad pública del país centroamericano han acordado, según explican ellos mismos, “liderar la transformación de la sociedad para el bienestar social y la sustentabilidad ecológica, todo ello mediante su quehacer a través de la docencia, la investigación, la extensión o acción social y la producción”.

Algunos os estaréis preguntando por qué esta información sobre la lejana Costa Rica me produce tanta satisfacción. La respuesta es simple: Mare Terra Fundació Mediterrània y la Red Internacional de Escritores por la Tierra –entidades que presido- tienen un papel protagonista en esta historia. Y es que ambas son las impulsoras de los Encuentros de Escritores por la Tierra, una confluencia de artistas, ecologistas, intelectuales, cooperantes y demás mentes pensantes con algo que aportar que se reúnen físicamente cada ciertos años y que comparten  un objetivo fundacional: la protección de la Madre Tierra por encima de todas las cosas. El próximo encuentro, gracias a un acuerdo con la UNA, tendrá lugar en la universidad costarricense los días 6, 7 y 8 de abril de 2016.

Que coincidiendo con el VII Encuentro de Escritores las universidades hayan mostrado este sólido compromiso con el medio ambiente no es casualidad. De hecho, la propia UNA también ha programado un máster que servirá como refuerzo y ampliación del evento. En resumidas cuentas, que en Costa Rica se están tomando muy en serio el medio ambiente y eso es algo que hay que aplaudir, porque se trata de un país que concentra aproximadamente el 5% de toda la biodiversidad que hay en el mundo pese a ser de reducido tamaño. A nivel personal, el hecho de contribuir en cierta manera a la creación de una generación de mentes brillantes que entienda y luche por solucionar el grave problema que tenemos con nuestra enferma Madre Tierra me produce, en todos los sentidos, una enorme satisfacción. Porque o los jóvenes toman el relevo y empiezan a agitar consciencias o nuestro futuro como humanidad es oscuro, tanto como el fondo del agujero en el que estamos cayendo.

Repito: existen determinados momentos en la vida en los que uno se da cuenta de que toda la lucha y sacrificios realizados han valido realmente la pena. Y hoy más que nunca, hoy que la humanidad no para de demostrar su falta de respeto hacia ella misma, hoy que existen millones de personas que están sufriendo, hoy que el ser humano niega la comida y la bondad a los suyos, me parece especialmente importante cualquier gesto, por pequeño que sea, que ayude a hacer del mundo un lugar mejor.

La Madre Tierra está enferma y hemos sido nosotros los que le hemos quitado la salud con nuestra avaricia, egoísmo y dejadez. Pero nosotros, tristes y débiles seres humanos, siendo los causantes del problema también podemos ser su solución. Celebramos el Día de la Tierra, algunos más avispados la Semana de la Tierra o el Año de la Tierra. ¡Basta de efemérides! Cada día debe ser el día de la tierra y debemos vivir de manera que no exista un matiz especial que nos recuerde que debemos cuidar nuestro planeta; levantémonos cada día pensando de manera automática que o nos ponemos las pilas o hasta aquí hemos llegado.

En el fondo, si la noticia de Costa Rica me proporciona tanta ilusión es porque confío en la creación de un ejército verde que empiece a poner las bases de la recuperación ambiental. Que mi lucha, y la lucha de tantos otros que han dedicado sus vidas a la protección del planeta, sirvan para algo. No dejéis morir nuestro trabajo y, con ello, nuestra razón de ser. Guerrilleros de la luz, en vosotros deposito mi esperanza…

Ángel Juárez Almendros. Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra