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No calléis vuestras palabras

Hay que dar a la mente nuevos espacios para abrirno al mundo.

Hay que dar a la mente nuevos espacios para abrirnos al mundo.

Los gurús de los números se atrevieron a aventurar la crisis económica pero jamás adivinaron la otra crisis, que nos acecha y es peor aún que la primera, que nos lleva a la deriva moralmente: la crisis de valores.

Ésta no llega sola. Con el cambio de ciclo que se está produciendo en toda la sociedad y que ha reubicado a las personas en sus clases sociales, agrandando la brecha entre la clase baja y la alta para despedazar a la media, vemos escenas jamás pensadas hace tan solo cuatro o cinco años.

Las zonas de restaurantes siempre concurridas antes de la crisis están ahora vacías mientras los mercadillos ambulantes donde se vende ropa y comida, y que antes parecían lugar de encuentro para gente de bajo poder adquisitivo, son ahora las plazas más concurridas por la gran mayoría de la población. En el centro de las ciudades los comercios tradicionales mantienen a parte de sus plantillas de trabajadores que atienden, todos a la vez y con la máxima simpatía, a los clientes que cruzan la puerta dispuestos a gastarse la mitad de la mitad de lo que antes era normal.

Y estas situaciones, vividas tanto por quien vende como para quien compra, porqué ambos sufren la crisis, me lleva a recordar la palabras de Jaime Gil de Biedma en su poema “De vita beata” que empieza hablando de un país ineficiente y acaba anhelando vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia.

Transportadas las palabras del poeta al contexto actual todo está muy claro bajo mi punto de vista. Debemos enriquecer nuestra mente y nutrir nuestro espíritu ante la pobreza de lo material que no nos debe ahogar como personas. Y por eso es necesario crear, alimentarnos leyendo e intentar ahuyentar las malas sensaciones escribiendo como terapia, escuchando música, paseando por la naturaleza y viviéndola, desconectando de muchas formas. Yo lo hago desde hace mucho tiempo y me funciona, me sirve y me alivia en muchos momentos.

El ejercicio de soltarse, desnudarse y compartir no es fácil pero os garantizo que da muchas satisfacciones. Las primeras a nivel personal porqué compruebas tus capacidades de reflexión. Y después porqué te das cuenta que tus palabras y tu valentía de compartirlas se traducen en un mensaje que otras muchas personas que te leen acaban compartiendo al coincidir con él. Sé que en nuestra actual sociedad, cada vez más insolidaria, es cada vez más difícil que las personas mostremos por fuera aquello que sentimos por dentro pero soy de los que piensa que hay que darse más libertades personales antes de autocensurarnos. No me sirven las excusas de las persones que no quieren escribir porqué creen que lo hacen mal o por el miedo a que otros se rían de ellos. Quiero que volvamos todos a aquellos tiempos de adolescencia donde llenábamos nuestros diarios personales pero que ahora compartamos lo que pensamos desde la madurez de los años.

Hay que ser siempre valientes y atrevernos a decir las cosas como nos salgan. No importa si riman o no, si el lenguaje es el menos adecuado, siempre que nuestras palabras salgan del corazón. Estos días he visto como algunas personas cercanas me mostraban sus poemas que hasta ahora guardaban con mucho secretismo y no compartían con nadie. Y sus palabras me han llegado, me han conmovido por su sinceridad, provocando que les haya reclamado en voz alta que compartan sus pensamientos con el mundo.

Sí. Es cierto como decía antes que uno se desnuda cuando escribe pero no debe temer a nada ante la posibilidad de compartirlo por qué os aseguro que muchas personas que leerán lo que escriben, acabaran compartiéndolo. Escribid todos lo que tenéis dentro, haced esa terapia personal tan urgente y necesaria, dejad a un lado las debilidades y los miedos, las vergüenzas y el pánico al miedo escénico. Aplicad la coherencia moral con vosotros mismos y lanzaos a ese vacío que se acabará llenando de palabras e ideas compartidas. Como dijo el gran Cela en su momento: para escribir sólo hay que tener algo que decir.

¿Os vais a quedar callados?

Ángel Juárez Almendros

Presidente de la Red Internacional de Escritores por la Tierra y de Mare Terra Fundación Mediterrània.

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Mudando la piel

Estamos sometidos a cambios constantes. El mundo gira y nosotros con él. Se trata de cambios personales, vitales, previsibles o esperados, corregibles o símbolo del fracaso. Uno debe ser consciente de esos cambios y amoldarse a la sociedad en la que convive como se adaptan las especies animales a sus medios.

Atrincherarse en una posición cómoda para ver cómo pasan los días y son los otros los que se derrumban ante nosotros, se antoja ahora mismo como un error que nos condenará para siempre. Porque es ahora cuando debemos entender el momento que nos toca vivir y caminar con la consciencia necesaria para evitar hundirnos.

La crisis nos ha marcado de por vida y nos ha enseñado muchas cosas y traído muchos valores adormecidos en nuestro interior. Si sabemos entender la lección que nos ha dado, y nos da aun hoy, tenemos posibilidades de no naufragar. Si no somos capaces de ver esto, estamos condenados al fracaso.

Hace tres años pasamos de la bonanza al caos económico, se rompió la burbuja y con ella caímos todos pasando del mundo de fantasía donde habíamos sido felices hasta la más pura realidad. El siguiente año fue el de asimilación de la situación, el de los lamentos y las tristezas. Y ahora estamos en el tercero, el que nos obliga a la auto superación, a renovarse en todos los sentidos o morir.

Los bancos son ahora las principales inmobiliarias del país, miles de personas se han quedado sin hogar, sin empleo y sin un futuro esperanzador. Nos creíamos Dioses intocables y la crisis nos ha demostrado que somos, y ya lo éramos en aquel entonces, simples mortales. En España hay ahora más indigentes que nunca y las listas de personas que acuden a comedores sociales y a las entidades y colectivos que reparten comida no paran de crecer.

Hemos tenido que frenar de golpe y dar un giro a nuestras vidas como si fuésemos el Doctor Jekyll y Mister Hyde. Lo hemos hecho algunos porque hemos visto a tiempo que nuestro entorno cambiaba y debíamos cambiar a su lado, porque hemos sabido que los buenos tiempos de bonanza ya no volverán y, sobretodo, porque hemos entendido que sembrando se recoge y más en épocas malas donde las recompensas, como los castigos, son mayores.

Los ricos son menos ricos pero los pobres se mueren y dejan de serlo. También hemos entendido esta nueva escala sociojerárquica que nos ha recordado que somos mortales, que podemos estar enfermos, que podemos caer en la más absoluta pobreza, que podríamos depender de las ayudas de otros, que igual un día, sin quererlo, nos encontramos completamente solos.

Dice un amigo mío en una de sus poesías, que vamos tejiendo día a día nuestro propio tapiz de felicidad pero que este es tan débil que, con el mínimo roce, se deshilacha y es en ese momento cuando no sabemos cómo coser los años con los daños.

Quizás si supiésemos vivir mejor y con menos lujos, dando más sentido a la vida presente que a lo que nos tocará vivir, seriamos menos débiles cuando la marea crece para intentar ahogarnos a todos salvo a aquellos que ya nos habíamos puesto a resguardo a tiempo. Como diría el gran Plutarco, El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender.