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Centroamérica: revoltijo de emociones

Cada persona aparenta aquello que es o lo que quiere que otros crean.

Cada persona aparenta aquello que es o lo que quiere que otros crean.

Escribo este artículo desde tierras centroamericanas donde estas semanas me he reunido con los responsables del ayuntamiento de Santa Tecla, en El Salvador, lugar escogido para la celebración del Sexto Encuentro de Escritores por la Tierra. He tenido además la ocasión de presentar, conjuntamente con los amigos de la Universidad Veracruzana, el futuro Premio Hispanoamericano de Poesía Ernesto Cardenal que entregaremos el próximo año en Solentiname. Y estos días asisto también al Festival de Poesía de Granada, en Nicaragua.

Todo ello me ha llevado a pensar en muchos temas fruto de las vivencias de estos días.  Y he llegado de nuevo a la conclusión que en esta vida te pueden emocionar muchas cosas importantes, traducidas en sentimientos como el amor, pero también otras que en teoría deberíamos despejar de nuestras mentes como situaciones derivadas de las injusticias sociales que siempre son denunciables.

El caso es que, asistiendo a los eventos y fiestas donde me están invitado, a las recepciones de las embajadas y a otros espacios, te encuentras con una serie de personajes que parecen salidos de una novela o de una película de Fellini pero que están ahí, delante de ti, y son reales. Ataviados con trajes sacados del baúl y conservados en alcanfor y con el pelo rebosante de brillantina, destilan a pasado pero salen, como los caracoles al sol, para aparentar de nuevo su imagen de gente adinerada que vive en la cúspide de la pirámide social. Se mantienen intactos y perennes aun con la revolución que azotó a su país y que llevó al gobierno a “las izquierdas”. Es cuando los ves que entiendes especialmente lo que escribió el amigo Ernesto Cardenal en su libro “La revolución perdida”.

Son estos también días en los que de nuevo me he emocionado sin poder contener las lágrimas, y hace tiempo que tenia ausencia de ellas, escuchando en vivo la poesía siempre comprometida del chileno Raúl Zurita, el español Jaime Siles o el brasileño Thiago de Mello. El homenaje realizado a Ernesto Cardenal donde él mismo presentó su poema sobre Moncada y la canción “Si Adelita se fuera con otro”.

El contraste a esa belleza de las palabras lo vives ante ciertos personajes que utilizan otras, como la solidaridad, el cambio climático o el maltrato de género, envueltos en perfume de Chanel, joyas exclusivas y prendas de vestir adquiridas en la Quinta Avenida de Nueva York.

Y es en ese instante cuando compruebas, una vez más, que la escritura y la poesía no debe ser solo de compromiso ya que, aquel que la proclama debe ser coherente con ella. Porque son esos mismos, los que falsean los conceptos que os comentaba, los que maltratan a camareros y empleados del hotel donde se alojan y dan muestras de máxima exquisitez en los menús.

Las vivencias de este viaje me confirman claramente que la humildad, la tolerancia y el gesto de saber escuchar siguen siendo valores que muy pocos han alcanzado. Quizás el verdadero compromiso pasa primero por ese estado de comprensión de la realidad y en el hecho de actuar después en consecuencia.

Ángel Juárez Almendros

Presidente de la Red Internacional de Escritores por la Tierra y Mare Terra Fundación Mediterrània

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La factura de la crisis

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La CRISIS es el tema de moda. Últimamente, referenciamos cualquier cosa a la consabida crisis.  “He ido al centro comercial y han cerrado dos tiendas. Debe ser la crisis”. “Han despedido al vecino de su trabajo. Debe ser la crisis”. “Este sábado no iremos a cenar con los amigos, es final de mes y no llego, ¿será la crisis?”. En nuestro entorno primermundista vivimos esta incertidumbre económica, yo diría que casi provocada por un exceso de información o de retransmisión en vivo y en directo de quiebras bancarias y desplomes bursátiles, como una especie de microchip que se ha instalado en nuestro cerebro a base de tanto repetir la palabra: crisis, crisis, HAY CRISIS!!!

Pero me pregunto, ¿de verdad hemos notado tanto la dichosa recesión económica? Y no me refiero a aquellos que han perdido su empleo, ni a los jubilados y pensionistas con pensiones míseras, u a otros colectivos desfavorecidos, queda bastante claro que la factura de la crisis la pagan los más débiles. Me refiero a la que podríamos llamar “clase media”. Puede que el consumo haya bajado y que la subida de la hipoteca nos quite de algún capricho como ir al cine una vez a la semana, a cenar con los amiguetes de vez en cuando o a cambiar el viaje al Caribe por uno a Mallorca… Pero, ¿no estaremos todos en una especie de locura colectiva?

Ahora bien, me preocupa otro tipo de crisis a la que denominaré crisis de tipo A. La de tipo B es la que sufrimos la mayoría de los españolitos, la de la histeria colectiva infundada, por el momento… La crisis de tipo A, es decir, los problemas reales, los tienen en aquellos países en los que la precariedad económica y social de viene arrastrando desde no se sabe cuándo… esos países que siguen pagando los platos rotos de un capitalismo voraz e inhumano, que condena al hambre a unas naciones para que otras, las menos, se llenen bien el plato.

Me refiero a mi gente de Centroamérica, por poner un ejemplo de una región azotada por terribles contrastes que conozco bien y con la que tengo contacto constante. En Cuba, a la ya de por sí precaria situación se ha unido el embate de un huracán que ha arrasado las cosechas de la isla. Es la crisis de mi amiga Ana, residente en la Habana, que ha gastado todos sus ahorros en comprar un carnero para congelarlo y asegurarle las proteínas a su hijito de tres años una temporadita.

O la desesperación de los hondureños. Una vez más, los desastres naturales colmaron el vaso, condenando a la gente al hambre y la miseria y empujándolos  a toda costa a buscar la salida del país.

Esa es la verdadera, cruel y despiadada cara de la crisis. Una crisis endémica para Centroamérica, África y tantos otros lugares de la Tierra.  La verdadera crisis de la humanidad.