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La Infanta, la “casta” y el pueblo que dice basta

estamos hartos

No se llama Alicia ni esto es el país de las Maravillas. Se llama Cristina y formaparte del país de la pandereta. Lo que sucede en España parece de cuento, de ciencia ficción, algo que no te acabas de creer cuando diariamente tienes que oír por televisión y leer por internet los casos de corrupción y desfalco que nos acechan por culpa de unos pocos y afectan a todos.

La imputación de la Infanta Cristina en el caso Nóos podría ser el colofón final de un fraude tan real como “Real” que nos tendría que haber descolocado a todos pero que sin embargo, y ahí radica la vergüenza que nos hacen pasar al pueblo nuestros representantes, nos ha parecido algo casi natural. Y seguramente que, lejos de ser el colofón final, será la puntita del iceberg y el juez Castro ampliará el listado de presuntos mangantes y chorizos.

Poco nos podíamos pensar que se imputaría a Doña Cristina de Borbón. Sobre todo teniendo en cuenta que en nuestro país la Casa Real parece ser intocable. Algo curioso también si partimos de la base que nadie nos preguntó jamás si deseábamos una monarquía parlamentaria como la que tenemos o preferíamos, por ejemplo, otra república. Nadie votó a los Borbones quienes además de manejar cifras ingentes de dinero, en no sabemos qué, están blindados. Y nadie puede saber cuánto dinero nos cuestan a todos los españoles porqué ellos, que son los que tienen acceso a cualquier información sobre nuestras vidas y que son la máxima representación jerárquica del país, no están obligados a dar ninguna explicación.

¿Cómo nos debemos sentir si aquellos que deben velar para que tengamos nuestros derechos y nadie nos robe son los primeros en estar imputados por presunta corrupción?  A esta pregunta se le suman tantas otras que al final uno se pierde ante esta colección de incomprensiones. En España ya tenemos a más de 3.000 representantes de la clase política imputados por corrupción en casos escandalosos que lo único que consiguen es separar más a esta clase de la sociedad. Ya no se confía en ellos. ¡No se puede confiar! ¡No nos dan motivos!

Nuestros políticos ya no tienen capacidad para cambiar nada porque desconocen las realidades de los problemas de la mayoría. No luchan al lado de los desahuciados, quizás por miedo a lo que les sucedería si asistiesen, ni tampoco intentan solucionar el problema desde sus escaños. Y esa pasividad, más las corrupciones, son motivos suficientes para exigir, gritar, forzar, obligar a toda esta casta de vividores a una regeneración autentica.

Ya nos tienen contra las cuerdas, débiles y hastiados, rebotados e indignados, en pie de guerra. Que acaben de saquear lo que tenían previsto, de robar lo que quieran, y nos dejen levantar cabeza de una vez. Y cuando hayan acabado de jugar sucio y menospreciarnos, y como dice en su último artículo el publicista Risto Mejide, que se larguen porqué sobran, que se callen y dejen de contaminar, que no desanimen más a los ciudadanos. Y si les queda algo de dignidad, que lo devuelvan todo, hasta el último céntimo, y que pidan perdón. Y tras hacerlo, si son capaces, que se vayan sin dejar rastro y para siempre. No los queremos más ni a nuestro lado ni en nuestro país.

Observo, tras cinco años escribiendo artículos vinculados a la crisis, que me resultará muy complicado mi deseo de recoger parte de lo dicho y transformarlo en un libro. Especialmente porque, estando las cosas como están, no acabaremos de protestar en años y seguiré escribiendo sobre el mismo tema en muchas más ocasiones. Lo que más me decepciona no es el retraso que pueda sufrir mi deseo de hacer el libro sino que la culpa la tengan ciertos personajes públicos que se creen los dueños de un país que ni los quiere ni los desea.

Como dice Risto a todos ellos, y lo suscribo: Seguid creyendo que no pasará nada porque así quedará menos para que pase.

Ángel Juárez Almendros

Presidente de Mare Terra Fundación Mediterrània y de la Red Internacional de Escritores por la Tierra.

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Oxigenar el mundo y a los que lo gobiernan

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Viendo la redifusión de uno de los mejores programas que se emiten ahora mismo por televisión, se debe uno replantear ciertas cosas y exigir ciertos cambios. “Salvados”, espacio que presenta Jordi Évole, nos ha permitido descubrir ciertas vergüenzas que están  ahí hace tiempo pero que gracias al popular “follonero” salen a luz pública.

Como persona comprometida con el planeta tierra siempre he defendido las causas que tratan de salvarlo denunciando aquellas que lo ponen en peligro. No en vano, desde Mare Terra Fundación Mediterrània, entidad que presido, hemos interpuesto multitud de denuncias por capítulos de contaminación, agresiones al medio ambiente y por toda aquella acción que haya puesto en peligro nuestro entorno más inmediato. Siempre he creído que la lucha por conseguir algo se basa en la suma de esfuerzos y que para llegar a lo global se debe empezar actuando desde el ámbito actual.

El caso es que la suma proporcione el cambio que debemos dar todos para oxigenar el planeta tierra en el que, y lo recuerdo una vez más, estamos solo de paso. Hay que limpiar el ambiente de la polución que lo consume, la contaminación que lo ahoga, la deforestación que lo extingue y no agrandar más el famoso agujero de la capa de ozono que tan olvidado tenemos. Cuidar los mares y océanos, evitar que se perfore la corteza terrestre y los fondos marinos, luchar contra el deshielo y tantas otras cosas están también en la lista de las personas que deseamos oxigenar el mundo.

Y de la misma manera, hay que oxigenar a los que nos están gobernando. Empezando por los grandes mandatarios que permiten que se quebranten las leyes y acabando, ahora que tenemos en tres cuartas partes del mundo la crisis económica que también es social y es de valores, con la casta política que nos representa a todos. Si, es cierto que los votamos. Pero eso no significa que puedan hacer lo que desean a su antojo olvidando que son nuestros gestores y se deben a nosotros que somos quienes los pusimos en el sillón que ocupan.

Volviendo al programa “Salvados” y aquí vais a encontrar la relación con la oxigenación, lo del recorrido de Jordi Évole por el Senado y el Congreso no tuvo desperdicio.  Primero porqué Xosé Manuel Pérez Bouza, senador del BNG, tuvo la desfachatez de afirmar que los 5.000 euros que se ganan en su cargo no son suficientes y los senadores deben cobrar más.

Haciendo el recorrido por esta cámara, cuya eficacia ponen en duda muchos españoles y también muchos de los propios senadores que cobran de ella,  vimos que entre la lista de los propios senadores hay hasta siete expresidentes de comunidades autónomas. Vamos que, como siempre se ha dicho, el Senado es un “cementerio de elefantes”.

Y luego, Évole se fue al Congreso de los Diputados. La segunda parte de la sorpresa del programa fue escuchar a todo un veterano en la política, el democratacristiano Josep Antoni Duran Lleida, recordando todas sus etapas políticas como diputado en Madrid, eurodiputado en Bruselas, conceller en Catalunya y otros tantos cargos que le han permitido vivir de este oficio las tres últimas décadas.

Aquí, justo en este punto, es cuando uno debe preguntarse hasta qué punto permiten que la política se oxigene, dando paso a cambios y relevos en los propios partidos, los que mandan en ellos. Porqué los que ahora ocupan los cargos directivos y de dirección son los primeros en aferrarse al puesto y no quieren que haya savia nueva. Para ellos las juventudes de su partido son lo que pegan los carteles en las campañas y los que ascienden un poco más no pasan de ser concejales con la mejor de las suertes.

Con una mayor oxigenación, o sea relevos en los partidos, el Congreso de los Diputados funcionaría de otra manera y el Senado podría adquirir otro peso como institución que el que ahora tiene y es de risa. Con los cambios, si hubiese democracia real y un funcionamiento asambleario, los bancos no gozarían de los silencios de ciertas administraciones y de sus ayudas, algunos empresarios no se creerían los dueños de todo lo que les rodea y la cadena de favores que tienen montada algunos se rompería para dar paso a otros tiempos.

Justamente lo que necesitamos, nuevos tiempos. Hay que decir basta al sistema que permite la corrupción, basta a los que apoyan a los bancos que desahucian, basta a los que cogen dinero de la caja de todos para no hacer nada aprovechando de un cargo que no ejercen, basta a los abusos. Demos aire a nuestro entorno más próximo en todos los ámbitos, no dejemos jamás que se nos contamine ni por tierra, ni por mar, ni por aire pero tampoco a través del sistema político que tenemos.

Evitemos el cambio climático y aboguemos por un cambio de la raza política. ¡Vivamos y luchemos por ello!

Artículo de Ángel Juárez Almendros. Presidente de la Red Internacional de Escritores por la Tierra y de Mare Terra Fundación Mediterrània.

 

Los orígenes, la identidad

Grupo de niñas esperando a entrar en el Museo Egípcio de El Cairo

Dice el cantante Raimon que quien pierde los orígenes, pierde identidad. En nuestros días, esta frase esta lamentablemente de moda gracias al presidente egipcio Hosni Moubarak quien, por las ansias de poder y por el poder que da gobernar haciendo reinar el miedo entre el pueblo, se ha establecido, cual faraón reinante hasta el viaje a más allá, creyéndose la salvación de una nación que fue imperio dominante y se ha convertido en la sombra de su pasado.

Los egipcios han tenido la virtud de crear templos, pirámides o palacios para lograr una civilización pionera y conservaron el defecto de no mantener su posición llegando a las cotas actuales en las que lo creado son ruinas en mal estado de conservación y lo aprendido hace miles de años son solo paginas en los libros de historia.

La ciudad de El Cairo, donde estuve por última vez por motivos de trabajo hace un par de meses, es un caos que sus habitantes viven en cierto orden ante la mirada de los visitantes que salvan sus vidas entre el tráfico salvaje, las persecuciones de los mendigos y los abusos de aquellos que se enriquecen con el turismo y no permiten ni regatear porque tienen el monopolio y control de los camellos, las calesas envejecidas o las propinas de los policías que pueden llegar a ser, dependiendo de las libras que les des, tan permisivos como prohibitivos.

El mercado de  Khan El Khalili, laberinto de pequeñas callejuelas infestadas de minúsculos y arrebozados y enmascarados comercios, conserva los aromas y colores que motivan al viajante pero no amaga los síntomas de pobreza que habita en un noventa por ciento de las casas de la capital egipcia. El café Al Fishawi, escondrijo del Nobel de Literatura Naguib Mahfuz y local que presume de no haber cerrado sus puertas en ningún momento ni de dia de noche, desde 1773, ha sido estos días escenario de muchas de las conversaciones del pueblo humilde que se ha amotinado para echar al dictador.

Hartos de la corrupción, para muchos su profesión y modus vivendi, los egipcios que no la ejercen y la sufren han dicho basta. La rebelión de estos días para derrocar al dictador Moubarak era de esperar en una ciudad que habitan 20 millones de personas y donde la contaminación y la pobreza son la tarjeta de visita que se entrega al resto del mundo. El sistema funciona mal desde arriba y ese cáncer llamado corrupción extiende sus tentáculos hasta el último callejón vigilado por los jóvenes agentes de la ley a los que puedes comprar para que te vigilen mejor o puedas acceder a lugares donde hay señales de prohibición.

Tras el fracaso del sistema comunista, los fallos evidentes del capitalismo y las dictaduras pasadas, aun presentes en la mente de muchos, nuestra sociedad aun tiene que afrontar regímenes totalitarios, que son dictaduras camufladas, donde los presidentes nunca electos se consideran monarcas de sus naciones de las cuales no abdicaran puesto que se irán, como en el imperio de los egipcios, cuando la muerte se los lleve al inframundo. El reinado de Moubarak tiembla, se caen sus cimientos, se derrumba ante su mirada que solo refleja odio y rencor ante su propia nación. El Museo Egipcio de El Cairo, rincón del polvo y el abandono al cual asistí perplejo hace poco, es ahora un espacio vacío que el propio pueblo, sometido e inculto, ha desvalijado sin piedad.

Este acto, innato y sin razón para los que nos consideramos más civilizados, es la punta del iceberg, de la pirámide mejor dicho, que no tiene orden ni sentido. Cuando un pueblo arrasa con su historia perdiendo los orígenes, pierde la identidad.